¿Quién salvó al mundo (de una guerra atómica)?

Luis Osorio Olvera y Clara Andrade.

<<No sé con qué armas se luchará en la tercera Guerra Mundial, pero sí sé con cuáles lo harán en la cuarta Guerra Mundial: palos y mazos>>

Albert Einstein

“El hombre que salvó al mundo” es el título de un video que circula en Youtube donde se relata los incidentes de lo que en su momento fue conocido como “El incidente del equinoccio de otoño” ya que ocurrió el día 26 de septiembre de 1983, cuatro días después cuando justamente el sol salió exactamente por el este y se ocultó exactamente por el oeste. En alguna colaboración posterior abundaremos sobre el concepto de equinoccio. Por el momento le relataremos las consecuencias que se evitaron cuando, en plena “Guerra Fría”, el Teniente Coronel de la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) Stanislav Petrov evitó iniciar  una tercera guerra mundial. Stanislav Petrov estaba a cargo del bunker Serpukhov-15, el centro de mando de la inteligencia militar soviética desde donde se coordinaba la defensa aeroespacial rusa; su misión era verificar y alertar de cualquier ataque a sus superiores, con lo que se iniciaría el proceso para contraatacar con armamento nuclear a los norteamericanos. Quizá valga la pena, en reconocimiento a Petrov, decir que en su momento fue drásticamente sancionado por sus superiores al no avisar que la URSS estaba siendo atacada desde una base en Montana (USA) con cinco misiles nucleares, el tiempo de reacción, para defender la URSS, era de pocos minutos. Por “defender” a su país debemos entender la represalia con una cantidad desconocida de cohetes de alcance continental, que habrían tenido como objetivo las principales ciudades de USA. Sin embargo, el “sentido común” del coronel Petrov le indicó no alarmar a los altos mandos militares de su país. El pensó, con acierto, que quizá se trataba de una falla de las computadoras del sistema de defensa soviético, que indicaban un ataque norteamericano; efectivamente, un error tecnológico estaba a punto de desatar una conflagración literalmente infernal. He aquí la causa de la drástica sanción al coronel Petrov, aunque después la comunidad internacional le recompensó dicha “omisión” al darle el premio “Ciudadano del Mundo”, Petrov, hoy en día, vive retirado en Rusia. ¿De qué nos salvó Petrov? Veamos.

Si Petrov hubiese activado las defensas de la URSS, los daños iniciales a dicha nación y a USA (después a todo el mundo) habrían significado acabar con la mayoría de los seres humanos, así como las demás especies. Los fundamentos de tan apocalíptica afirmación son los siguientes: una demostración del poderío soviético se dio el 30 de octubre de 1961 cuando detonaron un artefacto nuclear a 4 kilómetros sobre la superficie de la isla de Nueva Zembla, un archipiélago ruso situado en el Océano Ártico; la potencia nominal inicial fue de 100 megatones (que después fue reducida intencionalmente a 58 megatones) siendo el arma más poderosa que haya construido la humanidad, esta bomba fue conocida como la “bomba del zar”. Para propósitos comparativos, las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron de “sólo” 13 kilotones, es decir, casi 4461 veces menos potente que la “bomba del zar”. Quizá nos diga muy poco decir que un kilotón es del orden de mil toneladas de dinamita, o que un megatón es del orden de un millón de toneladas de dinamita, palpablemente no tenemos idea de lo que significan estos datos; sin embargo, vale la pena recordar el caso de “Litle Boy” y “Fat Man”  las bombas que Harry S. Truman, ordenó lanzar sobre Hiroshima y Nagasaki, por su potencia, serían piezas de museo comparadas con el potencial de destrucción que ambas naciones tenían en 1983. Para hacer la comparación sobre el potencial destructivo del armamento nuclear, recordemos lo que relató Bob Caron, artillero del “Enola Gay”, avión que transportó a “Litle Boy” la bomba que destruyó Hiroshima el 6 de agosto de 1945 (la segunda bomba –“Fat Man”- se lanzó sobre Nagasaki, tres días después):

«Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro muestra un terrible color rojo. Todo es pura turbulencia. Es una masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… catorce, quince… es imposible. Son demasiados para poder contarlos. Aquí llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene hacia aquí. Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se extiende. Puede que tenga mil quinientos o quizá tres mil metros de anchura y unos ochocientos de altura. Crece más y más. Está casi a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a una densa niebla atravesada con un lanzallamas. La ciudad debe estar abajo de todo eso. Las llamas y el humo se están hinchando y se arremolinan alrededor de las estribaciones. Las colinas están desapareciendo bajo el humo. Todo cuanto veo ahora de la ciudad es el muelle principal y lo que parece ser un campo de aviación».


Para complementar la descripción del artillero del “Enola Gay” Bob Caron leamos la narración de  una “hibakusha” que es el término japonés para denominar a los sobrevivientes de los  bombazos sobre Japón (termino despectivo, que da lugar a un extraño fenómeno de sicología colectiva en ese país):

«No tenía idea de cuánto tiempo estuve inconsciente, pero cuando volví en mí, la mañana soleada y brillante se había convertido en noche. Takiko, que estaba junto a mí, simplemente había desaparecido de mi vista. No podía ver a ninguno de mis amigos o a ningún compañero. Quizás había volado con la explosión.

Me levanté sorprendida. Todo lo que quedaba de mi chaqueta era la parte superior alrededor de mi pecho. Y mis pantalones abombados habían desaparecido dejándome solamente la pretina y unos trozos de tela. Lo único que me quedó encima fue mi ropa interior blanca y sucia.

Entonces me percaté de que mi cara, manos y piernas estaban quemadas, y estaban hinchadas, sin piel y en jirones. Sangraba y ciertas partes estaban amarillentas. Me invadió el terror y sentí que tenía que irme a casa. Enseguida, empecé a correr desaforadamente huyendo de la escena y olvidándome del calor y del dolor

En mi camino a casa, vi a mucha gente. Todos ellos casi desnudos y con aspecto de personajes de cine de horror, con piel y carnes horriblemente quemadas y ampuladas. Todo alrededor del puente Tsurumi estaba atestado de gente herida. Extendían los brazos al frente. Tenían el pelo erizado. Se quejaban y maldecían. Con el dolor en sus ojos y furiosa mirada en sus rostros, lloraban llamando a su madre para que les ayudara.

Me sentía insoportablemente caliente y me baje al río. Había muchísima gente en el agua, llorando y gritando por ayuda. El agua se llevaba incontables cadáveres – algunos flotando, otros hundiéndose. Algunos cuerpos iban seriamente dañados con los intestinos expuestos. Fue un espectáculo horroroso, y aún así, tuve que saltar al agua para librarme del calor que sentía en mí.»

Vale la pena recordar el acto extraordinario que hizo el coronel Petrov. Evitó que la humanidad se convirtiera en “hibakushas” del mundo. Ronald Reagan –a la sazón, presidente gringo-  no hubiese dudado en asesinar a media humanidad.

<<Las guerras seguirán mientras el color de la piel siga siendo más importante que el color de los ojos>>

Bob Marley

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