La evación de Porfirio Díaz, 20 de septiembre de 1865

Placa callejón del Carolino

La figura del héroe trasciende los tiempos y su culto es transmitido por diversos medios: la tradición oral, los manuscritos pictográficos, las fuentes escritas (mitos, epopeyas, historias y leyendas, discursos, sermones), monumentos y rituales, según nos dicen Federico Navarrete y Guilhem Olivier en la presentación del libro colectivo  El héroe. Entre el mito y la historia, caracterizando a éste como “un ser que va más allá de las fronteras asignadas al hombre común”, que muchas veces “realiza un viaje iniciático, sembrado de pruebas, al final del cual adquiere su naturaleza heroica”, teniendo la capacidad de romper con los “desplazamientos y fronteras verticales” que estructuran el cosmos, demostrando así su capacidad de dominar espacio y tiempo. En efecto, “las figuras de los héroes rompen el tiempo supuestamente lineal y homogéneo de la historia y abren la posibilidad de alimentar el presente con el pasado, y el pasado con el futuro”. Y aunque la “heroificación póstuma” es una de principales características en la constitución de las figuras heroicas, siempre cabe la posibilidad de crear controversia alrededor de ellas, y así  su destino final puede revestir diferentes caminos, tornando lo negativo de sus vidas en positivo y viceversa. De este modo alguien que fue un héroe en su momento puede pasar al olvido, mientras que otro puede permanecer activo en la memoria colectiva mediante diversas prácticas rituales y culturales, tales como las conmemoraciones y el culto a las reliquias y los lugares sagrados, estableciendo así “una continuidad material entre su pasado y nuestro presente”.

Portada Loreto

El caso de Porfirio Díaz es particular, precisamente por esa carga controversial que se ha gestado alrededor de su figura. Alabado en su momento como caudillo militar y gran estadista, la historia oficial del siglo XX lo condenó al olvido y la denostación, configurando mucho del pensamiento actual de algunos sectores intelectuales y políticos. Cierto que mucha de su buena fama se cimentó por los escritos de sus panegiristas y de él mismo por medio de sus Memorias, pero cierto también que su actuar a lo largo de acontecimientos torales de nuestra historia decimonónica está fuera de toda duda, aunque oscurecido por los propagandistas de su papel como uno de los villanos más ilustres que hayan nacido en nuestro país.

Dos de los hechos de su vida militar que poco se conocen fuera de Puebla se refieren a sendos escapes de edificios de nuestra ciudad, en donde había quedado prisionero. El primero verificado poco después de la derrota ante el ejército francés en mayo de 1863 y el segundo el día 20 de septiembre de 1865, evento que dio comienzo a su leyenda como una de las principales figuras liberales. De la primera evasión no hay mucho que decir, ya que fue poco espectacular; en cambio, la segunda se ha visto rodeada de una estela de aventura y sagacidad no vista en las historias de nuestros próceres, animada además por cronistas oficiosos como el coronel Antonio Carrión (“ese empollador de inexactitudes”, como lo llamó don Enrique Fernández Ledesma) y otros más.

Gimnasio Carolino

La saga comienza al caer la ciudad de Oaxaca en manos de fuerzas francesas el día 9 de febrero de 1865. Trasladado Díaz a la ciudad de Puebla, a donde llega el 1 de marzo, principia un periplo por diferentes lugares de confinamiento – primero el fuerte de Loreto, después el ex convento de santa Catalina y, finalmente, el Colegio Carolino, sede del Colegio del Estado -, durante el cual siempre tiene la consigna de escaparse. Esto lo logra hasta la noche del 20 de septiembre, dando lugar a una de las escenas más novelescas de nuestra historia. Lo que sigue es un resumen de la descripción aparecida en las Memorias de Díaz.

Preparada la fuga para el día 15, día de su cumpleaños, don Porfirio tuvo que suspenderla debido al movimiento de tropas que supondrían las fiestas por el aniversario del comienzo de la independencia; en tal razón la postergó hasta el día 20. Esa tarde organizó una distracción para los vigilantes y, habiéndose hecho de unas reatas, envolvió tres de estas en forma de esfera, dejando otra en su equipaje junto con una daga “perfectamente aguzada y afilada como única arma para defenderme de una agresión”. A continuación, después del toque de silencio, se desplazó al área de inodoros, desde donde aventó las tres reatas y con la otra logró lazar una canal a pesar de la oscuridad de la noche. “Después de tirar el lazo sin ver bien y sólo calculando el lugar en que estaba la canal, logré acertar la lazada, y haciendo algunos esfuerzos por cerciorarme de su resistencia subí por la cuerda a la azotea…”. Una vez recogidas las otras reatas da principio el escabroso pasaje en las alturas del Carolino. Sigue Díaz: “Mi marcha por la azotea para la esquina de San Roque, punto señalado para mi descenso, era muy peligrosa, porque en la azotea del templo… había un destacamento y un centinela que tenían por objeto cuidarnos por la azotea. La que yo recorría era sinuosa…”. Deslizándose y reptando caminó en diagonal, deteniéndose continuamente debido a que había muchos pedazos de vidrio que al pisarlos podrían alertar a los centinelas, además de la luminosidad que provocaban los relámpagos; al llegar a un muro pudo ponerse por fin de pie, aunque con muchas precauciones al estar inclinado el piso, además de resbaloso por las recientes lluvias, viéndose “en peligro de rodar al precipicio…”

Estatua san Vicente Ferrer

Más adelante era necesario pasar por la casa del capellán, un hombre poco confiable; sin embargo, pudo bajar a la azotehuela de dicha casa, donde casi es descubierto, para posteriormente volver a escalar del lado contrario al que había descendido y seguir su camino.  Al llegar a la esquina de san Roque “y una calle nueva que llaman de Alatriste y que corta el convento” se percató de la existencia de una estatua de san Vicente Ferrer, donde fijó su cuerda de escalar. “El santo oscilaba mucho al tocarlo; pero tendría probablemente alguna espiga de hierro que lo sostuviera, y para mayor seguridad no fijé la cuerda en él, sino en la piedra que le servía de pedestal y que era a la vez la angular del edificio”. Percatándose del peligro que significaba descender en esa zona, donde podía ser descubierto por algún transeúnte, prefirió bajar en un lote junto al colegio, “sin saber que al pie del edificio, donde yo debía descender, había unos cochinos encerrados en un cercado formado por vigas”, sufriendo en la bajada la pérdida de su daga que fue a caer sobre  los animales, los cuales “hicieron mucho ruido y se alarmaron todavía más cuando me vieron descender sobre ellos”. Una vez aquietada la piara subió la cerca del lote frontera a la calle, con tan mala suerte que al hacerlo pasaba en esos momentos un gendarme, obligándolo a esconderse; retirado aquél “descendí para la calle, pero tuve la desgracia de que se desprendiera sobre la banqueta una de las piedras del muro, la cual hizo mucho ruido que sin embargo no llamó la atención del gendarme… Seguí violentamente mi marcha para la casa donde tenía mis caballos, mi criado y un guía, y pude llegar a ella sin dificultad”. Así, se escribió un episodio que, como dice el amigo Ricardo Menéndez, “cambió el rumbo de nuestra historia” y que quedó plasmado en una placa en el callejón del Carolino ó calle 6 Sur 100.

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