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Los porqués el PRI se devaluó en Tlaxcala hasta ser lo que hoy le permite su circunstancia

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Son años de frustraciones ajenas que José Luis González Sarmiento tuvo que cargar inconscientemente… hoy, tiene que entregar la batuta, desgastado, degradado y con un incierto futuro

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El PRI cuenta con un registro de dirigentes… leales, alegres, con gusto por el trago, pachangueros y hasta peleoneros, pero con la camiseta bien puesta sin excepción.

Lo que pasó con José Luis González Sarmiento, es atípico. Nunca asumió a plenitud la dirigencia. En el lapso que firmaba como presidente del CDE, tuvo que estar bajo el yugo mariano que no le permitía una sola expresión sin la debida consulta.

Qué incómodo. Dirigir un partido pobre, del que sin embargo se tiene la idea de opulencia por ser el instituto político en el poder. Sin margen de maniobra, pues a cada militante con inquietudes de hacer carrera lo han de pasar por varios filtros, para -en la mayoría de las veces- ponerle piedras en el camino hasta aburrirlos o de plano acorralarlos hasta que deciden ingresar en la oposición.

Hasta antes del gobierno encabezado por José Antonio Álvarez Lima, a Tlaxcala se le consideraba un bastión del PRI. Era menos que imposible pensar en la alternancia.

Son de replay los episodios encarnados por Beatriz Paredes Rangel siendo gobernadora, en que eran descubiertos más de dos fulanos conversando en el zócalo de Tlaxcala. ¿Qué quieren?… seguro están planeando la rebelión, o probablemente buscan la manera de derrocar a la insegura, desconfiada y obesa en proceso de Beatriz.

Con Álvarez Lima, el PRI comenzó a tener un horizonte sombrío. Conste que este político -quien por cierto recuperó su Radio Pirata de Cancún, que había vendido en una fortuna a Imagen, que la quebró- fue uno de los beneficiarios de la hegemonía tricolor.

A lo mejor eso le aburrió, porque hizo todo porque en 1998 perdiera Joaquín Cisneros Fernández.

Su famosa frase: la moneda está en el aire, cobró una notoriedad odiosa para el grupo perdedor allá por los años en que Alfonso Sánchez Anaya, de la misma camada pero  abriendo brecha como perredista, llevaba a su casta divina al poder.

Bueno, ni en ese entonces -a Rubén Flores Leal le tocó ver como líder estatal del PRI cómo se hundió el barco- en que se sobrevino la catástrofe electoral el partido había estado tan desmoronado como hoy, con la mala fortuna de ser dirigido por González Sarmiento.

En realidad, José Luis dio la cara, pero las decisiones siempre las tomó una dupla bien conocida: el vástago y Mario Armando. Y aunque muchos quisieron meter mano, este par es el responsable del tsumani que arrastró al otrora partidazo (cuando ganó Álvarez Lima fue liso, sin oposición… bueno un tal Ubaldo Lánder le hizo el caldo gordo sirviéndole de sparring perredista).

El partido había entrado en una etapa de balcanización.

Las propias luminarias priístas se habían encargado de adquirir bien baratas las franquicias para competir a su ex partido.

El primero fue Sánchez Anaya, un priísta de 38 años de militancia al que no dejaron pasar  en aquél proceso que ganó Joaquín tras una desgastante campaña interna.

Otro que decidió pintar su raya fue Héctor Ortiz Ortiz, quien entonces debió conformarse con una diputación federal, luego la alcaldía de Tlaxcala y, luego, la adquisición de un PAN con puras vacas flacas.

En Tlaxcala, había iniciado la lucha fratricida de los cachorros contra los académicos, esa pugna histórica que se ha encargado de escribir la historia reciente.

Alguien, Mariano, había estado levantando la mano una y otra vez. Deseaba contender. No lo tomaban en cuenta. Sabían que su temperamento era el primer factor de riesgo.

Alzó y alzó la mano, pero la oportunidad no llegaba. Hasta que sólo, tocando aquí y allá tuvo la fortuna de una etapa, también de pura vaca flaca (como el PAN que adoptó Ortiz) y al no haber mejor gallo, se le hizo.

Ya imaginará usted la presión con la que cargaba José Luis González Sarmiento en el PRI.

Todos esos años de espera, de frustración y de ser testigo de cómo su instituto se desmoronaba, se concentraron en este inocente personaje, cuyos días como presidente del CDE están contados.

Y en poquito tiempo el más prencipal, activó todos los escenarios que corrieron por su visión estancada en los setenta y los ochenta.

No se actualizó. No alcanzó a ver los nuevos estilos del partido. Lo convirtió en una suerte de cueva de la ultraderecha, más radical que el diazordacismo y seguramente se dijo a sí mismo, órale mi manchis, ora es cuando.

Ya ve usted cómo José Luis González, tiene su mérito.

Oiga, soportar semejantes embates merece un nutrido aplauso.

Enhorabuena… y que le vaya bien…

Algo apesta en la Sala Electoral del Tribunal Superior de Justicia.

Ángel Espinoza, representante del Poder Ejecutivo ante el Consejo de la Judicatura, acude por las mañanas y las tardes a la oficina del magistrado Pedro Molina, a quien le instruye que ninguna impugnación debe ser contraria al PRI.

Es decir, ese funcionario, ocupa su tiempo para defender al PRI en los litigios que enfrenta después de las elecciones del siete de julio.

Es un asco que Ángel Espinoza, esposo de la nefasta Eunice Orta, presidenta de ornato del Instituto Electoral de Tlaxcala realice esa función para quedar bien con su jefe y garantizar su llegada al Tribunal Superior de Justicia como magistrado.

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