HACE UN MES LOS CIENTÍFICOS, AHORA EL PAPA

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Zvezda Ninel Castillo Romero

¿Qué tienen en común el Papa Francisco y un ingeniero mecánico que usa bata azul en televisión?

Pues que tanto el divulgador científico Bill Nye como el líder religioso parecen querer darle un zape al magnate xenófobo que desde el poderoso escritorio de la Casa Blanca se planta a contracorriente de los intereses globales y niega un hecho tan urgente que la ciencia y la religión tienen en el pináculo de sus actuales preocupaciones: el cambio climático.

Mirando más allá de los divertidísimos memes del severo gesto de Francisco y del velo de viuda de Melania, encontraremos en la reciente visita que hizo el impopular presidente al Vaticano claves muy importantes para entender algunos de los puntos centrales de la actual política mundial y de los desafíos por los que atraviesa la ciencia en esta época en la que su poder crece y crece sin que se sepa claramente quién controla sus gatillos, y sin que se vea un correspondiente crecimiento en la comprensión de sus procesos, sus responsabilidades y el apoyo que merece. Con sus regalos (un medallón con un olivo simbolizando la paz y el compendio de sus escritos referentes a la compasión por el prójimo y la tierra) el pontífice dejó ver que su enojo –compartido por otros dirigentes mundiales- con el troglodita empeñado en disparar conflictos hace en varios sentidos eco de la indignación manifestada por la marcha internacional en nombre de la ciencia que un mes antes se llevó a cabo.

Estamos ante un periodo muy interesante y complicado de la historia. No es cosa de todos los siglos el que la cabeza de la institución que encarceló a Galileo para que adjurara de sus ideas concuerde con la mayoría de los científicos en que las políticas gubernamentales deben poner en primera línea de las realidades a abordar al medio ambiente. Para que los acólitos de dios (o al menos su jerarca principal y varios de sus miembros más avanzados) y los partidarios de la manzana del conocimiento apunten a una misma verdad como eje de acción, algo muy grave debe de estar pasando; algo que desde el puro sentido común puede concluir cualquier ciudadano del mundo que haya vivido temporales o sequias fuera de tiempo, pero que capitalistas de corte clásico como Donald Trump, neoliberales desfachatados y algunos científicos –¡sí, científicos!- con intereses comprometidos se niegan a reconocer: que la tierra ha sido trastornada por la acción humana y que nuestra supervivencia como especie depende de que enfoquemos todas nuestras fuerzas a girar las cosas.

La fragilidad de la tierra entre los caprichosos dedos de la raza humana y su relación con el concepto de responsabilidad son los grandes temas de discusión de medio siglo XX y de lo que llevamos de este aún joven siglo XXI. Este es un hecho advertido por el mundo científico y el filosófico desde las primeras recapitulaciones de las consecuencias del poder destructivo que la tecnología desplegó durante la Segunda Guerra Mundial, y en tiempos recientes el mundo religioso se ha unido a esa advertencia. El Día de la Tierra, que se conmemora anualmente cada 22 de abril desde 1970, y que este año tuvo la particularidad de haber compartido titularidad con la Marcha por la Ciencia más grande que ha habido en la historia (con participantes de más de 600 localidades en 130 países alrededor de los 6 continentes), es una fecha que precisamente engloba las perspectivas que tienen estas tres áreas base del pensamiento humano sobre los desafíos medioambientales que tienen al planeta al borde de la extinción.

Bill Nie encabezando la Marcha por la Ciencia en Washington, 22 de abril de 2017 (Imagen tomada de http://diariodeavisos.elespanol.com). Visita de Trump al Vaticano, 24 de mayo de 2017 (Imagen tomada de El País)

Bill Nie encabezando la Marcha por la Ciencia en Washington, 22 de abril de 2017 (Imagen tomada de http://diariodeavisos.elespanol.com). Visita de Trump al Vaticano, 24 de mayo de 2017 (Imagen tomada de El País)

Cientos de movimientos sociales que luchan contra proyectos de muerte y políticas económicas depredadoras en nombre de la protección de la vida –humana y de otros seres-, los ecosistemas y el derecho humano a un medioambiente sano, a la ciudad y a la cultura vinculada al entorno natural, se reúnen cada 22 de abril para analizar sus avances y para informar a la gente ajena a la organización ciudadana sobre los problemas que en materia ambiental se viven a niveles internacionales y locales. En esos eventos del Día de la Tierra se hace más y más recurrente la articulación de estrategias a partir del trabajo de escuelas religiosas -como la teología de la liberación- que apoyan a los pueblos originarios y a los desplazados ambientales, y cuya labor ha sido ratificada por los discursos del Papa Francisco en su “Laudato Si” sobre la importancia de que nos autodeterminemos en la lucha por obligar a los gobiernos a administrar los bienes comunes desde una lógica distinta a la del abuso de la oprimida tierra.

El humanismo teológico es un componente fuerte de lo que hoy se entiende por lucha ambiental, pero no es el único ni el primero, y eso es algo que debemos tener muy presente, pues, si bien es correcto que todas las vertientes del pensamiento se unan a la defensa de la vida, no debemos nunca perder de vista que el Día de la Tierra fue generado por el arduo trabajo de muchas instituciones, políticos, ciudadanos e investigadores que durante años pelearon por tener una fecha en la que la sociedad mundial pudiera hacer conciencia sobre la importancia y responsabilidad que tiene el conocimiento científico en el diagnóstico y resolución de los grandes problemas que aquejan al planeta.

Este año, la marcha convocada Bill Nye, la Dra. Mona Hanna-Attisha y la Dra. Lydia Villa-Komaroff -luego de que el gobierno de Trump eliminara toda referencia al cambio climático del sitio oficial de la Casa Blanca minutos después de su toma de poder- hizo brillar como nunca el hecho de que para salvar al planeta y cambiar los lineamientos económicos que nos están matando, es necesario que deje de reprimirse al mundo de la ciencia y que sus argumentos se dejen oír con libertad; que para que la voluntad política no actué contrariamente a los intereses reales de la gente ni del entorno, es menester que los datos comprobables se impongan a los intereses sesgados de los grupos de poder que acumulan los bienes comunes que, la filosofía y la religión reconocen junto con la ciencia, deben ser repartidos equitativamente y con racionalidad si es que se desea evitar el desastre.

El reloj del apocalipsis (aparecido por primera vez en 1947 en el Boletín de los Científicos Atómicos) dio 30 mortales pasos hacia la medianoche en este 2017, caminó 30 terroríficos segundos porque la ciencia le teme tanto a las catástrofes climáticas provocadas por la negligencia humana como le teme a la fulminante detonación de una bomba atómica. Los tambores de guerra suenan tan fuerte como los huesos quebradizos de una agonizante tierra, y sólo la defensa de la verdad desde cada rincón de la potencia humana puede contrarrestar ese fúnebre sonido.

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