Mujeres insurgentes prisioneras en Puebla

Poca presencia femenina se halla dentro del inmenso panteón de los héroes nacionales mexicanos; nuestra memoria apenas alcanza a divisar su actuar en unas cuantas acciones épicas, y eso casi siempre como comparsas o acompañantes de los inmaculados protagonistas masculinos de la epopeya nacional. Contados son los episodios donde las mujeres aparecen como principales protagonistas y prácticamente ninguno donde se alce como la que encabece el derrotero histórico de aquellos que han conformado la conciencia de nuestro país, en acontecimientos puntales tales como la independencia, la reforma y la revolución, que aparecen como los hechos fundadores de nuestra nacionalidad, según la historia oficial tan cara a los gobiernos de cualquier signo y que ocupan las mayores páginas de los estudiosos. No obstante, en tanto hechos históricos, se tiene la obligación de revisarlos continuamente, de enriquecerlos con nuevos datos, de rescatar memoriales perdidos, como en el caso que hoy nos ocupa relativo a la insurrección independentista de 1810 y cuyo interés brotó de la lectura del clásico  de la doctora Josefina Muriel Los recogimientos de mujeres, donde la autora rescata noticias acerca de la existencia de varias cárceles privadas en la ciudad de Puebla, además del Recogimiento de Santa María Egipciaca, lugar este en donde fueron aprisionadas ciertas damas partidarias (o familiares de partidarios) del movimiento encabezado por Miguel Hidalgo.

Se sabía por Hugo Leicht de la existencia de cierto número de encierros privados en nuestra ciudad ubicados a poca distancia unos de otros. Del lado sur se hallaban tres, una sobre la calle de Infantes o de Aduana (hoy Avenida 3 Oriente) conocida como “del Curioso”; otra, cerca de ahí, sobre la Calle de la Acequia (actual 4 Sur, entre 7 y 11 Oriente) y, finalmente, no muy lejos, otra sobre la calle del Camarín de la Soledad (en nuestros días Calle 13 Oriente). Del lado norte se ubicaban otras dos; la primera en la calle de la Cerca de Santa Teresa o del Horno de Vidrio y la segunda en la calle del Costado de Santa Rosa, ambas muy cercanas, ocupando sendos locales en la actuales Avenidas 10 Oriente y 12 Poniente. Otra más, de la que no se conoce su ubicación, fue la intitulada “Casa de la Mazarrana”, prisión ciertamente semicladestina. Aunque de corta existencia, todas estas fueron establecidas en la segunda mitad del siglo XVIII, y sirvieron como lugares para “reformar” las vidas de mujeres que atentaban contra las “buenas costumbres” establecidas por los poderes civil y religiosos de la Nueva España.

A las descritas hay que sumar la mencionada casa de Recogimiento de Santa María Egipciaca, fundado por el ilustre obispo Manuel Fernández de Santa Cruz cerca del convento de Santa Mónica (en nuestros días sede de la escuela Gustavo P. Mahr, parte del Grupo Escolar inaugurado en 1908), adonde llegaron presas aquellas que trabajaban “en el Movimiento de Independencia como espías, informadoras de los insurgentes, proveedoras de vituallas para sus ejércitos y combatientes en las filas de los rebeldes”. Aunque, de forma más realista, se puede afirmar que la lucha de las mujeres fue de un valor igual al de los hombres, incluso haciendo labores que iban más allá de lo estrictamente militar. Dice Barry M. Robinson: “Las esposas y niñas de muchos hombres rebeldes acompañaron a los ejércitos de Hidalgo y de los otros jefes insurgentes;…otras lucharon, espiaron, persuadieron, transportaron, comunicaron, pasaron armas de contrabando o participaron en la rebelión de otras maneras directas”.

La doctora Muriel afirma que varios documentos dan cuenta de las condenadas a prisión en Santa María Egipciaca, rescatando el nombre de algunas de ellas. Por ejemplo, Josefa Huerta, a quien se siguió juicio por “querer inducir al teniente José Monroy, a desertar del ejército realista y pasarse a las filas insurgentes, donde militaba su esposo don Manuel Villalongín”. Condenada por el Consejo de Guerra reunido en la ciudad de Valladolid (hoy Morelia), se le conmutó su pena por encierro en la casa de recogimiento poblana. Su amiga, Josefa Navarrete, juzgada “como encubridora y favorecedora de los insurgentes”, corrió su misma suerte: ocho años de prisión. Así también María Josefa Martínez, viuda del insurgente Miguel Montiel, fue condenada a cadena perpetua por comandar vestida de hombre “una partida de doce rebeldes de más confianza que capitaneó su marido”.

Asimismo, Robinson cita a la esposa del cabecilla insurgente Vicente Vargas de nombre Mónica Salas, a quien encarcelaron junto con sus dos hijas y dos nietas, con el propósito de convencer al esposo rebelde de aceptar un indulto que le ofrecían. Logrado este propósito, las autoridades virreinales liberaron a las presas, aunque Vargas volvió a las andadas hasta que cayó preso y fue fusilado. Junto con él fueron atrapadas cinco mujeres que formaban parte de sus filas; entre ellas era su amante, Rafaela Morales, que fue recluida junto con las demás también en Santa María Egipciaca. Aquí Robinson distingue los casos de esposa y amante; mientras para la primera su castigo buscaba presionar la cooperación del caudillo, para la segunda representaba una condena dirigida directamente contra ella.

Aunque al final les fue concedido el indulto, las insurgentes sufrieron la pena que conllevaba la deshonra de haber estado atrapadas en una casa de recogimiento, lugar que estaba destinado más bien a resguardar a delincuentes, prostitutas o cualquiera otra que atentara contra la moral establecida por los poderes político y eclesiástico.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *