El Cuartel de Dragones o de San José

Sergio M. Andrade Covarrubias

La irrupción de las reformas borbónicas en suelo novohispano generó un cambio radical en todas sus estructuras, principalmente en los órdenes administrativo y militar. En el año de 1780 la orden para aglutinar las fuerzas de defensa en la ciudad de Puebla dio cabida a la conformación del Regimiento de Dragones, que por obvias razones debería constar con un  cuartel de resguardo. El lugar escogido para este fin lo fue la llamada plaza o Alameda de san José, ubicada al norte de la ciudad, a un costado del río llamado de san Francisco o de Almoloya.

La importancia en el ámbito militar de la ciudad de Puebla había quedado demostrada desde temprana hora, es decir desde 1612, por la existencia de seis compañías de milicias provinciales de infantería, aunque su existencia fuera por poco tiempo. Sin embargo, por las necesidades propias de defensa, en 1734 se reorganizaron estos cuerpos con una mejora de sus condiciones. Según el historiador alemán Günter Kahle, la función de estas milicias en la Nueva España “era la misma que en España, es decir, se les debía de llamar sólo en caso de necesidad y entonces debían limitarse únicamente a la defensa de la comarca vecina”. Para 1758 existían estas milicias solamente en las ciudades de México y Puebla y en algunas de las costas, siendo los gremios, corporaciones y los cabildos de las mismas quienes las apoyaban y sostenían. No obstante, la escasa instrucción de sus miembros y la persistente falta de pertrechos las hacían incapaces de servir en caso de desatarse una guerra en forma. Así, y en vista del temor por parte de la corona española de un ataque de Inglaterra contra sus posesiones hubo la necesidad de reforzar el sistema de defensa español de ultramar.

Con la visita de José de Gálvez se dio impulso a las reformas que apelaban a un cambio drástico en la administración virreinal, siendo el encargado en lo referente a lo militar el entonces Capitán General de Andalucía, Teniente General Juan de Villalba y Angulo, el cual llegó a costas novohispanas en noviembre de 1764, formando la base del futuro ejército con los integrantes del regimiento de infantería “América”, que había llegado junto con él, más las unidades fijas de las ciudades de México y Veracruz. “Hasta agosto de 1776 Villalba había reunido otros seis regimientos y tres batallones más de infantería, así como dos regimientos de caballería, todos ellos pertenecientes a la recién creada milicia provincial de la Nueva España… y las milicias urbanas de México y Puebla fueron reorganizadas conservando el status que tenían entonces”.

En tanto, a comienzos del año 1767, el virrey Marqués de Croix encomienda al Teniente Coronel Baltasar de Ceniceli la formación del Regimiento de Dragones de Puebla, el cual  fue uno de los dos primeros en la Nueva España, estableciéndose en diversos sitios de la ciudad hasta que en enero de 1780 se plantea por el cabildo angelopolitano la construcción de un nuevo cuartel para el alojamiento de estas fuerzas. El 21 de junio de ese año se emite la Superior Orden por parte del virrey Martín de Mayorga, donde haciendo referencia al Decreto del día 22 de abril, se da el permiso “para poner en planta el proyecto de la fábrica del cuartel…” Así que a lo largo de ese año se da comienzo a la obra, con fondos ministrados con el gravamen del “arbitrio de las tres cuartillas” por un total de 21,400 pesos en que se celebró el remate del edificio, tomados de los fondos impuestos en la Obra Pía que fundó don José Fernández Mojardín y que concedió la Mitra.

La construcción del nuevo cuartel queda detenida por un siniestro acaecido el 22 de marzo de 1781, siendo este el primero de varios descalabros sufridos a lo largo de los años, ya que aún en 1819 se siguen haciendo reparaciones con costos cada vez más inalcanzables para las agotadas arcas del ayuntamiento, cuyas autoridades se quejaban que “nunca se ha podido conseguir una recomposición segura, firme y duradera”. Aun así, por lo visto el edificio cumplía con sus funciones, lo que queda demostrado cuando se le adhiere la “Casa de Carros” pertenecientes al mismo ayuntamiento, ampliándose todavía más en el año de 1909, cuando todavía servía como cuartel de las tropas estatales.

Este edificio (junto con el fuerte de Loreto) fue testigo de un hecho prácticamente pasado por alto en los relatos de la historia de México referidos a la invasión norteamericana de 1846 – 1848. La noche del 13 al 14 de septiembre de 1847 – justo cuando los gringos tomaban la capital del país – el general mexicano Joaquín Rea ataca a las fuerzas comandadas por Thomas Childs, intimándolo a la rendición; el general norteamericano se niega y así comienza un sitio militar que durará prácticamente un mes, al cabo del cual los refuerzos llegados al mando del general Joseph P. Lane derrota a los sitiadores que habían sido abandonados a su suerte por Antonio López de Santa Anna. Las pérdidas del ejército norteamericano ascendieron, según el historiador David F. Marley, a un total de 22 muertos, 52 heridos y un desparecido. Este autor y otros más han ponderado este acontecimiento en altos términos, incluso refiriéndose a los defensores del sitio como “los héroes olvidados de Puebla”. Al contrario, la historiografía mexicana sólo ha visto en las acciones del ejército comandado primero por Rea y luego por Santa Anna un cúmulo de escaramuzas sin plan de acción y, por lo tanto, una oportunidad perdida para alzarse con una victoria que quizás daría ánimos a una población que se había batido contra los invasores y que ahora lloraba la caída de su capital y el izamiento de la bandera de las barras y las estrellas en vísperas de la celebración del grito de independencia.

En el año de 1958 se inaugura en los terrenos de lo que había sido el cuartel de Dragones de Puebla el edifico que hoy alberga el Centro Médico “Manuel Ávila Camacho” del IMSS.

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