La “vacuna” contra la diabetes y la medicina alternativa

Por Eduardo Sánchez-Lara*

“Hay que tener la mente abierta. Pero no tanto como para que se te caiga el cerebro al suelo.”

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Este puede ser un buen método para bajar de peso.

Hace unos días, salió a la luz una noticia que llamó la atención de diversos medios nacionales y de la población mexicana en general: un posible tratamiento alternativo para la diabetes mellitus, basado en un extraño proceso clínico llamado autohemoterapia. Esta “vacuna” diseñada en nuestro país, fue presentada por la Fundación Vive tu Diabetes y por la Asociación Mexicana para el Diagnóstico y Tratamiento de Enfermedades Autoinmunes. La información se difundió rápidamente por noticieros que tienen cierto prestigio a nivel nacional. El título de uno de los reportajes que leí en las redes sociales, Presentan vacuna contra la diabetes del portal Aristegui Noticias, es un ejemplo de como los medios de comunicación facilitan una concepción equivocada de la ciencia a la población en general. Algunos días después, la Secretaria de Salud, a través de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS), emitió un comunicado en el que alertaba sobre este producto milagro y recomendó a los pacientes diabéticos no buscar alternativas milagrosas para su tratamiento. Esto último me pareció muy bien, un poco extraño y contradictorio sin embargo, tomando en cuenta que México cuenta con un Hospital Nacional Homeopático adscrito a la Secretaria de Salud y apoyado por la reforma al artículo 28 Bis de la Ley General de Salud (no podía esperar menos de los diputados).

Personalmente desconfió de todo lo que se usa bajo el concepto de medicina alternativa. De entrada, porque este tipo de tratamientos no están basados en evidencia científica, y esto, ya es bastante. Gran parte de la medicina alternativa o ancestral se desarrolló mucho antes de la comprensión del curso de las enfermedades y de la teoría microbiana. Si cualquier tratamiento alternativo fuera probado bajo condiciones científicas rigurosamente controladas y mostrara ser efectivo, dejará de ser alternativo y se llamará entonces medicina.

Dentro de la medicina alternativa podemos englobar precisamente a la homeopatía, a la acupuntura, al reiki, a la energía cuántica, a la naturopatía, a la medicina tradicional china, etc. La homeopatía y la acupuntura son, posiblemente, los tratamientos alternativos más utilizados en todo mundo. Sin embargo, no existe evidencia científica que compruebe que estas terapias funcionen. La mayoría de los estudios científicos señalan que no tienen mejor efecto que el placebo, y los estudios publicados en revistas científicas han sido claramente manipulados, o no han contado con los controles adecuados.

A pesar de lo obvio, es bastante común que las personas que utilizan estas terapias mencionen repetidamente que de hecho funcionan. Sin embargo, existen explicaciones más sencillas detrás de este aparatoso amimefuncionismo. En el caso de la acupuntura, por ejemplo, que se emplea para paliar el dolor, se ha demostrado desde hace tiempo que la inserción y rotación de agujas en la piel, causa pequeños daños a los tejidos, ocasionando la liberación de sustancias como la adenosina; la cual, presenta propiedades analgésicas. Sin embargo, esto es independiente de la zona, y no tiene ninguna relación con la energía vital, el chi, zunsanli, meridianos, agujas, etc. Sería más útil administrarse adenosina u otro analgésico que estarse pinchando el pobre pellejo.

 

 

 

El caso de la homeopatía es también increíble. Es una terapia alternativa en la que los principios activos pasan por una serie de diluciones, a tal grado de no encontrar una sola molécula que ejerza alguna acción biológica en el organismo. Es decir, la sustancia química en la mayoría de los preparados homeopáticos no está diluida, simplemente no está. Algunos homeópatas aseguran que el disolvente (agua, por ejemplo) conserva una “huella” del principio activo a través de los procesos de dilución. No obstante, es imposible pensar que el agua líquida pueda “guardar” esta información a nivel molecular a través, supongo, de puentes de hidrogeno (la red de enlaces de hidrogeno en el agua líquida es sumamente dinámica). Muchas personas, sin embargo, utilizan la homeopatía y la recomiendan a través del ya citado amimefuncionismo. Para la ciencia, los resultados anecdóticos no indican que algún tratamiento sea efectivo, debido a que la cantidad de variables es enorme en estos casos, y no se puede saber con seguridad si el tratamiento realmente está funcionando. El método más correcto para saber si un tratamiento funciona es a través de ensayos clínicos controlados, tomando un número importante de personas (tamaño muestral) y comparando el tratamiento contra el placebo; además de otros, como grupo control, representatividad de la muestra, aleatorización, experimentos doble o triple ciego, etc. Seguramente estos y otros ensayos no fueron presentados por la autodenominada “Fundación Vive tu diabetes” que presentaba un aparente tratamiento alternativo para la diabetes mellitus. Esto, como sabemos, les costó la clausura de la fundación. Con todo, ¿No debe ser lo mismo para el caso de la homeopatía y demás tratamientos alternativos? ¿No deben revisarse también los protocolos clínicos para el uso de estas terapias milagro?

Gracias a la medicina científica en los siglos XX y XXI se erradicaron casi por completo enfermedades terribles como la polio, se erradicó la viruela en todo el mundo a través de vacunaciones masivas, se diseñaron los antibióticos (posiblemente yo no estaría vivo sino fuera gracias a los antibióticos), se han desarrollado cirugías extraordinarias, transfusiones de sangre, drogas que realmente funcionan, tratamientos de padecimientos que han aumentado la expectativa de vida de las personas. Todo esto gracias a principios científicos que la medicina alternativa jamás hubiera logrado.

Hablar de las pseudociencias en pleno siglo XXI, sin embargo, sigue siendo una tarea ingrata. Se la toma con cierto aire de petulancia e insensibilidad. Es cierto que debemos tener la mente abierta, esto es, hacer preguntas y estar abierto a evidencias reales y comprobadas. La razón, como dice Richard Dawkins, nos libró de la superstición y nos dio siglos de progreso. Hay que tener la mente abierta dice la frase con la que empezó este artículo, pero no tan abierta como para pensar de forma irracional. En un tema de salud, hacerlo puede ser letal.

 

*Eduardo Sánchez-Lara es estudiante de doctorado en química en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. esl_24@hotmail.com

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