Cuando la ética científica y tecnológica salta por la ventana

Por Miguel Angel Méndez Rojas

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http://www.dailymail.co.uk/news/article-3243938/Ex-hedge-funder-32-hated-man-internet-defends-jacking-prices-AIDS-medication-5500.html

La moral es un árbol que da moras, dicen algunos políticos cuando se les echa en cara su cinismo en un país en donde la impunidad es más una estadística que una preocupación para ellos. La falta de valores morales y de ética profesional afecta no solo a esa élite de la sociedad, cuyas consecuencias se registran en prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana. También son situaciones que ocurren, más frecuentemente de lo que quisiéramos, en la ciencia y la tecnología. Dos casos recientes que tocan las sensibles fibras de la sociedad en lo que se refiere a ética y valores merecen discutirse: el primero desatado por la aparente voracidad y ambición desmedida del empresario Martin Shkreli, un emprendedor de apenas 32 años de edad, quién compró los derechos globales de un fármaco para el tratamiento del SIDA y subió de la noche a la mañana el costo del medicamento de 13.50 dólares a 750 dólares por píldora, un incremento del 5,500%. El segundo, y más local, el escándalo que desencadenó una caída del 30% en el valor de las acciones de la compañía Volkswagen (VW) derivado de un software tramposo que permitía a algunos de sus vehículos a diésel pasar sin problema las inspecciones de emisiones contaminantes.

Martin Shkreli, un joven empresario de apenas 32 años, fundador y director de la compañía Turing Pharmaceuticals, compró en Agosto de 2015 los derechos del fármaco Daraprim, un medicamento cuyo principio activo es la pirimetamina [5-(4-clorofenil)-6-etil-2,4-diaminopirimidina] y que se emplea en el tratamiento de infecciones por protozoarios, como los que causan la malaria (una enfermedad que afecta a millones de personas en Africa y Asia y que es la causa de muerte de entre 5 y 6 millones de personas cada año) o, en combinación con sulfadiazina, de la toxoplasmosis (causada por Toxoplasma gondii), una infección relativamente común en pacientes inmunocomprometidos con el virus de VIH, causante del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), aunque también presente en mujeres embarazadas con toxoplasmosis. Aunque no es el único grupo de medicamentos existente para el tratamiento de estas infecciones parasitarias, por su costo y disponibilidad eran parte de tratamientos muy accesibles para la población, en particular para individuos con SIDA y algunos tipos de cáncer, cuyo sistema inmunitario comprometido los hace muy sensibles a este tipo de infecciones oportunistas. Shkreli, pagando 55 millones de dólares se hizo dueño de un medicamento que fue desarrollado por el premio Nobel en Química Gertrude Elion mientras trabajaba en la compañía farmacéutica GlaxoSmithKline (GSK) y que no es producido como medicamento genérico por ninguna compañía debido al pequeño mercado que representa. GSK vendió los derechos a la compañía CorePharma en 2010 y ésta a Turing Pharmaceuticals en 2015. El incremento de precio (de 13.50 a 750 dólares, es decir de 230 pesos a 12,750 pesos por pastilla), de acuerdo a Shkreli, es necesario para que su compañía pueda reinvertir las ganancias en la investigación de nuevos medicamentos para tratar aquellas enfermedades que la mayoría de las compañías farmacéuticas no investigan por tratarse de enfermedades de países tercermundistas. De pobres que no pueden pagar por ellas, en otras palabras. La posición de Shkreli es la de defender la decisión de su compañía, justificando que no son las ganancias lo que lo mueven, sino el poder mantener a su compañía funcionando y poder desarrollar nuevos fármacos para enfermedades que a las grandes compañías no les interesan. Uno podría pensar que es una buena razón, sin embargo el hecho de que precisamente una de las pocas sustancias químicas para el tratamiento de enfermedades parasitarias como la Malaria y cuya accesabilidad por millones de pesonas en el mundo se vea afectada por una decisión de negocios sea precisamente la que su compañía vende, ponen en el ojo del huracán no solo a Shkreli y a su compañía, sino a todas las compañías farmacéuticas del mundo al mostrar no solo el alto costo que tienen los medicamentos en relación a sus porcentajes de recuperación (que por lo regular se calculan en base a las leyes de la oferta y la demanda, pero también en base a la inversión que se hizo para desarrollarlos). También expone la triste realidad de que muchas compañías farmacéuticas invierten solo en aquellas enfermedades redituables, aquellas que ocurren en países cuya población tiene recursos para pagar. Y en ese sentido, el lichamiento público y mediático de Turing Pharmaceuticals y de su director, es solo una mera excusa para que las demás compañías traten de levantar una cortina de humo y aprovechen esta situación para ocultar su propia participación en el problema. Sin embargo, las consecuencias para Turing Pharmaceuticals vinieron pronto. Su acciones cayeron significativamente en Wall Street y Shkreli tuvo que rectificar su posición, indicando que “ajustarían el precio a un nivel más accesible, aunque les redituara un margen de ganancia bajo, pero suficiente para poder continuar invirtiendo en investigación de nuevos medicamentos”.

Desde otra trinchera, otro gigante industrial, esta vez del ramo automotriz, vive una experiencia semejante pero única en sus propias características e implicaciones. Un par de investigadores ambientales independientes descubrieron anomalías en los resultados de los análisis de emisiones de contaminantes para ciertos modelos de vehículos a diésel producidos por la compañía VW entre los años 2009 y 2015, así como del Audi A3 producidos entre 2010 y 2015. Al dar a conocer sus resultados a la compañía y a la Agencia para Protección Ambiental norteamericana (EPA, por sus siglas en inglés), la primera reacción fue la de negar que existiera un problema, pero cuando las pruebas de la EPA confirmaron los resultados de los investigadores independientes, una carta fue enviada por EPA el 18 de Septiembre pasado a la compañía VW para solicitarle que admitiera que aproximadamente medio millón de vehículos comercializados en los Estados Unidos se encontraban operando en condiciones inapropiadas, lo que como consecuencia arrojaban entre 10 y 40 veces más contaminantes al medio ambiente de lo que la norma establece. Como resultado, el presidente de la compañía a nivel mundial, Martin Winkerkorn, renunció, los precios de las acciones de la compañía cayeron cerca de un 30% en las últimas dos semanas y se prevé que, además de miles de despidos a administrativos e ingenieros que pudieran haber estado relacionados a este escándalo, una multa multimillonaria asociada a cada uno de los cerca de 11 millones de vehículos comercializados a nivel mundial y que presentan este problema (43% de los cuáles, al parecer, se produjeron en la planta que la compañía tiene en Puebla). La gravedad del asunto no solo se relaciona al hecho de que la compañía mintiera para poder cumplir los requerimientos ambientales, sino que lo hizo de forma consciente y a propósito. No fue un error humano inadvertido o una falla técnica impredecible. Fue un acto deliberado, que consistió en incluir un software especial que era capaz de detectar el momento en que un vehículo era sometido a pruebas de verificación ambiental para activar en ese momento el “modo limpio” de trabajo, reduciendo las emisiones de óxidos de nitrógeno (NOx) haciendo funcionar su convertidor catalítico. No es que éste no fuera funcional para una operación normal del vehículo, sino que el sistema lo activaba o desactivaba dependiendo si el auto era verificado o manejado en condiciones normales. Sin embargo, el vehículo no habría tenido ningún problema si siempre mantenía activada la operación de su sistema de reducción de contaminantes. Tal vez lo que los movió a hacer trampa fue el hecho de que así podrían (falsamente) tener resultados de incremento en eficiencia de consumo de combustible (aunque contaminaran) y a la reducción de peso del vehículo al no tener que incluir otras tecnologías reductoras de emisiones, actualmente vigentes en el mercado. Además, arrojar a la atmósfera una mayor cantidad de contaminantes (como los NOx) tiene implicaciones sobre la calidad del aire y los efectos sobre la salud humana. Se calcula que aproximadamente entre 5,800 y 14,200 toneladas de NOx extras fueron arrojadas a la atmósfera (solo por los vehículos comercializados en EUA), lo que significaría un incremento del 5 al 27% de muertes prematuras por exposición a este contaminante (solo en EUA).

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http://www.computerworld.com/article/2986355/telematics/epa-details-how-vw-software-thwarted-emission-tests.html

Uno no puede sino pensar que distintos caminos pudieron haberse seguido en ambos casos para evitar lo ocurrido. En el primer caso, Shkreli con su experiencia como inversionista en la bolsa de valores podría haber empleado sus habilidades para atraer fondos privados y públicos de inversión para que su compañía, Turing Pharmaceuticals, pudiera solventar el desarrollo de nuevos medicamentos para el tratamiento de enfermedades de primer mundo, sin vincular el costo del Daraprim para solventar esto. Una estrategia de vinculación con centros de investigación y universidades, en particular en los países en donde estas enfermedades son un problema social, podría haber servido para apoyar con fondos de investigación el desarrollo de nuevas alternativas, más efectivas, más económicas, con un beneficio obvio no solo para su compañía sino también para los investigadores participantes y, obviamente, los pacientes. Además habría resultado en un ejemplo de lo que, hasta el día de hoy, no han hecho las grandes compañías farmacéuticas. Tal vez incluso aun esté a tiempo para hacerlo, pues el riesgo actual es que dejen de producir el fármaco y que ninguna otra compañía, por cuestiones de protección intelectual, sea capaz de mantenerlo en el mercado, afectando así de manera permanente a los enfermos que dependen del mismo. En el segundo caso, como un amigo comentaba en redes sociales, si en vez de usar su ingenio para burlar un procedimiento de revisión ambiental, la compañía VW y sus ingenieros hubieran dedicado recursos y tiempo en la búsqueda de nuevas tecnologías para reducir emisiones contaminantes, no estaríamos ahora discutiendo sobre el futuro de la compañía y la estabilidad de miles de familias cuyos trabajos dependen de la misma. A través de la investigación científica y tecnológica, pero más importante, a través de una ética fundamentada en valores de respeto al consumidor y al medio ambiente y la sociedad, el desenlace en ambos casos habría sido distinto. No todo en este mundo es el dinero, menos cuándo eso se asocia erróneamente con el éxito.

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Cuando la educación, esa que recibimos en la casa o en la escuela, transmite la idea de que el éxito es sinónimo de riqueza, las empresas (y los empresarios) distorsionan sus metas haciéndolas coincidir con falsos valores en donde se prometen a los inversionistas “las mayores ganancias, sin importar los medios” y “una vida de privilegios que solo nuestra marca pueden traer”. Y no es lo correcto. La sustentabilidad ambiental, la responsabilidad social, el respeto a los derechos de los trabajadores y a los consumidores deben estar dentro de la filosofía de cualquier empresa e individuo. De otra manera terminamos alabando a falsos ídolos (como el dinero, la fama instantánea, cuidar más las apariencias que lo que hay en el fondo), lo que origina que hechos tan tristes y lamentables como los antes discutidos se repitan. Todo por el cochino dinero.

(*) El Dr. Miguel Angel Méndez Rojas es profesor e investigador de la Universidad de las Américas Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel II) y entusiasta divulgador de la ciencia desde 1995. Premio Estatal de Ciencia y Tecnología 2013 en Divulgación Científica. Autor de “Ciencia sin complicaciones” (UDLAP-EDAF, 2015), libro de divulgación de ciencia para todo público. miguela.mendez@udlap.mx

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