La gracia de los anuncios antiguos

Sergio M. Andrade Covarrubias

 

La riqueza del material tipográfico y la extraordinaria variedad de las ilustraciones pictóricas fueron el espejo de la prosperidad de la Francia de finales del siglo XIX. Así, de algún modo, representaron una historia social pictórica de la opulenta sociedad francesa al término de esa centuria.

Con tal opulencia la publicidad y el arte publicitario florecieron en Francia. La Exposición de París de 1900 costó alrededor de cien millones de francos y atrajo a más de trece millones de visitantes y sirvió para probar que todas las cosas buenas de la tierra eran producidas en Francia; desde las ricas granjas y viñedos franceses el genio francés produjo los más finos vinos y guisos, mientras que la exhibición industrial de la feria sobresalió con maravillosas máquinas y artilugios.

En medio de la riqueza de objetos de diseño industrial exhibidos en la Exposición de París de 1900, muchos fueron el producto de un nuevo estilo, el Art Nouveau. En 1895, en la calle de Provence, S. Bing abrió una galería de arte que llamó “L’ Art Nouveau” y la cual dio su nombre a todo un movimiento artístico. Este estilo tuvo sus contrapartes en Inglaterra y en otras partes del continente, floreciendo en Francia entre ese año y los primeros del siglo XX.

El Art Nouveau en su forma pura fue un estilo de vanguardia que profesó el concepto del “arte por el arte”. Cuando la galería de S. Bing, diseñada por Henry van de Velde, un exponente belga del nuevo estilo, abrió por primera vez en 1896, tuvo una inmediata y desfavorable reacción en la prensa francesa. El estilo fue considerado una ofensa al diseño industrial francés que había permanecido fiel a la tradición del siglo XVIII. A pesar de esta reacción conservadora el nuevo estilo encontró entusiastas seguidores e imitadores. Mucho del diseño tipográfico y pictórico participa directa o indirectamente de la influencia de este estilo.

Nikolaus Pevsner describió el leitmotiv del Art Nouveau como “la larga, sensitiva curva reminiscencia del tallo de lirio, de una antena de insecto, el filamento de una flor, o ocasionalmente una llama delgada, una curva ondulante, flotando y entrelazando a otras, chorreando desde las esquinas y cubriendo asimétricamente toda la superficie disponible”. En el París de alrededor de 1900 todo, desde los objetos puramente decorativos, el mobiliario, los principales edificios, hasta las entradas de las estaciones del nuevo subterráneo (diseñado por Hector Guimard), podían mostrar este nuevo estilo. El Art Noveau fue particularmente fértil en el campo de la tipografía y de la decoración de libros: en ninguna parte la imbricación de sus delicadas líneas es más evidente que en los elaborados rostros de esa era.

La influencia de este estilo se extendió a todo el mundo, siendo nuestro país y nuestra ciudad sitios de acogimiento para él, sobre todo en la arquitectura, la publicidad y el diseño editorial. En este último caso, algunos anuncios que acompañan estas líneas – tomados de revistas poblanas de la época – lo muestran como ejemplo, siendo apoyados además por la técnica fotográfica que daba mayor realce y veracidad a lo anunciado.

Y tal como don Enrique Fernández Ledesma (de quien el título de este artículo hace paráfrasis del nombre de una de sus más famosas obras) hacía con su “galería de fantasmas” una evocación del mundo de ayer, estas ilustraciones también llevan consigo una carga de resonancias no sólo históricas en el plano artístico, si no también de las vivencias de nuestros antepasados en el ámbito del entretenimiento, vía las revistas ilustradas, y del consumo de bienes y servicios. Se puede decir que la publicidad se apoya en el arte para difundir con más prestancia y elegancia los productos a nivel masivo, sobre todo a las clases pudientes que tenían los recursos económicos y el nivel de alfabetización suficientes para que el mensaje tuviera una respuesta positiva. Como sea, quedan como muestras de un quehacer tipográfico y editorial representativo de esos tiempos.

 

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