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El malogrado cacicazgo académico; la UAT cierra sus puertas al debate entre políticos

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Ahora que la aplastante mano de la Derecha hizo añicos a académicos, hacendados y revolucionarios, ¡Viva Cristo Rey y las decisiones de su magestad: el yunque!

La Universidad Autónoma de Tlaxcala (UAT) no va a ser utilizada como espacio de debate entre candidatos a la gubernatura, advirtió el rector, Serafín Ortiz Ortiz.

¿Implicará este distanciamiento la renuncia de los académicos de Tlaxcala a su participación en el quehacer público?

Es la clase pensante de la entidad, la que decidió moldearse en formas que le permitiesen ser considerada una alternativa, luego de decenios de un raro monopolio que daba la oportunidad a los ricos –acaso descendientes de hacendados – de ver en el poder la consecución de otras maneras de dominio.

El ocho de noviembre de 1998, ese tremendo priísmo, al cual nadie hubiese pensado en doblegar, registró el primer revés.

El responsable de esa “hombrada” fue un destacado priísta, descendiente de hacendados, quien con el tiempo no sólo enterró a su ex partido en Tlaxcala, sino que tuvo un crecimiento en la izquierda mexicana, al grado que recientemente participó en la refundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Se trata de Alfonso Sánchez Anaya, quien según vemos, dio a los hacendados una variante en el arribo al poder. Antes lo hacían con la marcha de zacatecas como fondo musical. Luego, los “sí se pudo” sustituyeron a esa emblemática marcha alusiva a la Revolución Mexicana.

ASA, suponía que varios sexenios se derivarían de la formidable toma pacífica de Palacio asiendo la bandera de la izquierda. Pero intentó perpetuarse a través de su cónyuge. Y aquellos que un día lo apoyaron, le dieron la espalda.

Hoy, Héctor Ortiz, parecía tener un plan semejante: sexenios y sexenios bajo la influencia del orticismo, su corriente política, concitadora de grupos, motivando a miles a votar por ella.

A diferencia de ASA, el actual gobernador de Tlaxcala, carece de un historial en las haciendas de la entidad. Su desempeño tiene un modesto inicio al ser acogido por la familia Juárez Carro, donde le sería inculcada la vocación por el estudio.

Ortiz tampoco fue discípulo de Emilio Sánchez Piedras, uno de los gobernadores que más huella han dejado en la historia de Tlaxcala y, que no tuvo empacho en compartir su oficio con Beatriz Paredes, Afonso Sánchez Anaya y Mariano González Zarur.

Y hasta en las asambleas de la Confederación Nacional Campesina (CNC) se le veía muy oculto, en el regazo de Beatriz, entonces secretaria general de dicha organización.

Con poco tiempo de diferencia, Ortiz alternaba su cercanía a Paredes, lo mismo como diputado federal que, como alcalde, y antes, rector de la UAT.

Es aquí, donde a los universitarios les surge el gusto por disputar el poder. Llegan a verlo como eventual “cacicazgo académico”. Y con el tiempo, en noviembre de 2004 lo consiguen, y con ello cambian la historia de estado, donde hijos y nietos de hacendados se habían pasado la estafeta, a excepción de Beatriz Paredes y Antonio Álvarez Lima, cuyo izquierdismo los apartó del tremendo conservadurismo de los sedicentes priístas que los antecedieron (incluido ASA).

Los académicos, a quienes no disgustaba verse un día como grupo hegemónico, capaz de ganar más elecciones a la gubernatura, habían sido esmerados en neutralizar a los mecanismos electorales de sus adversarios.

Pero nunca imaginaron que un poder superior, como el del Presidente de la República, pudiese desplazarlos en forma tan dolorosa.

Entonces, la disputa entre hacendados y académicos quedó para mejor momento, porque un miembro de la clase media, Adriana Dávila Fernández –hija de ferrocarrilero-, encarnaría una opción electoral más: la de la indefinición ideológica, la del poder por el poder, la elección que cambió la palabra competencia electoral, por la de humillación de los grupos que durante generaciones labraron su verdad.

Hacendados, académicos y, digamos, miembros de la Revolución, serán aplastados por una fuerza electoral sustentada en la compra de votos al precio que sea y, utilizando, dicen, los programas federales en cuya promoción, por cierto, puede leerse y escucharse la advertencia de su prohibición de ser manipulados por los partidos políticos.

Qué raro, verdad. Para meter goles al gobierno federal y a las instituciones, nadie mejor que el propio gobierno federal.

Yo creo que por eso, la UAT, decidió cerrar sus puertas. Qué bueno que así lo haga. Los académicos a hacer ciencia y los políticos a hacer lo propio.

Ahora, quién sabe cómo reaccionarán los hacendados y los miembros de la Revolución al ver  a la expresión más aplastante de la Derecha haciendo añicos a la estabilidad y a la gobernabilidad de esta pequeña porción de territorio nacional llamada, no sin razones de peso, laboratorio electoral.

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