Más que una mente brillante: de probabilidades y genialidad

Por Miguel Angel Méndez Rojas

La noche del 23 de Mayo pasado, mientras viajaba acompañado de su esposa Alicia López Harrison de Lardé, el matemático norteamericano John Forbes Nash Jr., falleció a los 82 años de edad, en un trágico accidente de tráfico en el taxi en el que viajaban. La pareja no llevaba el cinturón de seguridad, y como consecuencia del impacto fallecieron inmediatamente. Para la mayoría de nosotros esta muerte pasaría inadvertida, como miles otras que ocurren día a día en circunstancias similares. Pero John Nash no era una persona común y corriente (como seguramente ninguna otra persona lo es, en el fondo). Nash fue el ganador del Premio Nobel de Economía en 1994, por sus trabajos alrededor de la Teoría de Juegos, en particular por su trabajo pionero en el análisis del equilibro en la teoría de juegos no cooperativa. Más recientemente, en Marzo de 2015, recibió de parte de la Academia Noruega de Ciencias y Letras el Premio Abel, que a veces es considerado el (inexistente) premio Nobel en Matemáticas. Y si todo lo anterior falla para contextualizar la trascendencia de su trabajo, hay que invocar la taquillera película del 2001 protagonizada por Russel Crowe en el papel de Nash, A beautiful mind (titulada en México como “Una mente brillante”) y que se basó en el libro homónimo biográfico de la divulgadora científica Sylvia Nasar. John Nash, quien nació en Bluefield, Virginia del Oeste en 1928, empezó su vida académica estudiando ingeniería química en Carnegie Tech (hoy Carnegie Mellon University), pero los problemas que encontró en el énfasis en las habilidades experimentales (dibujo técnico o maestría para manejar una pipeta o realizar una titulación ácido-base) lo llevaron a refugiarse en las matemáticas, cambiando su carrera finalmente a esta área y obteniendo su licenciatura y maestría en Matemáticas casi simultáneamente. Al terminar, teniendo ofertas para continuar sus estudios doctorales en Harvard o Princeton, eligió esta última en parte por la cercanía a su ciudad natal, pero más por el interés personal que la Universidad manifestó por él. Luego de someter su propuesta de tesis doctoral, la cual él consideraba que era poco original e insuficiente para ser aprobada por el comité, y verla aceptada, se doctoró a los 21 años y trabajó un tiempo como instructor de matemáticas en Princeton y por un periodo de 8 años en MIT entre 1951 y 1959, aunque Princeton siempre fue el lugar donde prefirió trabajar, regresando ahí al terminar su breve estancia en MIT. En su estancia en el MIT conoció a una alumna salvadoreña (Alicia) con quien se casó en 1957. Durante esos años trabajó en interesantes problemas relacionados con ecuaciones diferenciales y algebra, pero entre 1958 y 1959 (un año después de casarse y poco después de cumplir los 30 años) empezó a manifestar síntomas de esquizofrenia paranoica, misma que le fue confirmada clínicamente, lo que lo llevó a renunciar a su trabajo en MIT e iniciar un peregrinar en instituciones psiquiátricas y hospitales por muchos años, derivado de los delirios de persecución y alucinaciones que frecuentemente presentó. Internado, sofocado por los medicamentos y las terapias, finalmente tomó la decisión de enfrentar de manera personal su problema y decidió enclaustrarse en su casa luchando con su mente para sobreponerse a las alucinaciones que lo agobiaban. Durante ese periodo de tiempo, su esposa Alicia (quien en 1963 se divorciaría de él, pero que continuó cuidándolo en su casa hasta que el fatal accidente que acabo con la vida de ambos, en una hermosa y complicada historia de amor y ciencia), mantuvo económicamente el hogar y lo apoyó para que en su proceso de rehabilitación continuara su trabajo académico en matemáticas. Muchos otros colegas suyos en Princeton lo apoyaron también durante este lóbrego pasaje de su vida. Increíblemente, contra todo pronóstico médico, Nash superó su problema mental y regresó a la vida académica formal en Princeton. Ya para entonces era toda una celebridad, conocida como el Fantasma de Fine Hall, por pasar horas interminables en los pasillos y biblioteca, garabateando las ventanas y pizarrones y hablando consigo mismo, de forma delirante y que en numerosas ocasiones hacía que los jóvenes estudiantes y profesores, que no reconocían en ese hombre de descuidado aspecto y andar errático al destacado profesor Nash, lo reportaran como un vagabundo o loco que se había metido al campus.

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http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/economic-sciences/laureates/1994/nash-bio.html

La Teoría de Juegos en la que Nash se interesó desde el inicio de sus estudios doctorales, no solamente puede ocuparse en el estudio de las estrategias que nos permiten comprender el comportamiento de los individuos que participan en juegos, sino que también permiten modelarlos y predecirlos. La teoría se emplea exitosamente en numerosos campos de aplicación que van desde la biología de organismos y ecosistemas, hasta la psicología, la sociología y las ciencias computacionales e informática. Esta área ocupa de manera intensiva a otras de la matemática, tales como la probabilidad, la estadística y la programación lineal. La probabilidad determina la frecuencia con que un acontecimiento determinado pueda ocurrir bajo ciertas condiciones predeterminadas. Nos permite conocer todos los posibles resultados de un evento, así como si un resultado en específico puede ocurrir o no, dentro de un comportamiento que es a todas luces aleatorio. Nosotros vivimos rodeados de la probabilidad, nos demos cuenta o no. Pagamos un seguro (de vida, de auto, de accidentes), muchas veces con la esperanza de nunca emplearlo pero que nos parece necesario en la eventual situación fortuita de requerirlo. Los montos de las cuotas y las sumas aseguradas no son simplemente cifras al azar plasmadas sobre un papel, sino resultado de cálculos probabilísticos en donde un ajustador o actuario es capaz de modelar y predecir, empleando distintos factores como nuestra edad, nuestros hábitos de vida y nuestra profesión, cuál sería la probabilidad de que nos dé un ataque cardiaco o que nos caiga un piano mientras caminamos de vuelta a casa. Mucha de la pseudociencia, por poner un ejemplo cercano, utiliza a la probabilidad para fundamentar la veracidad de sus aseveraciones (“Una persona que conozco se curó con este remedio homeopático, lo que demuestra que sirve”, “Un tío de un primo de un amigo se comunicó telepáticamente con una computadora”, “La sobrina de la señora que nos hace la limpieza fue abducida por un extraterrestre que conducía una camioneta 4×4” y cosas así). La esquizofrenia, por otra parte, es un trastorno mental en donde el individuo sufre una “ruptura con la realidad” (de ahí que etimológicamente, esquizofrenia venga del griego squizo, dividir y phronos, mente). El origen de la enfermedad es desconocido y el paciente que la padece suele sufrir estados de confusión mental, alucinaciones visuales y auditivas, memorias falsas, trastornos afectivos y aislamiento. En términos probabilísticos, 7 de cada 1000 personas en el mundo pueden presentar este tipo de enfermedad mental (0.7% de la población), aunque las probabilidades se incrementan un 10% si hay antecedentes familiares de la enfermedad, así como es más probable que ocurra en hombres que en mujeres.

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http://jesusgonzalezfonseca.blogspot.mx/2010/10/cual-es-la-probabilidad-real-de-morir.html

El accidente en que perdieron la vida John Nash y Alicia López fue muy desafortunado, a la vez que improbable (la probabilidad de fallecer en un accidente en un vehículo de motor es de 1 entre 237, es decir 0.42%). De hecho, es más probable morir de un ataque al corazón (20% de probabilidad) que en un accidente que involucre a cualquier tipo de vehículo a motor (moto, auto, autobús, tráiler…) que es del 1.19%. Tal vez algunos admiradores del trabajo de Nash vean en este trágico adiós un muestra más de la ironía con que la vida nos retrata. Otros más, tratarán de sacar conclusiones sobre las conspiraciones que llenaban las alucinaciones paranoicas que ocuparon la mitad de la vida de Nash y que, con este infortunado accidente, pareciera que cierran un ciclo en donde sus perseguidores imaginarios finalmente le echaron guante. Descansen en paz, John y Alicia.

 

(*) El Dr. Miguel Angel Méndez Rojas es profesor e investigador de la Universidad de las Américas Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel II) y entusiasta divulgador de la ciencia desde 1995. Premio Estatal de Ciencia y Tecnología 2013 en Divulgación Científica. Autor de “Ciencia sin complicaciones” (UDLAP-EDAF, 2015), libro de divulgación de ciencia para todo público. miguela.mendez@udlap.mx

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