La muerte de Gutierre de Cetina

Sergio M. Andrade Covarrubias

La ciudad de Puebla, revestida de leyenda aún desde el lugar y fecha de su nacimiento, no podía ser mejor lugar para dirimir multitud de historias o relatos llenos de fantasía y drama. Acaso su sino haya sido ese, ya que a cada paso nos encontramos con memoriales sobre túneles inexistentes, chinas que no lo fueron (con vestidos que no les correspondían), guisos ya existentes pero reinventados para golosos obispos o guisos que existirían hasta años después, pero inventados en la leyenda para gloriosos libertadores. Y de esa índole encontramos relatos sobre hechos escalofriantes en barrios y casonas antiguas habitadas por fantasmas o sobre calles que vieron sucesos a cuál más sobrenatural o sitios de por sí propicios para el delirio y la fantasía como los viejos panteones. En este último caso sobresale la famosa conseja de “Las comadres”, par de figuras de piedra que remataban el arco de entrada al cementerio de El Carmen, obra del insigne José Manzo, que a ciertas horas de la noche suscitaban el terror de los vecinos al parlotear incansablemente, llenando de espanto a los transeúntes. No es extraño, pues, que de esta ciudad se diga lo que don Rafael Heliodoro Valle: “Puebla tiene su leyenda de oro y sus campanas de plata. En su luz inefable se doran, en lento fuego interior, las palabras en penumbra; tiene en sus patios el fino madrigal del agua y en su vidrio nocturno brillan y se apagan los versos… Puebla se sigue asomando a sus balcones con fantasmas…”.

En tal ambiente se suceden los hechos que darán pie a la leyenda sobre la muerte del poeta sevillano Gutierre de Cetina, aderezada con las inevitables contradicciones que un acontecimiento tan lejano en el tiempo se suscitarán. Si bien a la fecha ya se tiene más certeza sobre las condiciones de la agresión sufrida por el poeta y su acompañante Francisco de Peralta, así como sus consecuencias, no deja de haber cierta incongruencia entre algunos relatos al hablar sobre el lugar del castigo recibido por su agresor Hernando de Nava y el final mismo del autor del más famoso madrigal en lengua española. Aún así, gracias a los trabajos sobre todo de don Francisco A. de Icaza, basado a su vez en los hallazgos de Francisco Rodríguez Marín, parece bastante claro que la historia se sucede en los términos que resumiremos enseguida.

Estando en la capital del virreinato, Cetina es invitado por su tío Gonzalo López, a la sazón Procurador General de la Nueva España, a acompañarlo en un viaje a Veracruz, con el fin de llevar a puerto unas barras de plata con destino a España. Repentinamente enfermo, nuestro poeta tuvo que quedarse en la ciudad de los Ángeles acompañado por Peralta en una casa cercana a la del doctor de la Torre, cuya esposa, Leonor de Osma (o Osuna, según otros), tenía fama de casquivana. Peralta la enamora, cosa que un amante de ella, el susodicho Nava no consiente y es por lo que, en la noche malhadada del 1 de abril de 1554, “domingo de Cuasimodo”, confunde a Cetina con su rival y lo hiere en la cabeza. Esto sucede, siempre según los relatos, en la calle de Santo Domingo, donde el cuerpo exánime de Cetina queda sobre un arroyo (que no era otro que la acequia que llevaba agua del río de san Francisco a la plaza central). Acude en su auxilio el mismo doctor de la Torre acompañado por otros más, dictaminando que no era ya posible su intervención debido a la gravedad de sus heridas. Sin embargo, dieciocho días después Cetina tenía todavía los arrestos para declarar ante la autoridad sobre lo sucedido.

El bravucón Nava, en tanto, tras ser atrapado, huye de la cárcel, refugiándose en el convento de Santo Domingo, según unos, o en el convento de san Francisco, según otros. El caso es que de uno de estos sitios volvió a escapar para agredir a doña Leonor y algunos miembros de su servidumbre, retornando después de su fechoría a los brazos seguros de la iglesia; de aquí la justicia lo tuvo que arrancar, no sin antes sufrir los anatemas de los frailes que se negaban a entregar al rufián y a su cómplice Gonzalo Galeote. No hubo más remedio que prender fuego dentro de la torre con paja y chile, hasta que los perseguidos pudieran ser atrapados. Sin embargo, sólo Nava fue aprehendido.

Trasladado éste a la ciudad de México, se le condenó a la decapitación después de serle cortada la mano derecha. Al final, gracias a la intervención de su poderosa madre Catalina Vélez Rascón (alias “La Rascona”) y a la influencia de la iglesia en su favor, se suprimió la sentencia final, siendo cercenada su mano en la Plaza Mayor de México el día 7 de julio. Nos dice Germán List Arzubide, transliterando a Icaza: “De esta manera, el criminal, por la intervención del clero, salvó la vida y pudo vivir muchos años, mientras que Gutierre de Cetina, que tras un largo padecer logró reponerse un poco, murió escasos años después, es decir, en 1557, casi repentinamente. De la noche a la mañana, como oyó decir el pintor Pacheco tiempo más tarde, de resultas, lo más probable, de las heridas recibidas en Puebla. Tenía el poeta treinta y siete años al dejar la vida. Iba a entrar, por tanto, en la madurez de su talento, en lo más prometedor de su arte”.

Queda para la especulación el lugar de su exhalación final: Puebla, el mar, durante la travesía de regreso a Sevilla o esta última; lo cierto es que como lo han postulado diferentes estudiosos, la obra del poeta andaluz ha pervivido en la memoria del pueblo gracias a un solo madrigal, aunque su obra completa merezca los laureles de la gloria. El colofón de List es terminante: “Gloria y popularidad, a un tiempo mismo, sólo llegan a unirse cuando la cita es en una cumbre. Tal es el caso de Cervantes. Pero Cervantes – punto y aparte – es uno de los momentos estelares de la humanidad, como gustaba escribir Stefan Zweig”.

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