El 2 de abril de 1867

Sergio M. Andrade Covarrubias

Las sombras de la noche escondían los planes del General en Jefe del Ejército de Oriente Porfirio Díaz, que sólo los hizo visibles a sus comandantes hasta ya entrada la noche del 1 de abril de 1867. Primero se los comunicó a su Cuartel Maestre el General Ignacio R. Alatorre, a quien solicitó llamara a una reunión, para hacérselos extensivos, a los jefes de columna escogidos por el propio Díaz para llevar a cabo el asalto final sobre la ciudad de Puebla, después de veintidós días del sitio comenzado el anterior 9 de marzo. En tal junta se determinó la formación de diecisiete columnas de asalto, tres de ellas ocupadas en realizar un ataque falso sobre el convento del Carmen y las restantes catorce para arremeter contra las trincheras apostadas por los defensores del ejército conservador, que ahora hacía las funciones de ejército imperial ante la retirada total de las tropas francesas. Cada columna constaba de un promedio de ciento treinta hombres, cuyos jefes tenían bien señalados los puntos del enemigo a atacar, contando con el apoyo de la artillería y sus dieciocho “bocas de fuego” de sitio, de batalla y de montaña.

Las trincheras que interesaban al General Díaz poner fuera de combate estaban establecidas en un perímetro con “forma elíptica, casi parabólica, cuyo diámetro mayor se extendía de sur a norte”, según lo refiere don Porfirio en sus Memorias, ocupando la mayor parte de ellas la zona sur poniente  de la ciudad, comprendida desde el punto más lejano situado en el convento del Carmen pasando por el convento de san Agustín y las calles paralelas y perpendiculares a éste, hasta llegar por el oriente a la calle del Deán (actual 5 Oriente 200) y de la Aduana Vieja (en la actualidad 2 Oriente 400) y por el norte a la de la Alcantarilla (hoy 5 de Mayo 1000) y el convento de la Merced. Varios de los comandantes de columna eran veteranos de la guerra de Reforma y de algunas batallas acaecidas durante la intervención francesa; entre otros más estaban Juan C. Bonilla, Carlos Pacheco, Manuel Santibáñez, Rafael Cravioto, Francisco Carreón,  Luis Mier y Terán y Manuel Andrade Párraga. Reforzando su accionar, el ejército republicano contaba con posiciones ganadas durante el sitio en los barrios de Analco, de la Luz y del Alto, el ex colegio de san Javier y el Paseo Nuevo, así como en el convento de san Francisco y la Alameda Vieja, lugar este desde donde dirigía las operaciones el general en jefe.

Las tres columnas que debían hacer el ataque falso sobre el convento del Carmen fueron colocadas cerca de la artillería y las otras catorce en el lugar desde donde deberían emprender su ataque. Entonces – nos dice Díaz – “hice poner un gran lienzo formado de piezas de manta, colgadas a lo largo de un alambre tendido de torre a torre de la iglesia del cerro de san Juan y suspendidas hasta el suelo, cuyo lienzo, empapado en espíritu de resina, debía ser encendido cuando yo lo ordenara, habiendo advertido antes a todos los jefes de columnas de asalto verdadero, que esa gran luz era la señal para iniciar el asalto”.

Lo que sigue aparece en el Tomo V de México a Través de los Siglos: “A las tres de la mañana del día 2 rompióse el fuego de cañón, y después de media hora se hizo el movimiento aparente por el avance sucesivo de tres columnas hacia la brecha. Dada luego la señal convenida, las numerosas columnas que habíanse deslizado en silencio, se adelantaron rápidamente por todos lados a la línea fortificada. Terrible fue la resistencia que opusieron los sitiados…”. Aunque no es posible precisar el tiempo que duró la acción ni el número de bajas de ambos bandos, es necesario reconocer la tremenda destrucción que supuso la toma de la ciudad, así como la demostración de bizarría de los elementos enfrascados en esta lucha fratricida. Sobresale el ejemplo del Mayor Carlos Pacheco (a cargo del asalto a la trinchera de la calle de la Siempreviva), quien – si hacemos caso del relato del general Díaz – a pesar de ser herido en una pantorrilla y una mano y perder el muslo izquierdo y el brazo derecho, logró llegar con algunos pocos de sus subordinados hasta las cercanías de la plaza central en el momento en que llegaban a ésta las primeras columnas asaltantes al mando del coronel Luis Mier y Terán y el Teniente Coronel Juan de la Luz Enríquez (a despecho de lo grabado en la placa que se encuentra en una de las esquinas del Portal Juárez que indica que el primero en llegar a la plaza lo fue el General Juan Crisóstomo Bonilla).

Sin embargo el triunfo no fue total, ya que mucha de la guarnición defensora logró retirarse hacia los fuertes de Loreto y Guadalupe, donde esperaban la prometida llegada de Leonardo Márquez en su apoyo. Al no darse esa situación no quedó más remedio a los comandantes conservadores que rendirse a discreción el día 4 de abril, dando por terminado el último sitio sufrido por la ciudad y poniendo así fin en nuestros lares a la intervención extranjera y al imperio de Maximiliano. Se dice en México a Través de los Siglos: “Al verificarse la toma de la plaza y en medio del fragor de la contienda fueron fusilados varios de los oficiales imperialistas que cayeron prisioneros, entre ellos don Febronio Quijano y don Mariano Trujeque; pero calmado el primer arrebato, el general Díaz trató con grande humanidad a los jefes que sin condición se habían sometido, concediéndoles su libertad…”. Abundando sobre esto diremos que el General Quijano era un hombre ya de edad y que en su hoja de servicios constaba el haber sido uno de los más valientes  y férreos defensores de la patria ante la arrogante e inicua intervención estadunidense de 1846 – 1848 y que a pesar de las súplicas por parte de notables vecinos de la ciudad y de incluso miembros de alto grado de su ejército, el general Díaz ordenó su fusilamiento en el atrio del templo de san Agustín. En cambio por Trujeque nadie intervino en su favor; por el contrario, era un elemento mal visto ya que había sido el ejecutor del general y licenciado Miguel Cástulo de Alatriste ex gobernador del estado y a la larga abuelo de los hermanos Serdán Alatriste. Fue fusilado en la plazuela del Carmen. Los restos de ambos, junto con los de varios de sus camaradas inmolados en ese día, reposan en una tumba olvidada que se encuentra en el panteón de La Piedad de la capital poblana.

Con este triunfo el paso hacia la capital de México quedaba abierto y la pinza que se cerraba sobre la ciudad de Querétaro, último reducto imperialista, asegurada. Pero don Porfirio tenía otra batalla que finiquitar, y era la de la boda con su sobrina Delfina, para lo cual el mismo día 4 extendió un poder notarial que facultaba al Licenciado Juan de  Mata Vázquez para la celebración del enlace, el cual se efectuó el siguiente día 15. Dicho matrimonio duró trece años casi exactos, ya que Delfina falleció el 8 de abril de 1880.

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