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La alianza PAN-PRD frustrada; sus graves daños colaterales e irreversibles

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Es evidente el desconocimiento de la plaza de los líderes nacionales de esos partidos, situación aprovechada por dos protagonistas locales para exhibir su egolatría

(etlaxcala) Alianza PAN PRD, caricatura, Ricardo Anaya, Agustin Basave, Tlaxcala Enlinea

PAN y PRD se han desgastado de tal forma que al día de hoy son los partidos de la especulación rumbo a los comicios de junio. Sus dirigentes nacionales, Ricardo Anaya Cortés y Agustín Basave Benitez, han sido incapaces de acudir a mesas de acuerdos una vez superadas sus respectivas diferencias internas. Y de dichas propuestas sólo se conoce el mensaje de sus virtuales candidatas, reacias a ceder a una alianza dados sus respectivos roles protagónicos.

La senadora perredista Lorena Cuéllar Cisneros, tuvo inicios muy positivos para su causa. Poco a poco se fue perdiendo en ese mar de declaraciones y desacuerdos con la senadora panista, Adriana Dávila Fernández, cuyos amagos de aparecer en las boletas, con o sin el apoyo del PAN, echaron por tierra los avances de Anaya y Basave respecto a la alianza.

A estas alturas, ni Cuéllar ni Dávila, tienen el antídoto para aliviar los bombardeos mutuos. No fueron capaces de aliarse, pero hoy tampoco son capaces de orientar discurso y acciones hacia la racionalidad demandada por un universo de votantes, hastiado de escuchar las porras de una y las porras de otra, y demandante de conocer las claves con las que piensan sacar a Tlaxcala de la parálisis, económica, social.

Qué daño les significó la falta de conocimiento de sus líderes nacionales. Basave Benítez hacía números alegres. Pronosticaba alianzas en por lo menos ocho estados y llegaba al regocijo del reparto del pastel: cuatro para el PAN y cuatro para nosotros –decía- y todo lo tenía solucionado.

Fue incapaz de asomar la nariz a cada una de las plazas para disponer de información amplia y confiable que le permitiese conformar una bitácora sustentada en la realidad. Tenía que darse cuenta que al menos aquí en Tlaxcala dos senadoras eran las mamás de los pollitos en su corral, y ni pensar que una cediera el nido a la otra. Al contrario, en tal caso llegarían a aniquilarse.

El resultado hoy lo vemos. La senadora Adriana Dávila, dispone sólo de una parte del panismo tlaxcalteca. Su propuesta es ir sin aliados, pero cómo hacerse competitiva solo con el porcentaje de partido que le asiste. La sigue Adolfo Escobar, pero la combate Aurora Aguilar. ¿Qué parte del albiazul tiene, el 40 por ciento, el sesenta por ciento? Eso lo vamos a ver en la urna.

Por cuanto a la senadora Lorena Cuéllar Cisneros, no tardaron en llegar las disputas de dirigentes y líderes que van tras su futuro inmediato. La gubernatura –se ve- no es su prioridad, sino asegurar posiciones para sí. Actuaron con la confianza de quien se sabe con sobrada ventaja y se dedicaron a dilapidar lo poco que esfuerzos mil, las circunstancias y el activismo de la legisladora habían conseguido.

Pero tuvo que llegar Agustín Basave y su desconocimiento de la plaza. Y ahí tiene usted a la precandidata única del PRD con los números más bajos de lo pronosticado. Esa, su calidad de única, es lo que dio al traste en el comportamiento de vivales como Santiago Sesín, como Gelacio Montiel, para hacer trizas lo logrado. No se trata de elementos dispuestos a armarse para ir a la batalla. Los muy ladinos repartieron los cargos con antelación.

Los otros candidatos

Concentrada en una estrategia distinta, la segura abanderada de Morena, senadora Martha Palafox Gutiérrez, priorizó la distribución masiva de su informe de actividades en la Cámara Alta. Su estrategia consta de recorrer el interior del estado, acompañada por Andrés Manuel López Obrador. Y sus números son consistentes.

El ex rector Serafín Ortiz Ortiz, virtual candidato del Partido Alianza Ciudadana, es otro caso que merece la pena analizar. Al día de hoy es el único con una crítica sostenida y un discurso que lo retrata como el académico que es. No tiene los grandes despliegues como los que tan caro han costado a azules, amarillos y tricolores, pero tiene el pulso que en el trayecto de la fecha fatal le puede permitir acuerdos basados en votos diferenciados, y enfilados a los proyectos convenientes a su causa.

Qué decir de un PRI castigado por el estigma de quien se llena la boca afirmando que él hizo a Marco Antonio Mena Rodríguez. Pero en la primera oportunidad lo niega.

Esa no es división, es mala leche de un político decadente que se empeña en mantener cerrados los ojos para advertir hasta dónde está hundido.

La consecuencia son los números que no crecen. Y al igual que antes de la designación de Mena, se hallan muy por debajo de lo esperado. Como partido puede que sus expectativas sean altas. Pero la elección consta de una multiplicidad de elementos, todos con cifras sobresalientes. Es la diferencia entre ganar… y perder.

La vergüenza del sexenio

Igual que Puebla y otras siete entidades, las fuerzas de seguridad de Tlaxcala están reprobadas en las evaluaciones aplicadas por el Gobierno Federal.

Bueno, aquí tenemos personal de custodia personal de un gobernador, que uno de tantos días decidieron accionar sus armas y matar a un agente federal, y herir a su hermano. Lo peor es que el jefe de aquellos parece haber iniciado una campaña en contra de los familiares de las víctimas.

Aquí también tenemos cabezas de los acreditables inmiscuidos en el delito de secuestro. Capturados con las manos en la masa.

Tenemos cifras alarmantes en el delito de extorsión, muy a menudo aparecen muertos incluso con huellas de tortura, pero la declaración constante es que Tlaxcala es uno de los estados más seguros de la República.

Lo grita lo que queda de un gobernador en su besamanos organizado para los cuates. Y lo presenta de tal forma que hasta los invitados lo creen.

Con los millones de pesos devueltos por falta de proyectos. Con la permisividad de un mando más interesado en seguir medrando que en ejercer un poder responsable, pues la evaluación no debería sernos extraña.

En materia de seguridad estamos reprobados.

O sea, no somos el estado más seguro, como se emepeñan en difundir las autoridades.

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