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El corporativo Ortiz esperaba más de sus abotagados operadores

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Padecen el grave sobrepeso que los obliga a exigir su diezmo o doble diezmo para saciar la soberbia, en los términos en que un diabético no puede desdoblar los azúcares.

En el orticismo se advierte un temor de tal magnitud a menos de medio año de la elección más importante de los años recientes que, sus mismas cañerías se han saturado con la formidable sobredad, esa que pudiese ocasionarle una infección como llega a ocurrir con algún macho enchiquerado expuesto a sus propias humedades en tanto caldo de cultivo para la generación  de sus múltiples gérmenes enemigos.

Controlar al Instituto Electoral, al propio partido y ahora, a la Sala Electoral Administrativa del Poder Judicial, es como construir un edificio con albañiles que no se entienden entre sí porque todos ellos acusan tal nivel de soberbia que son incapaces de realizar las labores básicas, como asegurarse que los pilotes se hallen a suficiente profundidad y como instalar puertas para impedir la entrada de entes perniciosos a su interés transexenal.

Curiosamente el exceso orticista conforma una trilogía que debiera apostar al equilibrio, mas el desequilibrio es lo que llegó, a causa del bombardeo pecuniario sin ton ni son del que, en el colmo, los responsables de entregarlos se han procurado interesantes diezmos, dobles diezmos o de plano sociedades.

Insisto, el sexenio sustentado en la balanza perdió el equilibrio.

Hay testimonios, por ejemplo, de desatinados desplantes con los cuales Pedro Molina Flores, contaría dinero frente a los pobres, orillándolos a humillarse, con la exigencia de ser incondicionales y discretos para poder tener parte de ese botín. Tan torpe fue su actuar que generó suspicacias, y en consecuencia su período de presidente quedó manchado con: el infarto cerebral sufrido por Silvestre Lara, ya sea como infame coincidencia o como peor acción. Lo menos para opinar a ese respecto es la rareza en medio de la cual aconteció.

Del PAN, me parece un exceso hacer secretario de la Función Pública a un elemento sin el perfil (Alberto Jiménez Tecpa es veterinario) y, sin aclarar las cuentas a la conciencia del partido. Han quedado inscritas en la lápida de las exageraciones las llaves, con todo y el edificio al cual permiten la entrada, en cuyo interior se instaló la sede estatal del partido. Es un pago adelantado que justifica imposiciones y pasa por alto la visión de consejeros, quienes han visto en ciertos personajes no solo un retroceso, sino el accionar abyecto con tal de cubrir la espalda a quienes jugaron con lo que no tiene repuesto, o sea con la vida de los demás.

Y del IET, ya se ha dicho hasta el cansancio que sus bases se han de resquebrajar cuando la presión rompa los nervios de los nóveles premiados con semejante paquete. Es una suerte de rifa de tigre ganada cuando se carece de armas y, lo menos que se puede hacer es pegar la carrera, como ya vimos con anteriores especímenes removidos por el vergonzoso papel hecho durante la burla en que devino el proceso de selección.

Y es precisamente este momento otro de los excesos (entonces ya serán cuatro) mediante el cual colocaron en cómoda postura a un legislador de quien resalta un mostacho al estilo Dalí, pero con caída de Tintán que, para sorpresa del Partido Naranja y sus fundadores jugó la perinola y tomó todas las fichas –claro ocasionado por su contraparte – de tal forma que aquella probidad alegada cuando amigo era de los perredistas se convirtió incluso en el más profundo odio, desprecio y escarnio, sentidos por su inventor, Rubén Flores Leal, a quien no le tocó ni así de migajitas del tremendo cesto que de un bocado se engulló el ya mencionado ¿convergencista?, dispuesto a batirse con todo y su armadura naranja, para defender, como un perro, la ley Moreno Barrón, que garantiza persuadir con el evangelio a la masa creyente, para que sigan viendo como verdaderos demonios a los perredistas, capaces de impulsar el matrimonio entre personas del mismo sexo y aun peor, permitirles la adopción ante su incapacidad de procrearse.

Estos son excesos resultantes de la torpeza de los operadores pertenecientes a un corporativo que esperaba más de ellos. Sin embargo, al paso de los años les fomentó insaciabilidad en su apetito e hizo de ellos unos cerdos, lerdos y pesados, incapaces de reaccionar a tiempo porque aun a pesar de los riesgos que corren, exigen su diezmo, su doble diezmo o su sociedad.

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