En el CDLXXXIX aniversario de la Ciudad de los Ángeles

Angelino, angelopolitano o poblano, los nacidos en la ciudad que hoy ocupa el antiguo valle de Cuetlaxcoapan, mantienen desde su raíz y en su actuar cotidiano cierto orgullo que los distingue ante los ojos de los llegados de fuera. Sin embargo, como decía el heterodoxo José Fuentes Mares, que, como contrario a la honra de ser, el orgullo, junto con el honor, pervierten y frustran la personalidad y, a final de cuentas, “configuran esa extraña mezcla de mendigos y señores, en la raíz de nuestra hispana heredad”, lo que deriva entre otras cosas en una práctica perniciosa como es la de elevar a los altares patrios a multitud de héroes, sin cuya existencia no tendría sentido la “exaltación de los ‘orgullosos’ que pululan por ahí”. Y asienta Fuentes Mares: “No sé si la abundancia de ‘orgullosos’ que padecemos en México haya determinado la multiplicación extraordinaria de nuestros héroes, o si bien la cosa ha sido al revés; es decir, que la cuantía de sujetos heroicos se haya visto forzada por la extrema abundancia de ‘orgullosos’, mas para el caso es igual”.

Esa desdichada práctica nacional de exaltar a personajes de toda laya, hasta hacer temer que en pocas generaciones ya no haya espacio en el calendario para acomodar tantas celebraciones, se ha extendido también a hechos y lugares, dando así lugar para que crezca cada vez más la manía de colgarle epítetos elegiacos a eventos y ciudades diversas. De este modo, desde pueblitos perdidos hasta grandes urbes, de repente se convierten en “heroicos” por obra y gracia de congresos y gobernantes ignorantes, más preocupados por trascender (igual que si fueran héroes) dejando su impronta celebratoria que por cumplir con sus obligaciones. En suelo poblano, esto es del estado de Puebla, de un tiempo acá comenzaron a surgir las poblaciones “heroicas”, denominadas así ya sea por un hecho determinado acaecido en su seno – casi siempre de índole militar – o por la nacencia ahí de algún personaje – de preferencia combatiente contra algún enemigo externo o contra la “dictadura” porfirista. Como sea, no deja de ser patente la necesidad del poder político de asestarnos la idea de que la mejor manera de conocer nuestra historia es repetir hasta la saciedad y acríticamente las supuestas gestas pasadas, convenientemente aderezadas por la ideología gubernamental reinante. “Los árbitros de la leyenda nos imponen silencio. Nos aseguran que el pueblo necesita de los héroes, y esto es mentira. Lo han enseñado a necesitarlos, que es diferente, como el alcohólico exige alcohol una vez adquirido el vicio, pero decir que los necesita es confesar que le falta ignorancia, látigo y miseria, cuando en verdad lo que le falta es luz, verdad, anhelo de vivir, desanimalización en suma”, remata don José.

De este modo, como venimos diciendo, uno de los mejores suelos para que germinen las ideas exaltantes (y exultantes) de la heroicidad es aquel donde se alienta el orgullo de pertenencia a algún lugar determinado, sobre todo si el lugar en cuestión cumple sobre todo con la característica de que en él se haya (o se hayan) desarrollado hechos de armas o haya visto la primera luz algún prócer iluminado. Es el caso de nuestra ciudad que tiene la denominación “oficial” de “Cuatro veces heroica Puebla de Zaragoza”, calificativo absolutamente inconmensurable para quienes gustan de sentirse “orgullosos” de su poblanidad, aunque desconozcan su historia. 

Pero vayamos por partes. De entrada hay que decir que el epíteto “Puebla” corresponde a los encabezados de los documentos que el obispo Juan de Palafox (1640 – 1649) expedía a su feligresía y que por costumbre, y luego por decreto, ha seguido utilizándose hasta nuestros días, aunque la verdadera denominación como “Ciudad de los Ángeles” haya sido dada por  Real Cédula de marzo de 1532 y desde 1543 se haya determinado como obligatoria por el Cabildo, bajo pena a quien pretendiera cambiar dicho título. De ahí en más se le nombró como “Noble y Leal” en 1558, “Muy Noble y Leal” en 1561 y, por último, “Muy Noble y Muy Leal Ciudad de los Ángeles” según Real Provisión de 6 de febrero de 1576. A principios del siglo XIX se impuso por fin la denominación de “Puebla de los Ángeles” en la documentación oficial, siguiendo la costumbre adoptada y ya extendida.

Lo de “Puebla de Zaragoza” fue una imposición del gobierno central encabezado por Benito Juárez, sin tomar en cuenta el parecer de las autoridades municipales, ni aun las estatales, para decretar dicha titulación. Esta se dio en razón de que Ignacio Zaragoza murió en la ciudad que había defendido al frente del Ejército de Oriente y a cuyos habitantes despreciaba, llegando a desear que contra la misma se voltearan  los cañones republicanos y que fuera incendiada, lo que a todas luces es un contrasentido.

Y, en fin, lo de “Cuatro veces heroica”, es una muestra más de la ignorancia supina de nuestros congresistas estatales, ya que el calificativo de “Heroica” había sido decretado desde el 4 de agosto de 1950 tomando como base cuatro hechos bélicos: la batalla del 5 de mayo de 1862, la defensa de la ciudad en el sitio de marzo a mayo de 1863, la toma de la misma el 2 de abril (aunque en realidad fue el 4) de 1867 y, finalmente, el asalto a la casa de los hermanos Serdán (perteneciente a su cuñado) el 18 de noviembre de 1910… precisamente los mismos hechos que en 2013 los diputados poblanos tomaron como referencia para declararla “4 veces heroica”, seguramente con la perspectiva de igualar con eso al puerto de Veracruz. De este modo se ha caído en la repetición innecesaria y, por lo tanto, en la incorrección de titular y nombrar así a la ciudad angelopolitana.

Así que la historia de la Ciudad de los Ángeles es una suma de desencuentros, tanto en lo relativo a su primigenia ubicación, como a la fecha de su fundación (que en realidad fue un proceso y no un día en específico) y, en última instancia, a su nombre verdadero, es decir, oficial, circunstancias que quizás se reflejan en la complejidad de espíritu de sus nativos.

Por nuestra parte confesamos que nos da gusto que el nombre oficial apropiado fuera el de “Ciudad de los Ángeles”, porque así por lo menos los maledicentes se tendrían que romper la cabeza para inventar otro insulto (nacido de la envidia) que sustituyera al infame de “pipope”.

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