El origen de las relaciones sexuales

Fis. Alfredo Osorio S.

”Ella era la secretaria del encargado. Se llamaba Carmen… aunque a pesar del nombre español era rubia y llevaba siempre vestidos ajustados con escote, zapatos de tacón, medias de nylon y liguero, y su boca estaba emporrotada de lápiz de labios, pero, ay, podía vibrar, podía menearse, se cimbreaba mientras llevaba los albaranes a facturar, se cimbreaba de vuelta a la oficina, con todos los muchachos pendientes de cada movimiento, cada sacudida de sus nalgas; meciéndose, balanceándose, bamboleándose. No soy un hombre de damas. Nunca lo he sido. Para ser un hombre de damas te lo tienes que hacer con una conversación cortés. Nunca he sido muy bueno conversando así, pero, finalmente, con Carmen presionándome, la llevé a uno de los camiones que estábamos descargando en la parte trasera del almacén y allí me la tiré, de pie en el fondo de la caja del camión. Fue algo bueno, algo cálido, pensé en el cielo azul y en anchas playas vacías, aunque también fue un poco triste; había una ausencia definitiva de sentimiento humano que yo no podía comprender ni superar. Tenía su vestido subido por encima de de las caderas y allí estaba yo, bombeándole mi polla en la vagina, abrazándola, presionando finalmente mi boca contra la suya, espesa de carmín, y corriéndome entre dos cajas de cartón sin abrir, con el aire lleno de cenizas y su espalda apoyada contra la pared mugrienta y astillada del camión en medio de la misericordiosa oscuridad.”

Charles Bukowski, Peleando a la contra

Sea de la manera tan delicada como la escribió Flaubert en Madame Bovary al narrar la infidelidad de Ema, sea como la describió Bukowski en el pasaje anterior, la relación sexual tiene una historia de, al menos, 375 millones de años. De acuerdo a un artículo de John A. Long, publicado en Scientific American en su versión en español de marzo de 2011, existen pruebas irrefutables de que durante el Devónico Tardío, es decir, hace, más o menos, 375 millones de años, en lo que es el actual noroeste australiano, vivían allí unos peces conocidos como Placodermos, y, con la característica extraordinaria de que nacían como producto de la copulación.

Los placodermos fueron los primeros vertebrados que copulaban. Ellos no nacían a partir de la “técnica” de poner huevos en el agua para su posterior fecundación. No, ellos nacían como resultado de que los machos poseían unos “abrochadores”, unos apéndices carnosos de la cintura pélvica que insertaban en la hembra para transferir esperma. Alguna variedad de placodermos llamados Materpiscis contenían embriones, prueba irrefutable de que parían crías en lugar de poner huevos como sus predecesores.  Estamos ante el nacimiento de la copulación.

Quizá la prueba toral de la existencia de la copulación consista en el descubrimiento hecho por el investigador Long de un cordón umbilical fosilizado. Este cordón perteneció a un embrión dentro de un pez Materpiscis; aquí se tiene la prueba de las primeras experiencias copuladoras, experiencias que han desembocado en la increíble cifra, en la actualidad, de más de 100 millones de coitos diarios que realizamos los seres humanos. Copulamos, copulamos, copulamos…, no interesa que ya seamos, de acuerdo con el contador mundial (http://countrymeters.info/es/World) de población, cerca de 7600 millones de humanos. Esta cantidad, imparable, quizá la intuyó Jorge Luís Borges: «Recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres» en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius.

A pesar de la demoledora frase de Borges, lo invito a que se una a los más de 200 millones de humanos que están realizando, mientras usted lee esta columna, la maravillosa experiencia de la cópula.

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