Premios Nobel: entre la fama y la pesadilla

Por Miguel Angel Méndez Rojas

Octubre es un mes esperado cada año, para algunos de nosotros, para correr nuestras apuestas sobre quién será el galardonado en esa ocasión con alguno de los distintos premios (Física, Química, Medicina y Fisiología, Economía, Literatura o Paz) que la Fundación Nobel con sede en Estocolmo, Suecia, otorga a través de un proceso de votación cerrado que la Real Academia de Ciencias y Artes de Suecia realiza con cierta anticipación anualmente. Este año 2015 los distintos premios han sido otorgados en su totalidad y tocó en esta ocasión reconocer la tenacidad de investigadores que con paciencia buscaron por sustancias químicas (naturales y sintéticas) capaces de combatir enfermedades parasitarias que cada año ponen en riesgo la vida de millones de seres humanos (Premio Nobel de Fisiología y Medicina 2015: William C. Campbell, Satoshi Omura y Youyou Tu), o que intentan encontrar la materia faltante en el Universo, tal vez presente en los neutrinos que ahora sabemos tienen masa (Premio Nobel de Física 2015: Takaaki Kajita y Arthur B. McDonald), o quienes exploraron los mecanismos mediante los cuáles nuestro material genético se repara a sí mismo, en una suerte de maquinaria correctora de estilo informático (Premio Nobel de Química 2015: Tomas Lidahl, Paul Modrich y Aziz Sancar). Mientras, las letras se enorgullecieron con el galardón otorgado a Svetlana Alexievich, una periodista y escritora ucraniana (Premio Nobel de Literatura 2015) que hace cerca de una década estuvo en Puebla invitada por la Secretaría de Cultura para acompañar la inauguración de la Casa del Escritor de Puebla, un espacio ideado por Pedro Angel Palou para servir como remanso de paz y refugio para escritores perseguidos por sus ideas y sus letras (como fue el caso de Svetlana). Finalmente, el Cuarteto Nacional del Diálogo, un grupo que contribuyó a la creación de la ola democrática que dio lugar a la Revolución del Jazmín en Tunez en 2011 (Premio Nobel de la Paz 2015) y Angus Deaton (Premio Nobel de Economía 2015), un economista que analizó las interrelaciones complejas entre el consumismo, la pobreza y la asistencia social, completaron el medallero. Todos estos 10 individuos y 1 grupo se unen a una élite privilegiada formada por 870 individuos y 23 organizaciones que entre 1901 y el año actual han sido reconocidos por sus contribuciones intelectuales, científicas, creativas o de valor humano y social.

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¿Cómo le cambia la vida a una persona recibir un Premio Nobel? En Abril de 1998 le hice esa pregunta al Dr. Mario Molina Pasquel, nuestro único Premio Nobel mexicano en ciencias (Química), luego de una conferencia que impartió en el 247avo Congreso Nacional de la Sociedad Americana de Química, en Dallas, Texas. Al terminar su charla, donde abordó el tema hoy tan actual del Cambio Climático y los efectos de la actividad humana sobre nuestra atmósfera y sus complejos equilibrios, respondió una ronda de preguntas diversas, la mayoría de ellas no relacionadas a su charla que recién había impartido. Alcancé a detenerle antes de bajar del estrado y comencé a platicar con él sobre su experiencia personal con la fama que el Nobel le había conferido. De inmediato su respuesta sin meditar fue: “Ahora todo el mundo me persigue para preguntarme cosas en las que no tengo necesariamente una respuesta informada por no ser mi área. Yo soy un químico”- dijo Mario Molina- “y mis aportes en esta área son muy específicos: la química atmosférica de los equilibrios y reacciones de clorofluorocarbonos en la alta atmósfera y sus efectos sobre la capa de ozono”. Entre anécdotas y risas, me compartió que desde la llamada telefónica que recibió en Octubre de 1995, no ha tenido mucho tiempo libre para dedicarse a lo que más ama en este mundo (además de su familia): investigar en el laboratorio. Prácticamente se la pasaba volando de un lugar a otro para impartir conferencias, participar en foros internacionales como experto en su área y asesorar a empresas internacionales y a gobiernos y otros actores políticos y sociales en qué tipo de acciones debían ejecutar para reducir el impacto de sus economías o negocios sobre el medio ambiente. Confesó que aunque era algo estimulante al principio recibir tanta atención, eventualmente se convertía en algo cansado y agotador, y que con mucho gusto lo cambiaría por un poco de anonimato y tranquilidad de trabajo con su grupo de investigación (que en ese entonces todavía se encontraba en el MIT, ya luego en la Universidad del Sur de California). Ya antes había tenido un diálogo similar, esta vez con Herbert C. Brown, premio Nobel de Química de 1979 por sus contribuciones al desarrollo de la Química de compuestos de Boro, y a quien el reconocimiento le permitió construir una red de colaboraciones internacionales que ayudaron a la expansión del campo de investigación al que se dedicó toda su vida. Una de sus mayores satisfacciones tras recibir el premio, fue la oportunidad de viajar por todo el mundo al lado, siempre, de su amada esposa que le acompañó fielmente a cada viaje que realizó.

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Arriba, izquierda: con Herbert Brown, en 1995; arriba: derecha: con Mario Molina en 1998; abajo, derecha: con Harry Kroto en 2013; abajo, izquierda con Robert Curl en 1999.

Varios años después (en 2013) platicaba con otro Nobel (también en Química, 1996), Sir Harold Kroto, esta vez en un restaurante de la zona de Santa Fé, en la ciudad de México, previo a la conferencia que impartiría a estudiantes y académicos en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. En esta ocasión, un desenfadado y platicador Harry Kroto comentaba sobre sus experiencias académicas iniciales, en donde queriendo dedicarse al arte y diseño gráfico, finalmente optó por dedicarse a la Química por recomendación de su padre (con el fin de asegurar su futuro y estabilidad económica). Para Harry, el Premio Nobel llegó en un momento de su vida que le permitió convertirse en una voz y opinión sólida y fuerte entre la comunidad científica internacional, en particular para llamar la atención ante los problemas sociales y económicos que pueden resolverse a través de la educación científica y tecnológica. Aprovechó los reflectores para llamar la atención de un público muy amplio e internacional en estos temas y, como Mario Molina, viaja constantemente por el mundo para dar su muy personal punto de vista en temas de políticas educativas científicas y tecnológicas. Su contribución fundamental sobre la preparación y caracterización de los fullerenos, que consiguió en colaboración con sus colegas y amigos Richard Smalley (a quien también conocí en Dallas en 1998) y Robert Curl (con quien coincidí en una conferencia que impartió en 1999 en Texas Christian University, en Fort Worth, Texas), abrió un área que para mí hoy tiene una gran importancia (la nanociencia y la nanotecnología). Un área en la que uno de sus pupilos, Mauricio Terrones Maldonado (quien estudiaba su doctorado en Química en la Universidad de Sussex, en Inglaterra, justo en el momento en que el comité Nobel hizo la llamada telefónica al laboratorio de Kroto para comunicarle la feliz noticia), ha brillado con luz propia y es considerado hoy por hoy uno de los científicos más importantes en el área de materiales nanoestructurados bidimensionales en el mundo, y quien sabe, tal vez en un futuro su nombre aparezca entre los candidatos considerados para recibir la presea Nobel.

Tres años antes, en Noviembre de 2010, me invitaron a participar en un Simposio en Honor a Roald Hoffmann (por segunda ocasión, la anterior había sido en 2006 en la UDLAP durante una visita de dos días que hizo a la institución), esta ocasión en la Universidad Veracruzana. Con el hermoso escenario del auditorio del Museo de Antropología de Xalapa (MAX), una serie de conferencias se ofrecieron al público en general para mostrar las interrelaciones entre ciencia, arte, imaginación e innovación, aspectos todos únicos que en Roald se entremezclan de una manera sublime y especial. Ahí tuve oportunidad de caminar una noche con Roald por las empinadas calles xalapenses, mientras platicábamos sobre la vida, nuestros proyectos y el futuro de la Química, en un país en donde las profesiones científicas se ven amenazadas por una ausencia de reflexión sobre la importancia de enseñar lo fundamental, más que lo específico. Ya antes, en 2006, me había contado su experiencia de enterarse de su premio, no por una llamada telefónica en particular, sino por las noticias en Ithaca, Nueva York que es donde reside, ante una nota un tanto chusca sobre un “bromista que había estado llamando a varios individuos de nombre Roald o apellido Hoffmann” que vivian en la zona, supuestamente para comunicarles “que habían recibido el Premio Nobel”. Ocurrió que el comité Nobel no tenía su número telefónico y habían recurrido al directorio telefónico para tratar de contactarle, sin éxito hasta ese momento. Para Roald, la experiencia del galardón fue un tanto personal. Se convirtió en un catalizador que le ayudó a mostrar los aspectos creativos e imaginativos de la ciencia, explorando las interrelaciones entre el arte y la ciencia, áreas que Roald explora de manera magistral pues es un escritor, un poeta, un dramaturgo y, un poco, un artista que hace cerámica y escultura, además de sus actividades cotidianas como investigador en Química Teórica. Roald se ha dado el lujo de bailar samba en el Carnaval de Rio de Janeiro, en un carro alegórico cuyo tema central fue la ciencia, y de hablar de la discriminación (de género y de creencias religiosas) que numerosos colegas sufren en Medio Oriente y otros países del mundo.

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En 2010, en el Museo de Antropología de Xalapa con Roald Hoffmann, en el Simposio organizado en su honor.

La constante de todos ellos, seres humanos con conflictos, sueños y emociones como cualquier otro, reconocidos por una labor paciente y minuciosa por comprender algunos de los misterios del universo que nos rodea, es y al parecer seguirá siendo, el defender ese derecho por la curiosidad humana. El aprovechar los reflectores para decir con voz firme y potente que la ciencia es fundamental no solo para responder las preguntas más básicas y fundamentales que la mente humana se hace, sino también porque es liberadora: nos hace iguales sin importar condiciones económicas, ideologías políticas o teorías sociales. Les da la oportunidad para señalar con dedo flamígero aquellas acciones y decisiones incorrectas que atentan contra la educación y el futuro de la humanidad. Les da, o noble premio Nobel, una voz potente con la cuál predicar en el desierto.

(*) El Dr. Miguel Angel Méndez Rojas es profesor e investigador de la Universidad de las Américas Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel II) y entusiasta divulgador de la ciencia desde 1995. Premio Estatal de Ciencia y Tecnología 2013 en Divulgación Científica. Autor de “Ciencia sin complicaciones” (UDLAP-EDAF, 2015), libro de divulgación de ciencia para todo público. miguela.mendez@udlap.mx

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