Una fecha, dos historias

 Sergio M. Andrade Covarrubias

Los muchos  relatos históricos sobre el movimiento de la independencia de México han dado como resultado, paradójicamente, un parcial conocimiento de tal hecho o, lo que es peor, una visión distorsionada de tan importante acontecimiento. Así resulta que la pretendida acción inicial de Hidalgo y sus proclamas en contra de las autoridades españolas no son más que discursos inventados por los historiadores decimonónicos dedicados a exaltar un pasado glorioso de los ancestros indígenas, pasando de lado por todo el legado virreinal, hasta llegar a la encendida proclama del pueblo de Dolores. Igualmente, se pretende distorsionar el tipo de relaciones y conflictos suscitados entre los mismos protagonistas del bando libertario, sin caer en la cuenta que eran momentos de decisiones rápidas y eficaces. Al mismo tiempo, se olvida, o se hace menos, tanto a los concurrentes como al resultado final del  movimiento revolucionario comenzado por Allende e Hidalgo y se ensalzan hechos deleznables como la matanza de la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato.

Este último acontecimiento, sucedido el 28 de septiembre de 1810, suma de las veleidades propias de los liderazgos mesiánicos, tuvo como principal actor a un hombre al que llamaban “El Pípila”, según esto un minero que cargó con una losa o laja sobre sus hombros con el fin de llegar a las puertas de la Alhóndiga y prenderle fuego, permitiendo así la entrada de las tropas desarrapadas de Hidalgo con el fin de exterminar a la pequeña guarnición española, junto con las familias que ahí se habían congregado para protegerse.  Lo notable del caso es que tal protagonista es negado en su existencia por numerosos investigadores de nuestra historia, al tiempo que quienes creen que en realidad existió le endilgan una diferente personalidad: mientras que unos le aplican el nombre de José María Barajas, para otros es Juan José Martínez, sin que ni unos y otros tengan la más mínima certeza en sus asertos.

En contraposición, exactamente once años después, sin mayor derramamiento de sangre, y con la firme convicción de poner fin a un estado de postración económica, social y política de la sociedad novohispana, se logra firmar el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, emanado a su vez de otros dos documentos fundamentales, el Plan de Iguala  expedido el 24 de febrero del mismo año y los Tratados de Córdova del 28 de agosto subsiguiente. Los tres retrataban la necesidad de compaginar los intereses y privilegios de los principales estamentos de la sociedad criolla de la Nueva España, por entonces ya los más numerosos dentro de las elites dominantes y que en última instancia trataban de unir al sable y la mitra, según la acertada expresión de la doctora Cristina Gómez Álvarez, con las prerrogativas de los comerciantes, hacendados y funcionarios de la administración pública, hasta entonces relegados por las clases dominantes de origen español.

 Personaje de primera línea en la génesis, difusión y posterior proclamación de estos tres documentos lo fue el obispo de Puebla de ese entonces, don Antonio Joaquín Pérez Martínez, sagaz político que en primera instancia defendió al imperio español contra la revuelta insurgente, para posteriormente aprovechar las circunstancias políticas acaecidas allende los mares para hacerse de un lugar junto al también astuto Agustín de Iturbide y así, juntos, llevar a buen puerto los esfuerzos independentistas, protegidos sus interese  por su legitimidad como promotores del nuevo orden. No hay que olvidar que en su entrada a Puebla a comienzos del mes de agosto de 1821, Iturbide fue alojado en las estancias del Palacio del Obispado, hogar y sede del poder eclesiástico poblano y uno de los tres lugares, junto con las Casas Consistoriales (hoy Palacio del Ayuntamiento) y el edificio Carolino en los cuales el futuro emperador invitó a los poblanos a jurar su adhesión al Plan de Iguala y, por ende, a la independencia de México. Y tampoco se debería olvidar que, en el Acta de Independencia, el segundo personaje en importancia que aparece después de Iturbide lo es, precisamente, el obispo poblano.

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