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Colapsan dobleces tricolores a la maquinaria orticista en el Congreso

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Los partidos franquicias, sencillamente dejaron de operar para la causa orticista, al no contar con más monedas para colocarlas en su sostén ignominioso de suripantas predecibles… mengua esta influencia, pero la nueva, la marianista, requiere aún semanas de cocción.

Hagamos la siguiente cita: una reunión en la sede de la Confederación Nacional Campesina (CNC), encabezada por la entonces secretaria general de esa central, Beatriz Paredes. Muy cerca de ella, Alfonso Sánchez Anaya y Mariano González, se hacían notar, lo mismo levantando la voz que, compitiendo para ver cuál de los dos recibía algún elogio de la tlaxcalteca.

Allá por un rincón de la sala de juntas, Héctor Ortiz, el entonces secretario de la influyente lideresa, fiel a su costumbre, trataba de pasar desapercibido.

Aquella cinta resulta como anillo al dedo, si lo traemos a estas fechas, próximas al cambio de estafeta en el gobierno del estado.

Los tres varones cenecistas, se veían en sus sueños guajiros como gobernadores de Tlaxcala, pero ignoraban cuánto tiempo faltaba para vivir esa realidad.

Tal vez Alfonso, el más regañado por Beatriz, tendrá la versión acorde con el hoy perredista, resentido con la Paredes, al grado de la negación y, atribuyéndose a sus dotes de político, la importante carrera realizada en la política local.

Héctor, sumiso, leal y obediente con Beatriz, satisfacía entonces con gran austeridad los apetitos de todo tipo que, en el futuro no habrían de conocer límite.

Y Mariano, el rebelde, nunca quitó el dedo del renglón del egocentrismo. A lo mejor por eso fue el último en convertirse en mandatario.

Esa es la clase gobernante de Tlaxcala.

Y quizás son tales actitudes el fondo original de la crisis actual.

Los tres, resultaron unos adolescentes perennes, dependientes de la buena o mala influencia del matriarcado beatricista, único capaz de igualar o superar en logros a Emilio Sánchez Piedras, el autor de esta etapa de políticos intensos, en las páginas donde Tlaxcala deja de ser el estado visto a través del cristal de la lástima.

Esa adolescencia permanente rige hoy los golpes bajos, pero también los acuerdos, muy en el estilo de ocultismo paredista, cuyo propósito invariable es el engaño absoluto.

Si no fuera por estas remembranzas, tragaríamos completo el anzuelo de la simulación tricolor, adquirente de partidos políticos en franquicia, buscando la consecución de intereses muy personales, bajo el engañoso lema: raíz y compromiso…

Hoy transitamos por semanas ausentes de autoridad.

A uno, en turno aún, lo abandonan las fuerzas que antaño lo hicieron copar cuanto espacio existe, y de no existir, pues lo inventaba.

Los diputados fieles al orticismo fueron víctimas del engaño que siempre sostuvieron. El PRI y sus simuladores integrantes en la Legislatura, reventaron las últimas intenciones con mira patrimonialista, presentadas como descentralizaciones hospitalarias.

Papelazo el de Edilberto Sánchez Delgadillo, el panista que nunca dejó de ser priísta, hoy culpa a sus colegas tricolores de haber empujado el acero en el maltrecho morrillo del orticismo.

Otro papelón, el de personajes de la talla de Aristeo Calva, el priísta panista, ciegamente sumiso a la decisión de Ortiz, pero hoy como mujer mala, se levanta de la mesa al no haber más de dónde surtir su monedero colocado en su sostén ignominioso.

Hoy vemos a un Ortiz, acusando los efectos menguantes del poder. Lo había previsto. Y se le cumplió.

A un Mariano González, ansioso por tomar al toro del poder por los cuernos. Pero las semanas rumbo a la fecha inevitable, le son demoledoras.

Vivimos un vacío de poder.

Hoy se puede ver actos impunes como el del alcalde de Apizaco, pasando por el arco del triunfo una decisión del Legislativo.

Hoy atestiguamos el inicio del derrumbamiento del proyecto indestructible, al cual no salieron los cálculos del afianzamiento transexenal.

Unos hacen el papel de hacendados retomando el cargo. Otros, el de académicos víctimas de apetito insaciable.

Y el pueblo. Nada más observa.

Y sufre.

Y maldice la infame circunstancia que nos lleva lastimosamente a lugares comunes.

Quién lo diría, verdad… todo se labró en una austera oficina cenecista.

Cómo pasa el tiempo.

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