Un rincón olvidado en Puebla. El monumento a la Madre

Sergio M. Andrade Covarrubias

Ubicado en una pequeña media rotonda de la antigua Avenida Colonia Humboldt, hoy cruce de la avenida 16 Oriente y la calle 28 Norte, justo al comienzo de la colonia con el nombre del famoso pensador alemán en la ciudad de Puebla, el monumento a la Madre se alza enhiesto pero olvidado, aunque en su descargo hay que decir que por lo menos su ornato no ha desmerecido con el paso del tiempo y se le ha mantenido en buenas condiciones. Fue inaugurado un 13 de mayo de 1934 (aunque la inscripción reza “5 – 10 – 1934”, quizás por la influencia anglosajona que comienza sus cronologías por el mes y no por el día), con una sencilla ceremonia a la que asistieron muchos habitantes de la parte oriental de nuestra ciudad, en lo que según las crónicas era un “sitio eminente desde donde se contempla el paisaje de Puebla con la grandiosidad de los volcanes al fondo”. Fue develado el monumento por parte de una señora de 95 años y se llevaron a cabo números musicales por el “Cuarteto Rizo”, así como sendas alocuciones: la del ofrecimiento de la obra por parte de su patrocinador el Club de Exploradores “Ixpomalin” y un discurso del poeta Salvador Fidel Ibarra donde se refirió “a la universalidad del homenaje”, finalizando con la colocación de “hermosas y fragantes ofrendas florares la pie del monumento”.

La historia de la celebración del “día de la madre” en nuestro suelo es bastante conocida y no es mérito repetirla. Sólo habría que recordar que quien implantó tal conmemoración fue Rafael Alducin, fundador y director del diario “Excélsior” y nativo de la población de Chalchicomula en el estado de Puebla, quien, siguiendo las pautas marcadas por la inventora de este “día de fiesta”, la norteamericana  Ana Jarvis, lo estableció el día 10 de mayo de 1922 como una reacción conservadora a los intentos libertarios del incipiente movimiento feminista que se estaba gestando en México (sobre todo en Yucatán) y que propugnaba por romper los moldes tradicionales del papel de la mujer en la sociedad y la familia, así como de tomar decisiones sobre su cuerpo, según plantea el trabajo pionero de la investigadora Martha Acevedo titulado “El diez de mayo”. A partir de esa fecha se acumuló toda la propaganda posible para que el día dedicado a las madres se propalara hacia todos los rincones del país y sobre todas las clases sociales, apuntalada en el discurso de la iglesia católica, de las autoridades civiles y de instituciones como la Cruz Roja y, sobre todo, se impusiera como una fiesta obligatoria en los planteles educativos establecidos a lo largo y ancho del territorio nacional.

Este monumento fue el segundo en el país en ser levantado después del construido – casualmente – en la ciudad de Mérida, capital del estado de Yucatán. Elaborado en una sola pieza con piedra extraída de las canteras poblanas por los hermanos Ravelo, herederos del eminente escultor don Yucundo Ravelo, antiguo director de la Academia de Bellas Artes poblana, quien tenía establecido su taller en el número 1 de la Calle del Velódromo, hoy Avenida 13 Poniente 101, es una muestra del arte escultórico de esos tiempos enmarcado en las tendencias que dictaba el feroz nacionalismo emanado de las élites revolucionarias gobernantes, tendientes a crear y recrear una supuesta identidad nacional y para lo cual utilizaban cualquier medio disponible, sobre todo aquellos de corte artístico.

La figura de la mujer de evidentes rasgos mestizos cargando a un niño en sus brazos, recuerda a las antiguas “chichiguas”, aquellas indígenas encargadas de amamantar y criar a los hijos de los conquistadores y colonos españoles al cabo de la guerra de conquista y quienes a la larga dieron cauce a la creación y formación de nuestra nacionalidad al ser el primer contacto del recién nacido y quienes realmente educaron a los criollos en las artes del comer y del hablar, de los cantos y los juegos, así como del rezar y obedecer, según lo atestiguaron los primeros cronistas de la Nueva España y de los cuales la doctora Solange Alberro nos da una perspicaz visión. Elevada a más de dos metros de altura la efigie maternal sobre un pedestal con líneas Art Dèco, con la inscripción “A las madres. El Club de Exploradores Ixpomalin. 10 – 5 -1934” en su cara posterior (aunque hoy aparezca al frente), es de una elaboración sencilla  con fuerte expresión hierática que a decir de sus contemporáneos simbolizó perfectamente la trascendencia que contiene la maternidad, así como “el perfil heroico de la mujer indígena”.

Como una muestra del arte de las primeras décadas del siglo XX vale la pena conocerlo y aprovechar para darse una vuelta por la primera colonia moderna fundada en nuestra ciudad (data de 1913) y que todavía guarda ejemplos de una arquitectura funcional y de un estilo propio.

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