Dioses, diablos y leyendas sobre los pesos y medidas

Fis. Alfredo Osorio S.

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Existe una gama infinita de leyendas en prácticamente todas las culturas acerca de los pesos, medidas y el conteo, no obstante también han existido personas en todas las culturas y en todos los tiempos que se apartan de los dioses, diablos y leyendas. Es lugar común citar el caso de los egipcios en tiempos de los faraones: las inundaciones que ocurrían a orillas del río Nilo, provocaban que se borrasen los límites de los terrenos originando entre los propietarios infinidad de conflictos, teniendo la necesidad de aprender a medir áreas y perímetros para evitarlos. De esta manera se puede seguir relatando la forma en que el hombre se ha preocupado por el acto de medir, de cómo los nómadas del Sahara, donde la exacta apreciación de la distancia entre un pozo y otro es una cuestión de vida o muerte, y en el que su camino es medido en tiros de bastón, alcance de la voz, de la vista desde la grupa de un camello, por la marcha de un buey o un asno cargado, etc.

En su obra Antiguedades Judías, el historiador Flavio Josefo (Jerusalén 37-Roma 100 d.C.) nos platica que fue Caín quien inventó la práctica de medir, el acto de medición, transformando aquella inocente y noble naturalidad con que vivía la gente mientras las desconocía, en una vida plena de estafas. Esta leyenda de Flavio Josefo sirvió de justificante al pensamiento, que perduró por siglos, respecto a que contar y medir equivale a pecar. Que el recuento -particularmente de personas- es pecado, lo avala el conocido hecho de que la idea de hacer el censo de las gentes del Señor le fue sugerida a David por el mismísimo diablo. Citemos algunos ejemplos: a finales del siglo XIX, los aldeanos búlgaros se opusieron a la introducción de las “actas de nacimiento”, ya que según ellos provocaría una gran mortalidad infantil. «Es pecado grave –decían- controlar al Señor. Se les ocurrió saber cuantas criaturas nos da Dios, y miren: el Señor se las lleva de vuelta».También los checos, a finales del siglo XVIII, tenían la creencia de que los niños menores de 6 años dejaban de crecer, convirtiéndose en enanos llamados mierzyny (de miara: medida), tan sólo a consecuencia de haber medido el paño destinado a sus camisas o vestidos; en Macedonia, a finales del siglo XIX, los campesinos no comían lo que hubiera sido medido o contado (so pena de contraer bocio). «Lo que el Señor quiera dar, ira al granero, pero es osadía controlar la voluntad de la divina providencia».

Existe una leyenda griega que asegura que la veneración de que gozaba el sabio Fidón de Argos, se debía a que había sido el creador de las medidas. Los romanos no se quedaron atrás: para ellos, los fundamentos de la medición de tierras se lo debemos a la ninfa Vegoia, aparecida al etrusco Aruns Veltinnus. He aquí la procedencia divina del acto de medir.

Y como de leyenda se trata, el único caso en que el demonio es justo, es cuando se convierte en juez, incorruptible por supuesto, y juzga  a quien estafa con las medidas; en ciertas versiones de los pueblos de Polonia, el diablo aparece como un juez más justo que los jueces humanos: cuando sufría el tormento de los condenados, el conocido empresario metalúrgico de la cuenca Staropole, Jacobo Gibboni, manda al herrero Martín Mularczyk que se presente ante el nuevo patrón y le ruegue que «quite las pesas injustas por mí dejadas…y las reemplace por otras verdaderas, de quintal, que antes se usaban y que fueron cambiadas por mí. Porque, por esas pesas, en fuegos indescriptibles sufro severos tormentos y los sufriré hasta que no fueren reemplazadas». Otra versión acerca de ese diablo justo: hay una policromía del año 1699 en la iglesia de Spolonow, Polonia, que representa el rapto, hecho por el diablo, de una tabernera tramposa, y en dicha policromía hay una inscripción que dice: «Por no llenar las copas».

Olvidémonos del demonio y regresemos a nuestros dioses. En el Nuevo Testamento, leemos las siguientes sentencias de Cristo: «Decíales: prestad atención a lo que oís: con la medida que midiereis se os medirá y se os añadirá», o de manera aún más bella: «Dad y se os dará; una medida buena, colmadas, rebosante, será derramada en vuestro seno. La medida que con otros usareis, ésa se usará con vosotros». En el Corán, en la sura 83 (de los estafadores) nos advierte: en nombre de Alá, misericordioso y compasivo: «Desgracia a los que falsean peso y medida. A quienes cuando miden en contra de otros colman la medida, ¡Pero cuando miden para sí (es decir a su favor), la disminuyen! ¿Acaso no piensan que serán levantados de entre los muertos en el día poderoso (el juicio final), en el día en que los hombres responderán ante el Señor del mundo?

La masificación de los villorrios, pueblos y ciudades del mundo, a lo largo del tiempo, trajo consigo la necesidad del comercio y, por ende, la necesidad de medir con exactitud longitudes, masas y tiempos. No fue accidental que se tuvo que llegar a la Ilustración, una época que había elevado la razón al rango de «único déspota del Universo», para que los savants o sabios-como se les llamaba en aquellos tiempos a los que investigaban la naturaleza- empezaran a definir una unidad patrón que fuese respetada por todos. A los savants les desconcertaba la gran cantidad de pesos y medidas que había a su alrededor. Pues, en efecto, las medidas del siglo XVIII no sólo variaban de una nación a otra, sino también dentro de la misma nación. Por ejemplo, a una persona que viajara por Francia en vísperas de la Revolución, la infinidad de medidas le resultaba un tormento, ya que bajo la cobertura de unos ochocientos nombres, el Antiguo Régimen de Francia utilizaba la asombrosa cifra de unas doscientas cincuenta mil unidades diferentes de pesos y medidas. ¿Cómo remediar este problema se preguntaban los savants? Entre otros, dos de ellos se avocaron a enfrentar el desafío: Jean Baptiste-Joseph DeLambre, y  Pierre-Francois-Andrè Méchain, quienes durante siete años (de 1792 a 1798) y cien mil peripecias, lograron establecer una nueva unidad de medida («el metro»), equivalente a la diezmillonésima parte de la distancia entre el Polo Norte y el Ecuador. El metro iba a ser eterno por que iba a ser tomado de la Tierra, que también era eterna. Sin embargo, de acuerdo a las actuales mediciones por satélite, la longitud del meridiano desde el Polo al ecuador es igual a 10, 002,290 metros, es decir, que el metro que calcularon Delambre y Méchain se quedó unos 0,2 milímetros más corto, más o menos el grosor de dos páginas de libro; ya sabemos las consecuencias que este error tiene para la tecnología moderna.

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En 1960, en Paris, se realizó la reunión sobre pesos y medidas para definir las unidades del sistema métrico decimal, y ahí se sustituyó la barra de platino e iridio, legado de Delambre y Méchain -que era el metro patrón- por la siguiente definición que abordaré en alguna otra columna y que a la letra dice: «un metro es 1, 650,763.73 longitudes de onda de la luz anaranjada rojiza emitida por el isótopo del criptón 86». Más exactamente, en 1983, el metro volvió a redefinirse como «la longitud recorrida por la luz en el vacío en un intervalo de tiempo de 1/299, 792,458 segundos». Como vemos el camino a sido largo. Fantástico ¿o no?

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