La ciencia como calamidad

Por Miguel Angel Méndez Rojas

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El título de la entrega de esta semana es reflejo del de uno de los libros del destacado fisiólogo y científico Marcelino Cereijido, en donde elabora un interesante ensayo sobre el analfabetismo científico y sus efectos (“La ciencia como calamidad”, Marcelino Cereijido, Gedisa Editorial, Mayo 2012).  No porque necesite más publicidad, sino con el deseo de compartir públicamente mis impresiones del texto, es que analizo algunos aspectos del mismo en esta ocasión.  Marcelino Cereijido (“Piricho”, para los amigos), reflexiona cotidianamente en distintos espacios periodísticos y públicos sobre un tema que lo apasiona: el analfabetismo científico y las razones (o sin razones) culturales que aquejan a países como el nuestro, las cuáles evitan el desarrollo de la ciencia propia. Marcelino nació en Buenos Aires en 1933 (pero se naturalizó mexicano en 1993) y obtuvo su doctorado en Fisiología en la Universidad de Buenos Aires en 1962, bajo la tutela del premio Nobel Bernardo Houssay. En 1976 fue aprehendido durante la dictadura del teniente general Juan Carlos Onganía tras el episodio de intervención militar a la Universidad de Buenos Aires conocido como La noche de los bastones largos y tuvo que exiliarse en México, en donde reside desde entonces. Desde entonces mantiene una visión única sobre el papel que debe jugar la ciencia y la tecnología en el desarrollo cultural, económico, social y político de un país, visión que expresa en un lenguaje franco, honesto e irritante (para quienes el mensaje está dirigido), visión que se ha compartido en más de 11 libros publicados y cientos de artículos de divulgación en medios impresos diversos.

http://es.wikipedia.org/wiki/Marcelino_Cereijido

 

En su columna en el periódico LA CRONICA DE HOY, ha compartido recientemente (7 de enero de 2015 y 12 de Enero de 2015), sendas reflexiones sobre la incapacidad que tenemos para resolver algunos problemas fundamentales que enfrentamos como nación, aun a pesar de contar con abundantes recursos (todavía) como el petróleo. En ese sentido, nuestra riqueza energética parece haberse constituido en una maldición, ya que derivado de nuestra incomprensión científica de lo que podríamos hacer para explotarlo de manera más eficiente y racional, así como para transformarlo en una fuente de riqueza e igualdad social, lo hemos convertido en una manzana de la discordia que beneficia de manera directa a muy pocos, aunque representa un “símbolo del nacionalismo” que, al menos en la letra de las leyes, nos pertenece a todos, pero a ninguno a la vez. En ese sentido, México ve en el petróleo un problema porque carece de la ciencia y la tecnología necesarias para aprovecharlo, y recurre a importar de países del Primer Mundo la tecnología y la ciencia necesarios para resolver sus problemas. Y aunque pareciera evidente la situación y su solución, nuestra cultura no nos permite verlo así. Muy por el contrario, tratamos de justificar los recortes en ciencia y tecnología bajo el argumento de que “estamos pasando una crisis. Cuando la resolvamos, volveremos a apoyarlas”, que resulta no solo absurda sino paradójica. ¡Es la ciencia moderna el instrumento que por antonomasia debe emplearse para la solución de problemas”. En países desarrollados como Japón (anotó Cereijido en su columna del 7 de Enero), ante los problemas y crisis, sus gobiernos incrementan el apoyo a ciencia y tecnología como una reacción natural para resolverlos de la manera más pronta y eficiente. Mientras los rusos desarrollaban con rapidez un programa espacial a mediados del siglo pasado, el pueblo norteamericano no se quedó cruzado de brazos mirando cómo le ganaban la carrera espacial, sino que a pesar de numerosas situaciones complejas (sociales, económicas y políticas) por las que estaba pasando impulsó un programa de desarrollo científico y tecnológico que le permitieron no solo competir, sino incluso mandar por primera vez una misión tripulada a la Luna, descender en ella y regresar sanos y salvos. Los productos científicos y tecnológicos derivados de dicha competencia de talentos no solo sirvieron para ese propósito, sino que impactaron de manera formidable a la sociedad en forma de numerosas aplicaciones comerciales diversas, que hoy son de uso cotidiano.

http://archivo.e-consulta.com/blogs/quidnovi/?p=2527

Nuestros gobernantes piensan que la ciencia (y la tecnología) son actividades humanas que deben esperar “un mejor momento” para ser apoyadas de forma plena. Entre las razones de esto pueden enumerarse muchas, tales como el hecho de que socialmente es más pertinente entregar apoyos a las zonas del país que se encuentran menos desarrolladas y en situación de pobreza extrema, por ejemplo, o a que estamos viviendo en medio de una crisis energética (o alimentaria o climática o de salud pública), que debe ser atendida de manera prioritaria, antes de desviar los recursos y los reflectores a ese “entretenimiento académico” de los científicos. Los actores de la ciencia son así percibidos por la clase gobernante como una especie de gente exigente con títulos rimbombantes y carentes de una conciencia social. Egoístas y superfluos, dirían otros. Sin embargo, de acuerdo a la opinión de Marcelino, la ciencia (y la tecnología que de ella se deriva) es una característica de nuestra especie, fundamental para nuestra supervivencia y adaptación. Sin la ciencia moderna y los productos derivados de ella y obtenidos en los últimos 150 años, el 80% de la humanidad (incluyendo a todos aquellos que claman por una vida “más sana y libre de ciencia perjudicial, contaminante y engañosa”) moriría en pocos días. Por momentos pareciera que el pensamiento mágico y místico de unos cuántos, sumado a la ignorancia científica de las mayorías, combinado con la susceptibilidad a creer en cualquier cosa con tal de sentir la pertenencia a un grupo (religioso, político, social, nacionalista), nos ponen en el riesgo de un oscurantismo moderno en donde, sin renunciar de manera obvia a los beneficios que nos ha regalado la ciencia y la tecnología, la atacamos, la criticamos y tratamos de evitar su desarrollo con pretextos diversos y absurdos.

http://www.gedisa.com/gacetilla.aspx?cod=416225

En nuestra realidad local, regional y nacional, las disminuciones a los presupuestos de ciencia y tecnología y la simulación de que esto no es cierto (aunque sí lo es), aunado a la designación de burócratas sin idea de lo que significa en realidad la ciencia y la tecnología para administrarla, normarla y decidir que puede o no hacerse, nos están llevando a una situación de verdadera crisis. Una crisis que nos puede costar mucho, mucho más, de lo que sería necesario para evitarla. Al tiempo.

 

(*) El Dr. Miguel Angel Méndez Rojas es profesor e investigador de la Universidad de las Américas Puebla. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (Nivel II) y entusiasta divulgador de la ciencia desde 1995. Premio Estatal de Ciencia y Tecnología 2013 en Divulgación Científica. miguela.mendez@udlap.mx

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