Y retiemble en tu centro la Tierra…

Por Miguel Angel Méndez Rojas

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http://aristeguinoticias.com/1909/mexico/fotos-el-sismo-de-1985-a-27-anos/

La mañana del 19 de Septiembre de 1985 me encontraba, como millones de otros niños de mi edad, preparándome para la escuela. En ese entonces estudiaba en la Escuela Cristóbal Colón, cuyo plantel de secundaria se encontraba al norte de la ciudad de México, pasando Ticomán. Era todavía muy temprano, así que entré en el baño de la casa (que estaba en un segundo piso) y empecé a lavarme la cara. A las 7 horas y 19 minutos de la mañana un sonido grave, como cuando se hace un silencio incómodo en una habitación, dio inicio a un movimiento oscilante, un vaivén que mecía la segunda planta de la casa. Habiendo vivido 12 años en la ciudad de México, pensé que como había ocurrido en “temblores” previos, el movimiento oscilatorio terminaría pronto, pero pasados los primeros 30 segundos el temblor se intensificó y ahora eran más bien movimientos hacia arriba y hacia abajo. Recuerdo los gritos de mis hermanos y de mis padres. “¡Está temblando!”, “¡Bájense!”, mientras afuera los perros aullaban y corrían. Los sonidos de las macetas cayendo de sus sitios y de las ventanas abriéndose y cerrándose, acompañaban como fondo sonoro el movimiento terrestre que se prolongó por casi 2 minutos. Yo la verdad no pude moverme del sitio en donde me encontraba. La fuerza de las sacudidas no permitía ni siquiera caminar. Me aferré al lavabo y como pude me mantuve en pie hasta el final del temblor. Escuchaba a la vieja casa de Amatista #15 en la Colonia Estrella estremecerse y crujir. Ya luego la revisaríamos con cautela y encontraríamos numerosas nuevas grietas dispersas en techos, muros y pisos. Los trastes de las alacenas se salieron de su lugar. Incluso el agua de los tinacos se desparramó. Salimos a la calle, el pánico reflejado en los rostros de todos los vecinos. “Estuvo muy duro este, ¿verdad?”, decíamos. Todavía no nos habíamos percatado de la magnitud del desastre. No podíamos sintonizar la televisión, pues no había energía eléctrica. Un pequeño radio portátil de baterías nos permitió escuchar las primeras noticias del suceso: “Un terremoto de magnitud 8.1 en la escala de Richter había azotado a la ciudad de México. El sismo tenía por epicentro las costas del Pacífico mexicano, cerca de la desembocadura del río Balsas en la costa de Michoacán”. Fue, hasta ese momento, el sismo de mayor duración y mayor magnitud en la historia del país. Algunos periodistas se lanzaron a las calles para conseguir información, transmitiéndola por vía telefónica (en una época en donde los teléfonos celulares o portátiles eran muy escasos), y dieron testimonio del horror acontecido en muchas partes, en particular en el centro de la ciudad.

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https://es.wikipedia.org/wiki/Terremoto_de_M%C3%A9xico_de_1985

Recuerdo que se dio aviso sobre la suspensión de clases. Mi papá, médico del Seguro Social, acudió al llamado de apoyo en las labores de rescate y de atención a las víctimas. Nosotros permanecimos atentos a las noticias, pegados a la radio pues la electricidad iba y venía de forma incipiente. Poco a poco nos fuimos enterando de cómo la zona habitacional de Tlatelolco, en donde teníamos familiares y amigos, había sufrido una tragedia con la caída de algunos de los multifamiliares como el Edificio Nuevo León. Mi papá al regresar nos contó del Hospital Juárez y del Centro Médico Nacional, cómo se habían colapsado. Numerosos pacientes y médicos murieron ahí, entre ellos el papá de un querido amigo de la secundaria. Cuando llegó la noche, no pudimos dormir con tranquilidad por el temor de las réplicas. La realidad es que fue una noche eterna, tratando de entender mejor lo que había ocurrido y pidiendo al cielo por tranquilidad. Al día siguiente tampoco hubo clases, y ya los diarios daban cuenta del desastre y lo ilustraban con profusas e impactantes fotografías. La incertidumbre permaneció a lo largo del día y cuando nos disponíamos a cenar, alrededor de las 19 horas y 37 minutos, una réplica muy intensa (7.3 grados en la escala de Richter) nos impactó y salimos corriendo de la casa y nos refugiamos en el auto de papá que se encontraba estacionado afuera, en la calle. Desde ahí veíamos a los postes de luz oscilar, y temíamos que en alguno de sus vaivenes súbitamente colapsaran sobre nosotros. Lloramos, rezamos, estábamos atemorizados.

La lección histórica de la tragedia, más allá de hacernos reflexionar sobre la lentitud de la respuesta de la élite gobernante, en una inacción irresponsable por motivos políticos y de orgullo, es cómo el país se transformó para integrar en su cotidianidad la cultura de la prevención. Asimismo, fue un parteaguas para despertar la solidaridad del pueblo mexicano que se lanzó a las calles para ayudar en la medida de sus capacidades a aquellos que habían sufrido los efectos del desastre. Algunos para levantar escombros con sus propias manos, gritando entre las piedras en búsqueda de una respuesta que indicara que había vida ahí abajo, muchas veces contra toda posibilidad y pronóstico. Cerca de 4,000 personas pudieron ser rescatadas con vida de entre los escombros, algunos hasta 10 días después del terremoto. Muchos otros se solidarizaron llevando alimentos, agua, ropa, menaje de casa para los que habían perdido todo. Un número que quizá nunca sabremos con precisión de víctimas perdieron sus vidas. El estadio de béisbol del Seguro Social, el mismo al que muchos fines de semana mi padre acudía para jugar con el equipo de la clínica donde trabajaba, se transformó en una enorme morgue, en donde miles de cuerpos eran llevados y conservados en hielo y bolsas, en espera de que algún familiar pudiera identificarlos. Muchos, muchos de ellos jamás pudieron ser identificados. Familias completas perecieron en la tragedia.

Todavía no somos capaces de predecir el momento preciso en que ocurrirá el próximo gran terremoto. La historia geológica de nuestro planeta nos ayuda a entender que tarde o temprano otro gran movimiento telúrico ocurrirá, probablemente con magnitud mayor al ocurrido en 1985. Afortunadamente las nuevas construcciones siguen normas muy estrictas y probablemente evitarán daños estructurales. Sin embargo, cientos de construcciones antiguas o construidas con materiales deficientes o con mínima calidad, estarán esperando la fecha fatídica en que les llegará el momento de confrontarse con su terrible destino. Y a pesar de toda la prevención que podamos tener, nunca estaremos preparados al 100% para esa nueva tragedia.

 

(*) El Dr. Miguel Angel Méndez Rojas es profesor e investigador de la Universidad de las Américas Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel II) y entusiasta divulgador de la ciencia desde 1995. Premio Estatal de Ciencia y Tecnología 2013 en Divulgación Científica. Autor de “Ciencia sin complicaciones” (UDLAP-EDAF, 2015), libro de divulgación de ciencia para todo público. miguela.mendez@udlap.mx

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