La maravillosa vida interior de una célula

Por Miguel Angel Méndez Rojas

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Cuando niño, igual que muchos niños y niñas en todo el mundo y en distintas épocas, tuve una maravillosa aproximación a la ciencia a través de un experimento clásico: observar el fascinante proceso de germinación de un frijolito. Luego de una paciente espera, los ojos infantiles encuentran asomándose entre los algodones húmedos un pequeño brote verdoso, claro indicador de que una raíz se asoma y antecede en su curiosidad a un tallo y finalmente a un par de verdes hojas que se desarrugan mientras la luz del sol las acarician suavemente. No recuerdo bien si germinó o no, pero he repetido ese experimento con mis hijos y en numerosas otras ocasiones, solo por el placer de seguir sintiendo la emoción de ver salir vida desde un pequeño reservorio llamado semilla. Y bueno, al parecer la vida viene en pequeños paquetes que tienen muchas funciones y propósitos. Entre ellos, hacer funcionar todo aquel organismo biológico que nos rodea, incluyéndonos a nosotros mismos.

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La unidad básica de la biología, la célula, es uno de esos pequeños paquetes con los que nos entretenemos en nuestra búsqueda de respuestas sobre cómo funciona la vida. Muchos aprendimos a reconocer sus partes (y las diferencias entre células animales y vegetales) y memorizamos nombres de organelos y componentes (membrana, mitocondria, retículo endoplásmico, ribosomas, cloroplastos, núcleo, y muchos más), para luego (la mayoría) olvidarlos y seguir con nuestras vidas cotidianas como si nuestra ignorancia al respecto no afectara su funcionamiento. Y ciertamente, así es. Aprendimos con esquemas coloridos, corrimos a la papelería de la esquina (la prehistoria del internet) por una monografía o buscamos en el tomo 3 de la enciclopedia familiar la palabra “célula” para satisfacer las exigencias de las tareas escolares. Tal vez incluso construimos una maqueta tridimensional o incluso nos recomendaron ver esa película titulada en México “Viaje fantástico” en donde unos científicos aventureros realizaron un imposible viaje a través del cuerpo humano, miniaturizados al tamaño de las propias células. Entre los libros de texto (oficiales y no oficiales), tareas escolares y modelos plásticos o dibujos en el pizarrón con gises de colores, nuestra percepción de la célula fue que ésta era algo plano, monótono y básicamente una bolsa de gelatina en la que flotaban, sin ningún orden en particular, todas esas cosas innombrables que representaban sus entrañas. ¡Vaya que era aburrido aprender sobre las células y sus partes!

 

Y sin embargo, con todo y estos modelos tan lejanos de la realidad y tan simplificados y sosos, muchos continuaron su viaje de aprendizaje, casi enamoramiento, con estas pequeñas unidades de vida. Ya en la preparatoria, el núcleo, la membrana y los organelos dejaron de sonreírnos y las fascinantes historias que escribió Julio Frenk (exsecretario de Salud federal y hoy profesor en la Universidad de Harvard) sobre Triptofanito y los misterios de la biología, fueron reemplazados por sendos libros de texto, serios en su lenguaje, técnicos en las descripciones, con títulos como “Biología molecular del gen” o “Biología molecular de la célula”. Como en toda relación compleja, pasamos de una imagen romántica a una imagen real y llena de problemas y situaciones complicadas. El silencioso y cómodo interior celular fue reemplazado por un espacio lleno de citoplasma, que era algo más que un montón de líquido en donde todo flotaba sin control, y era más bien un espacio regulador lleno de máquinas moleculares únicas capaces de controlar intrincadas reacciones químicas y ciclos metabólicos. Una maquinaria industrial de transformaciones continuas, consumiendo energía y materia para producir vida. Aun así, estos libros de texto carecían de vida propia y nuestro aprendizaje tuvo que conformarse más con lo que nuestra imaginación nos permitía reconstruir. Escuchamos fascinados las descripciones del profesor sobre la manera en que los “dedos de Zn” tomaban una doble hélice de ácido desoxirribonucléico y separaban delicadamente cada hebra para “leer” la información genética y a partir de las instrucciones ahí contenidas armar complejas proteínas. Debo confesar que muchas veces la imaginación era insuficiente para poder tener una imagen cercana a la realidad, pero la gran mayoría de nosotros en esa época estábamos igual: nadie podía describir la realidad mejor que la propia realidad.

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Por eso resulta milagroso, casi conmovedor, el esfuerzo realizado por el un equipo de científicos de la Escuela de Medicina de Harvard y el ilustrador científico David Bolinsky en donde preparan un maravilloso proyecto para cambiar la manera cómo las nuevas generaciones (de niños, de jóvenes, de futuros científicos) aprendemos sobre la célula. Y los videos resultantes de esta colaboración única están disponibles en el sitio web “Bio Visions” de la Universidad de Harvard (http://multimedia.mcb.harvard.edu/) en el cual podemos encontrar videos únicos sobre “El empaquetamiento de las proteínas”, “La mitocondria” y “La vida íntima de la célula”, entre otros trabajos. Ver a las moléculas de kinesinas “caminar” sobre fibras de citoesqueleto producidas durante el proceso de mitosis y replicación celular, como “cargadores moleculares” que paso a paso transportan información genética, es algo que lo deja a uno con la boca abierta y, definitivamente, con más preguntas sobre la complejidad de la vida en esa escala y lo maravilloso que somos como entidad biológica. ¡Millones de máquinas moleculares, entidades biológicas auto-ensambladas, cuya función específica es la de mantener las distintas reacciones que nos hacen vivir, se replican, se distribuyen y se mueven en una sinfonía orquestada por nuestros genes y que se repite y mejora desde hace millones de años!

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http://es.wikipedia.org/wiki/Kinesina

Definitivamente, la próxima frontera del conocimiento, lo que nos hará cambiar como civilización, tiene que ver con nuestra completa comprensión de la biología y de la vida a escala molecular. Y sin duda lo conseguiremos en los siguientes 20 o 30 años, a un nivel tal que, quizá con un poco más de ingenio y paciencia, nos permitirán pensar en la posibilidad de preparar nuevos organismos o nuevas máquinas moleculares que los auxilien en su supervivencia. Adaptación, podríamos decirle. Evolución dirigida dirán otros.

Para ver:

– Maravillosas máquinas moleculares: https://www.youtube.com/watch?v=dMPXu6GF18M

– La vida íntima de la célula: https://www.youtube.com/watch?v=FzcTgrxMzZk

(*) El Dr. Miguel Angel Méndez Rojas es profesor e investigador de la Universidad de las Américas Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel II) y entusiasta divulgador de la ciencia desde 1995. Premio Estatal de Ciencia y Tecnología 2013 en Divulgación Científica. Autor de “Ciencia sin complicaciones” (UDLAP-EDAF, 2015), libro de divulgación de ciencia para todo público. miguela.mendez@udlap.mx

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