Héctor Azar, un recuerdo

Sergio M. Andrade Covarrubias

A Rodolfo Ruiz, en solidaridad

 

Nacido en la misma fecha, 17 de octubre, que otro dramaturgo notable, el norteamericano Arthur Miller, aunque quince años después, Héctor Azar, oriundo de la ciudad de Atlixco, Puebla, poseyó un inusual sentido para entender la trascendencia del quehacer teatral. A este dedicó prácticamente su vida entera, transitando por diversas dependencias culturales de nuestro país, involucrándose en las distintas esferas que dan vida al arte de Talía y Melpómene, donde acució a los jóvenes que se acercaban a abrevar en las lides escénicas, creando así una dinastía de actores, libretistas, productores, escenógrafos y demás profesionales de la escena teatral que fueron figuras preponderantes en gran parte de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

Formado como abogado en la Facultad de Leyes de la UNAM y como Maestro en Letras Españolas y Francesas en la misma universidad, Azar llegó a dominar y controlar al mismo tiempo las principales instancias dedicadas al teatro en nuestro país: el Teatro Universitario y la Dirección de Teatro del INBA, acarreando por consiguiente la contrariedad y posterior rebeldía de aquellos que se sentían desplazados por la figura tiránica del dramaturgo poblano, provocando su salida de ambas instancias y dando como resultado el alejamiento en forma definitiva de la conducción de cualquier ente cultural hasta la llegada de Manuel Bartlett a la gubernatura de su estado natal. Entonces, rompiendo con su promesa hecha veinte años antes de nunca más aceptar un cargo público, se abocó a la tarea de reconducir los destinos del quehacer cultural de esta parte del país que fue la primera en contar con una secretaría dedicada específicamente a tal fin.

Fueron seis años bastantes difíciles de transitar, en tanto el carácter y poca disposición del titular para aceptar sugerencias o ideas de otros, tornaron la administración cultural en un espacio poco coordinado en su conducción y, por ende, en un aparato manejado de forma personal (o, por mejor decir, personalista) por quien se sentía muy por encima de las capacidades de sus colaboradores. Aún así, contra viento y marea, criticado por tirios y troyanos, pero sobre todo por el apoyo recibido desde las más altas instancias políticas, se lograron alcanzar cotas de la difusión cultural no realizadas por sus antecesores, aun si bien éstos habían dejado las bases necesarias para tal desarrollo. Porque aunque el maestro Azar tuviera una visión desplegada hasta lo más alto, no hubiera sido suficiente sin la actividad y estructura desplegadas por el profesor Palou y el doctor Castro, antiguos secretarios del ramo, donde se notó su poca generosidad para reconocer el trabajo de otros.

Paradójicamente, dada su hegemonía en la toma de decisiones, quizás su logro primordial fue la organización de la secretaría en sus diferentes funciones, lo que permitiría un mejor control y ubicación de las diferentes ramas en que se componía entonces la administración de la dependencia. A partir de ahí, y debido a la virulenta actividad de su titular, la suma final de sus tareas nos hablan de una patente realidad no exenta de fallas pero concretada en el rescate de espacios hasta entonces olvidados o abandonados, la puesta en marcha de acciones encaminadas a reconocer la importancia de las costumbres y festividades de los municipios poblanos, la organización de eventos conmemorativos de fechas importantes para la historia cultural del estado y del país mismo y, en fin, de festivales de raigambre popular (en los actos artísticos y en la profusión de públicos) poco aclamados en su momento.

Es muy difícil valorar los esfuerzos de quien en un afán por trascender se ufana de ser el único con la capacidad de alcanzar los reconocimientos a una vida llena de logros, ya de orden material o espiritual, sin contar con la ayuda de los demás; en esas circunstancias es igualmente difícil ponderar la herencia dejada por esos esfuerzos. Así, quizás por eso, Héctor Azar, fallecido un 11 de mayo del año 2000, pocos meses antes de cumplir los setenta de vida, y un año después de haber terminado su labor administrativa al frente de la secretaría de Cultura de Puebla, no fue reconocido en su momento, ni lo ha sido a lo largo de estos años, en una muestra más, ya no de la incomprensión, sino de la falta de decencia necesaria para poner en la balanza las fallas y méritos de un hombre como ese notable atlixquense que le puso sabor al caldo a sus eternas disputas.

 

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