El teatro cine “variedades” de Puebla

Sergio M. Andrade Covarrubias

 

Hacia el año de 1906, en concordancia con otras urbes importantes de nuestro país, la ciudad de Puebla vio nacer las primeras salas exclusivas para funciones cinematográficas. Así nacieron el cine “Pathé”, el “París” y el salón “Blanco”, para posteriormente dar cabida al “Edén”, el “Edén Parisiense”, el “Venecia”, el “High Life” y el “Hidalgo” que aunados al teatro “Guerrero” y a los exhibidores trashumantes hacían las delicias de los aficionados al que todavía no se conocía como “séptimo arte”, pero que poco a poco avanzaba a ser la distracción sine qua non del siglo XX.

Si bien el teatro “Guerrero”, aunque no el único, pero sí el más importante de la ciudad, combinaba las funciones teatrales y de zarzuela con las cinematográficas, su funcionalidad dejaba ya mucho que desear, por lo que se imponía la necesidad de construir otro más moderno que pudiera satisfacer las exigencias de un público cada vez más propenso a gastar en buenos espectáculos. Es así que un empresario avispado vio la oportunidad de ingresar a este negocio, contando para ello con un buen sustento de capital y relaciones que le permitieran levantar un nuevo salón con las características que demandaban los nuevos públicos. Este empresario lo era el Doctor Espinosa Bravo, perteneciente a una de las familias poblanas más acomodadas y presidente municipal en dos periodos anuales consecutivos, 1905 y 1906.

La noticia de que este prominente y acaudalado hombre de negocios rápidamente estaba levantado su coso, hizo que la prensa lanzara el rumor de que el teatro “Guerrero” pronto se iba a derrumbar al no poder competir con su nuevo rival. Sin embargo, no sucedió así. Otras circunstancias fueron las que motivaron que el “Variedades” quedara como único gran espacio teatral y cinematográfico. Este último, inaugurado la noche del 31 de octubre de 1908 con la presencia del gobernador Mucio P. Martínez y el Cónsul de España Manuel Rivero Collada fue de inmediato el polo de atracción de los aristócratas poblanos en detrimento del “Guerrero”, que poco tiempo después fue destruido por un incendio, el día 31 de enero de 1909, es decir justos tres meses después de la apertura del nuevo teatro.

La descripción del periódico capitalino “El Entreacto” sobre el acto inaugural del “Variedades” es muy prolija. Baste entresacar de su crónica datos interesantes como el de que el costo de construcción del edificio y decorados sumó cerca del cuarto de millón de pesos y de que su aforo podría alcanzar la cifra de dos mil quinientos asistentes, divididos de la siguiente forma: “La sala de público consta de patio, con 450 sillas de lunetas; anfiteatro de plateas con 350, 10 plateas; 22 palcos primeros, doce segundos y seis terceros; 350 sillas de anfiteatro de primeros, igual número de segundos y mil asientos de galería: total de público sentado 2,000 personas. Pero en todos los departamentos hay gran amplitud, para público que esté de pie, lo que se llama en Inglaterra y Estados Unidos ‘standing room’, pudiendo caber desahogadamente 500 personas cuando menos, en esta forma, sin que ninguna de ellas deje de ver el espectáculo en todos sus detalles”. Tal descripción permite imaginar la grandiosidad del edifico y sus dimensiones, levantado en el espacio de lo que fue el “Hotel del Mercado” (y no junto a él, como se afirma erróneamente) y anteriormente parte del convento de Santa Catalina, sobre la calle 2 Poniente, antigua calle del Costado de Santa Catalina (o Catarina). De hecho, en su lado oriente, donde posteriormente Manuel Espinosa Iglesias edificaría el cine “Coliseo”, se ubicaba el famoso restaurante “Variedades”, propiedad de don Ricardo González y posteriormente de don Lencho Vaquero.

Si bien el “Variedades” se especializó en primera instancia en presentar funciones teatrales, de zarzuela y ópera, pronto se decantaría, junto con éstas, por el cinematógrafo, e inclusive por otras diversiones como las circenses, para al final optar exclusivamente por la proyección de películas. Por su escenario se presentarían las más variadas atracciones y los más famosos artistas del momento, destacándose por el estreno de filmes antes que en ninguna otra sala. Sin embargo, el día 1 de abril de 1922 sufriría una conflagración al incendiarse en su totalidad, quedando la duda si tal evento fue accidental o premeditado. No obstante, el doctor Bravo, ahora ya acompañado de sus hijos, donde sobresalía el segundo de su progenie, Manuel, de inmediato se abocó a reconstruirlo, quedando listo poco menos de un año después, abriendo sus puertas nuevamente el día 8 de febrero de 1923. A partir de esa fecha y hasta principios del año 1988 el “Variedades” fungió como uno de los centros de diversión más importantes de nuestra ciudad, dejando una estela de recuerdos imborrables entre sus habitantes.

Ciertamente don Ernesto, y con posterioridad su hijo Manuel, jugaron un papel destacado en la configuración de la industria cinematográfica a nivel nacional. En primera instancia, el doctor Espinosa fue uno de los primeros que se negaron a someterse a la censura previa de los filmes argumentando su inconstitucionalidad, mientras que Manuel, asociado con el gringo Jenkins, llegó a monopolizar tanto la producción, como la distribución de películas, amén de hacerse de un buen número de cines a lo largo y ancho de la república mexicana, incorporando en su favor las prerrogativas que el poder político le hacían de buena gana.

Hoy sólo queda el recuerdo de las grandes galas del “Variedades”, de los grandes estrenos y de los avances tecnológicos de la época. Y de eso, dicen, están hechas las leyendas.

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