Tienen ante ellos la oportunidad de aprovechar este segundo lapso en el que se supone hay voluntad para un fin aterciopelado de sexenio.

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No rompen un plato, son unas finas personas sobre todo a la hora de dibujar el panorama en el que han asumido el mando en su municipio. Tenemos sesenta nuevos alcaldes y una cifra exponencial de necesidades, sobre todo la de recuperar la credibilidad, tras lo poco o muy poco que pudieron hacer sus antecesores.

Es una etapa inédita. La parte complementaria de un gobierno estatal con el sello característico de un PRI que se quedó en los setenta, pero sigue pensando como partido hegemónico pese al tercio que es en realidad.

Es una carrera más o menos pareja, donde no existen ungidos, pero sí el convencimiento de no volver al sótano de la opacidad y la ineficiencia como sus antecesores, responsables en casos muy conocidos de graves conflictos sociales, ocasionados por odios personales o de grupo que en realidad nada tenían que ver con el desempeño de las administraciones municipales.

Hoy, los funcionarios municipales han abandonado la improvisación y, obligadamente se hallan en una etapa de intensa actualización, inmersos en esa dinámica videgaraista, dispuesta a tributar por todo lo que se pueda, pero también con el reto de conservar o recuperar la estabilidad en sus plazas.

Es una tentación caer en los esquemas autoritarios e insensibles de un tricolor dedicado al autoelogio, pero ciego ante la presión social por la ha optado para poder realizar sus planes de pertenecer al club de ricos del mundo, pasando por alto lo que piensa, siente y padece la gente.

Los ayuntamientos y su cercanía a la sociedad  demandan pues, verdaderos líderes capaces de no manchar sus plumas ante el empantanado panorama peñista, obsesionado con perpetuar a su grupo en el poder, medrando en cuanta oportunidad se presente, y apoyado por Televisa, Milenio y otros mercenarios, llevando al hastazgo a la gente, panoramas que no existen, salvo en los planes desmanteladores de una versión  tricolor muy ajena a la pregonada Justicia Social.

Sesenta alcaldes del estado más pobre. Obligados a ser creativos, solidarios con el deteriorado tejido social y negados a la frivolidad de gente que ya se ha ido, tan despreciable que ojalá no volvamos a saber de ellos como parte del ámbito del poder.

Ese tejido social es también acreedor de una de las peores legislaturas, saqueadoras y con la mano puesta ante un ejecutivo sin otra forma de convocarlos a la transformación del estado.

Diputados y diputadas con una popularidad en su subconsciente, pero con el desprecio social en su realidad.

Rendida la protesta de ley, los nuevos munícipes tlaxcaltecas, en su mayoría con interesantes expedientes en el servicio público, ya saben lo que les espera en este, el segundo lapso de una administración estatal que se dice dispuesta a la enmienda para que le vaya mejor a Tlaxcala.

Cada quien y su altura de miras tendrá la capacidad para interpretar los mensajes en esta, inédita insisto, etapa del gobierno tlaxcalteca.