Esa cosa terrible llamada CIENCIA

Por Miguel Angel Méndez Rojas

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Como cada mañana, despiertas con esa sensación de que el día va a estar lleno de situaciones nuevas, algunas de ellas inesperadas. Eso te llena de terror. Tu mente, desde que eras pequeño, te obliga a cuidar cada detalle, planificar cada paso. Nada puede salirse del programa previamente diseñado. Tienes una manía por los detalles. A las 10:00 de la mañana (en punto) tienes una reunión con el Comité de Presupuestos. A las 11:15 tomas un pequeño receso de 7 minutos (exactamente) para hacer tus necesidades fisiológicas en el baño del segundo piso, tercer reservado de derecha a izquierda, de la compañía. Cuentas exactamente 6 tiras de papel higiénico. Te lavas las manos con movimientos pre-planificados. Cinco vueltas con la mano derecha a la izquierda, cinco vueltas con la mano izquierda a la derecha, seguidos de 10 segundos de chorro de agua de un lado, 10 segundos de chorro de agua del otro lado. Tic-tac, tic-tac. Obsesivo-compulsivo, obsesivo-compulsivo. Cierras la llave del agua con la mano izquierda, dos giros largos, un giro corto. Siempre lo has hecho así. Es la manera correcta de hacerlo. La única manera. Tres pasos a la derecha, dos al frente. Te secas las manos con el secador de aire caliente. No te gusta la sensación de humedad entre los dedos. Detestas la idea de que millones de microorganismos desconocidos acampen ahí y echen por la borda todo tu esfuerzo de asepsia, casi esquizoide. Malditos microbios. Pero te resistes a usar jabones, antisépticos, antibióticos…todas esas cosas con nombres en clave (triclosán, penicilina, oleato de sodio…). Conspiraciones de un gobierno secreto mundial que pretende controlar tu vida, tu mente, tu billetera a través de esas sustancias que inhiben tu capacidad de decisión. Pero no contigo. Tú eres un ente independiente. Libre de sustancias químicas. Regresas a tu cubículo. Ciento-cincuenta pasos desde la puerta del baño hasta tu silla. Te repugna pensar que el aire acondicionado de la oficina transporta, además de aire húmedo reciclado, esporas, bacterias, células epiteliales de tus compañeros del trabajo. Te limpias la nariz con un pañuelo desechable y lo arrojas lejos, como si estuviera maldito. ¡Malditas alergias, maldito polvo! Tan felices que podríamos ser, libres de toda esta contaminación ambiental, si todavía persiguiéramos bisontes en las praderas. ¡Comida orgánica, libre de hormonas, pesticidas, antidepresivos y sustancias de control mental. Lo sabes, y sabes que no eres el único en saberlo. Levantas la mirada. Nadie te está mirando (sin embargo sabes que no es cierto, que siempre hay alguien o algo espiándote. Esa planta, no es tal, seguro es una cámara disfrazada). Con cuidado miras en tu teléfono celular las últimas noticias del grupo social al que perteneces. Cráneos deformados (evidentemente extraterrestres), ciudades hundidas frente a la costa de Micenos (vestigios de una Atlántida negada por todos), una foto de un agente de seguridad del presidente Obama que muestra (C-L-A-R-A-M-E-N-T-E) su naturaleza reptiliana. Están entre nosotros. Tal vez incluso entre las personas en quienes más confiamos. ¡Cuidado! Tal vez tus propios padres te han engañado todo este tiempo. Escribes un comentario rápido. “Esas líneas en el cielo son residuos de sustancias químicas que el gobierno esparce en el aire para asegurar que la sociedad civil esté domesticada, para inhibir sus aspiraciones. Chemtrails! Chemitrails!”. Rápido cierras tu teléfono. Respiras agitadamente. Intuyes que tus comentarios son monitoreados por tu jefe, por tu vecino de cubículo, por el gobierno mundial. Snowden tenía razón. No puedes saber demasiado. No es seguro. Te revuelves nervioso en tu silla. Das vueltas, una tras otra tras otra. Veinticinco exactamente. Te detienes. Te levantas. Tiempo de aire fresco. Corres las cortinas. Falsas expectativas, afuera hay un muro de concreto. Siempre ha estado ahí, pero tratas de ignorarlo. Encaminas tus pasos a la azotea del edificio. Cuatrocientos cincuenta escalones. Abres la puerta de emergencia. Inhalas. Aire contaminado, que esperabas. Vivir en una megalópolis o incluso en cualquiera de los suburbios conurbados no es lo mismo que hace 30 años. A tus pulmones ingresan aerosoles metálicos, partículas de carbono, óxidos de nitrógeno y azufre. Toses, sigues tosiendo. Cierras la puerta con estruendo. No hay ningún lugar seguro. Regresas a tu silla. Hora de comer. Dos rebanadas de pan de centeno oscuro, una hoja de lechuga, dos rebanadas de pavo blanco cocido exactamente durante 30 minutos. No aderezo, no condimentos, no sal. Solo el sabor natural de las cosas. ¡Ojala y dejaran de inventar tantas cosas sintéticas, tóxicas, que solo nos vuelven autómatas al servicio del mercado. ¡Compra! ¡Vende! ¡Come! ¡Toma! Te bajas el bocado con agua, agua, agua. ¿Es agua pura, es agua con algo? Ya no lo sabes. La escupes. Hoy estás especialmente sensible a todo. ¡Maldita ciencia! Ni siquiera te deja comer o beber a gusto. Siempre metida en donde no le importa. La alarma de tu teléfono inteligente te recuerda tu medicamento homeopático. Exactamente tres gotas del frasco gotero disueltas en 200 mililitros de agua (esa misma agua que escupiste hace un momento). Una dilución de una dilución de una dilución. Pero debe de ser muy efectiva, pagaste 500 pesos por apenas un frasco de los más pequeños. Te sientes reconfortado por las vibraciones de la memoria molecular del agua que alguna vez estuvo en contacto con un principio activo rescatado de la tradición milenaria de una tribu amazónica que ya no existe más. Y si existe, seguramente que sus miembros visten jeans, escuchan hip-hop y tienen tatuajes por todas partes. ¡Maldito progreso! ¡Maldita tecnología que no nos deja libres! Nuevamente la alarma. Te recuerda que hoy en la tarde tienes que participar en una marcha para prohibir el uso de plásticos en los supermercados. ¿O era para protestar contra el cambio climático? ¿O contra los alimentos transgénicos? ¿O contra los nanorobots? No importa, lo que importa es no ser indiferente. Tú estarás allá y eso curará tu conciencia personal. Levantas tus cosas, las guardas en tu mochila de cuero sintético (¿molestar un animal por su piel? Jamás). Amarras las agujetas de tus tenis de moda y te despides con un rápido “Hastamañana” y sales al estacionamiento. Tu vehículo (híbrido, por supuesto) está ahí. Te subes. La batería está al 10%. Olvidaste recargarlo esa mañana. Apenas y es suficiente para llegar a la próxima estación de servicio; piensas que ahí lo dejarás y caminarás hasta el sitio de reunión para la protesta. Luego recogerás tu auto. No importa. Mejor que te vean caminando. Uno no es lo que es sino lo que aparenta. Hipster, rockero, pandillero, policía, Mara salvatrucha. Que importa. Somos pasajeros de la misma arca espacial, destinada al parecer a encallar y perder no solo su carga, sino su destino y razón de ser. Gritas. Protestas. Avientas una piedra a un policía con macana y equipo anti-motines. Cerdos. Sirvientes del imperio. Esclavos del gobierno mundial. Tú no eres así, tu no tú no. Te acuerdas de que la próxima semana llegará a la tienda el nuevo celular que has estado esperando. Sonríes para ti.
Si tan solo este mundo no tuviera ciencia. Tan felices que seríamos.
(*) El Dr. Miguel Angel Méndez Rojas es profesor e investigador de la Universidad de las Américas Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel II) y entusiasta divulgador de la ciencia desde 1995. Premio Estatal de Ciencia y Tecnología 2013 en Divulgación Científica. Autor de “Ciencia sin complicaciones” (UDLAP-EDAF, 2015), libro de divulgación de ciencia para todo público. miguela.mendez@udlap.mx

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