El arte de la ciencia y la ciencia del arte: Roald Hoffmann

Por Miguel Angel Méndez Rojas

Tuve la fortuna de que este año, por azares de las circunstancias, Jorge Volpi invitara a participar en el Festival Internacional Cervantino al científico norteamericano Roald Hoffmann (Premio Nobel de Química 1981). Así ocurrió que, con apoyo de la Embajada de los Estados Unidos de América, Roald se trasladó a México para luego viajar a Guanajuato y ahí, en un par de intervenciones únicas en foros como el Teatro Juárez, llenos a reventar, leyó poesía y habló de las muchas interrelaciones que existen en las mentes creativas de los artistas y de los científicos. Roald es ambas cosas, lo ha sido desde sus tiempos en la Universidad cuando no sabía si dedicarse a la poesía o a la Química en sus tiempos como estudiante universitario en la Universidad de Columbia (1958). Al final, su decisión académica lo llevó a aprender bajo la tutela de grandes hombres de la ciencia de las moléculas y sus transformaciones como fueron William N. Lipscomb (premio Nobel de Química 1976), su asesor de su trabajo doctoral en la Universidad de Harvard (1962), y posteriormente con Robert Woodward (premio Nobel de Química 1965), su jefe cuando realizaba un postdoctorado también en Harvard. Con Woodward desarrolló las reglas que permiten la predicción de la estructura y reactividad de compuestos orgánicos con enlaces deslocalizados, hoy conocidas como Reglas de Woodward-Hoffmann. Ya como profesor e investigador afiliado al Departamento de Química de la Universidad de Cornell en 1965, inició una carrera ascendente y muy productiva, científicamente hablando, que le llevaron a recibir numerosos reconocimientos como el Premio de la Sociedad Americana de Química (ACS, por sus siglas en inglés) de 1969 en Química Pura, el premio Arthur C. Cope en Química Orgánica de la ACS, el cuál compartió con su amigo Bob Woodward, y muchos reconocimientos más que fueron coronados con el Premio Nobel en Química de 1981, el cuál compartió con el científico japonés Kenichi Fukui. Pero ante esa juventud reunida en el Cervantino, Roald no habló de orbitales moleculares, ni de transformaciones electrónicas inducidas por presiones o condiciones extremas, sino de cómo la Química le ayuda a tocar las fibras más sensibles de su humanidad: de la poesía y literatura que fluye en su escritura. Roald es autor de numerosos libros de divulgación científica como “Química Imaginada: Reflexiones en Ciencia” (cuya traducción realizamos Patricia Linn y un servidor, y que se publicó en el Fondo de Cultura Económica en 2005), “Lo mismo y no lo mismo”, “Vino viejo, ánforas nuevas”, y obras de teatro como “Oxígeno” (escrita con Carl Djerassi) y “We have Something that belongs to you” (la más reciente y que aun no ha sido traducida al español). Además escribe poesía desde 1970, misma que ha publicado en compilaciones como “The Metamict State” (1987), “Gaps and Verges” (1999), “Memory Effects” (1999), “Soliton” (2002, que mezcla poemas en inglés y en español).

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http://www.roaldhoffmann.com/

Tras su visita a Guanajuato, tuvo la gentileza de aprovechar un tiempo para darse una vuelta por Puebla y visitarnos. Su llegada a la terminal de autobuses fue una lección de sencillez y humildad de una persona que, a sus 78 años de edad, sigue moviéndose como un joven lleno de energía. El abrazo por el reencuentro fue lleno de alegría y emoción. Durante la cena compartimos historias, anécdotas, reflexiones y puntos de vista sobre el mundo, el arte, la ciencia y la educación. Discutimos sobre la importancia de la Química en la currícula educativa de las escuelas y universidades, pues es central a numerosas disciplinas, básicas y aplicadas, y sin ella es imposible poder buscar soluciones a los problemas más urgentes y actuales que tenemos hoy en día como es la contaminación, el cambio climático, la crisis energética, el tratamiento de las enfermedades crónicas o emergentes, la disponibilidad de agua potable, entre muchas otras más. Esa tarde-noche compartida con mis hijos y mi familia, me hizo notar el otro lado humano de Roald: el padre, el abuelo, el familiar cariñoso que en casa interroga a sus nietos para saber de qué se disfrazarán en la noche de brujas o que le explican a un pequeño que usa lentes que él también los necesita para poder ver apropiadamente. Luego entre vino, sidra y chocolate, tamales, chalupas, quesadillas de huitlacoche y platos y platos de quelites, la noche se cerró con un regalo original y hermoso. Su última obra de teatro, recién publicada y que retrata, desde sus ojos, un episodio personal lleno de amor maternal e inocencia infantil. Desde nuestro último encuentro, en 2010 en Xalapa, Veracruz, Hoffmann me había compartido que estaba escribiendo esta obra, en donde intentaría retratar las emociones encontradas que vivió al lado de su madre durante la ocupación nazi en su natal Polonia. Aunque en la obra cambia los nombres, los lugares y los detalles personales, leer “Something that belongs to you” nos traslada al centro de los recuerdos infantiles de un niño Roald que tuvo que esconderse en el ático de una villa ucraniana, cuidado por su joven madre, con el fin de evitar que los deportaran a un campo de concentración judío. Es una historia de perdón, memoria, resentimiento y reencuentros con un pasado que, físicamente le hicieron trasladarse a los lugares de sus relatos, para poder reencontrarse no con los mismos escenarios, pero si con los recuerdos frescos, aun dolorosos, de esos tiempos.

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http://www.roaldhoffmann.com/something-that-belongs-full-text

Al día siguiente Roald nos honró impartiendo una clase de Química Inorgánica a mi grupo de estudiantes, tras lo cual le acompañé a recorrer lugares que a él le llenaron de emoción e inspiración: la capilla mestiza de San Francisco Acatepec, la hermosa Iglesia de Santa María Tonantzintla, la Capilla del Rosario, el Museo de la Casa del Caballero Águila, la Capilla del Arte de la UDLAP, y numerosos establecimientos de dulces y artesanía típica poblana en la calle del Convento de Santa Clara. En cada espacio, Roald tomaba apuntes, se embelesaba contemplando un detalle de la decoración barroca, tan llena de formas, colores, exageraciones transformadas en arte. Pasar de una capilla a otra era un acto de glotonería visual. Comimos alegrías en Tonantzintla, tortas de Santa Clara en “La gran fama” y nos bebimos una deliciosa sidra de manzanas de Zacatlán. Admiró con atención el proceso de fabricación de Talavera de Puebla en un taller y le dio mil vueltas a las exhibiciones de artesanías expuestas en la Capilla del Arte de la UDLAP en el corazón de la ciudad. Debo confesar que es difícil seguirle el paso, y aunque me sobrepasa en edad, tiene más energía de la que puedo yo contar a mis escasos 42 años. Así como llegó, discretamente, le acompañé a su partida. Tomó su autobús de regreso a México, para alcanzar ahí un vuelo a Londres y de ahí a Estocolmo. Yo pensaba que acudiría a una importante ceremonia relacionada con la Academia Sueca de Ciencias y Artes, más en este mes en que se anuncian los Premios Nobel en sus distintas categorías, pero no. Su viaje era más personal, para ayudar a un viejo amigo a empacar sus cosas para una mudanza.

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Yo estoy muy contento con la visita, en particular por la amabilidad que tuvo de aceptar interaccionar con mis estudiantes y colegas. Se tomaron fotos, platicaron de muchos temas, desde aquello que lo inspiró en la ciencia, hasta consejos de cómo encontrar el mejor momento para ser creativos o resolver problemas (Roald, por ejemplo, encuentra las soluciones a los problemas más complejos de su investigación mientras lava los trastes). Nos compartió su experiencia personal sobre que considera más fácil escribir artículos científicos en revistas de alto nivel (20-30% de aceptación en los manuscritos que envía para revisión), que publicar poesía (menos del 7% de los trabajos que envía son aceptados; aunque la media a nivel mundial para aceptación de poemas es del 2%). Comió con ellos, sonrió con ellos, se dejó fotografiar, se dejó apapachar y querer. ¡Cómo no hacerlo! Si es casi como un abuelito para ellos. Entre sus cosas se llevó una tarjeta llena de motivos químicos, hecha por mis alumnos, con mensajes de cariño y admiración. Creo que un Premio Nobel en Química puede apreciar, y muchísimo, esas simples muestras que vienen de lo más profundo y puro del corazón de un grupo de jóvenes. Te vamos a extrañar, pero te estaremos esperando para la próxima vez que nos visites. Esperemos que sea pronto. Hasta pronto Roald.

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(*) El Dr. Miguel Angel Méndez Rojas es profesor e investigador de la Universidad de las Américas Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel II) y entusiasta divulgador de la ciencia desde 1995. Premio Estatal de Ciencia y Tecnología 2013 en Divulgación Científica. Autor de “Ciencia sin complicaciones” (UDLAP-EDAF, 2015), libro de divulgación de ciencia para todo público. miguela.mendez@udlap.mx

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