PUEBLA, 1821. MÉXICO RUMBO A SU INDEPENDENCIA

Sergio M. Andrade Covarrubias

Dos textos son indispensables para conocer la serie de acontecimientos en torno a la culminación del movimiento emancipador en suelo poblano. En el primero, La ciudad de Puebla y la Guerra de Independencia, Eduardo Gómez Haro hace una cronología puntual de veinte años (de 1801 a 1821), rematando en el capítulo final con los hechos que a continuación relataremos, mientras que en el segundo, El Alto Clero Poblano y la revolución de Independencia, 1808 – 1821, la doctora Cristina Gómez Álvarez profundiza en el papel jugado por los obispos Manuel Ignacio González del Campillo y Antonio Joaquín Pérez Martínez en los avatares políticos del periodo, sobre todo en la actuación del segundo y su contradictoria conducta, sobresaliendo su cercana relación con Agustín de Iturbide que fue el impulso final para el triunfo de la causa por la soberanía nacional, relación manifestada con una certera frase: “simbólicamente mitra y sable se unieron para sellar la Independencia de México”.

Los acontecimientos que tuvieron como fin la independencia de México se desarrollaron a una velocidad vertiginosa, aunque su sedimento se remontara a algún tiempo atrás. Si bien la fecha oficial de la consumación de la lucha independiente es el día 27 de septiembre de 1821, los prolegómenos de tal conclusión se pueden datar de por lo menos en la primera mutad del año 1820, cuando el movimiento liberal español logró desbancar a los simpatizantes conservadores del rey Fernando VII para volver a imponer la constitución de 1812. Esos acontecimientos se reflejaron en los países todavía sometidos al imperio español en variadas formas: por un lado, los insurgentes armados que ya se sentían perdidos tuvieron una bocanada de aire para seguir intentando romper al antiguo orden; por otro, las élites administrativas, militares, eclesiásticas y de comerciantes españolas y criollas vieron la oportunidad de lograr por fin el control político y económico del virreinato. Al ser la intendencia de Puebla la más importante del territorio novohispano, estas circunstancias tuvieron por fuerza una tremenda repercusión, lo que derivó en la movilización de los principales actores pertenecientes a esos sectores, encabezados por el obispo de la diócesis poblana Antonio Joaquín Pérez Martínez.

En resumidas cuentas, la posibilidad de terminar la larga lucha independentista tuvo como ingrediente principal el cambio de régimen en la monarquía española, motivando así a diversos actores a movilizarse políticamente, más que militarme, parta dar concreción a aquella. El año 1821 comienza teniendo ya algunas manifestaciones de descontento, que bien aprovechadas por el obispo Martínez pusieron jaque a las autoridades virreinales, que se encontraban cada vez más imposibilitadas de responder a las demandas de cambio. Aunado a esto, la proclama del Plan de Iguala el día 24 de febrero debilitó aún más las defensas contra el avasallador reclamo popular.

En esta tesitura, y con el avance nacional de las fuerzas del Ejército Trigarante, el día 3 de julio las tropas comandadas por el General Nicolás Bravo amenazan con tomar la ciudad de Puebla, preparando un sitio militar con cerca de tres mil quinientos hombres. El siguiente día 8 intima la rendición al gobernador y jefe militar Ciriaco del Llano en una larga carta, donde manifestaba la seguridad de tomarla: “Permanezco y permaneceré sobre Puebla hasta tomar posesión de ella. Lo emprendería y conseguiría hoy mismo, pero ya he dicho que para mí es muy respetable la sangre de mis hermanos y no quiero ver derramada ni una sola gota, cuando la necesidad o defensa no lo exige”. Así, después de una tensa espera, el día 17 se firma el armisticio en la casa del rancho de san Francisco Xonacatepec, propiedad del impresor don Pedro de la Rosa (quien fuera dueño de la imprenta del Portal de las Flores – hoy de Morelos -, la cual donaría al Hospital de San Pedro, que al final devendría en la Imprenta Oficial del Gobierno del Estado); acudieron por parte del General Bravo el Teniente Coronel Manuel Rincón y el Capitán Joaquín Ramírez y Sesma y por parte de del Llano los capitanes Manuel Ortega y Calderón y Clemente Delgado. Este armisticio constaba de nueve apartados, el último de los cuales condicionaba su término al regreso de los comisionados realistas que irían a conferenciar con Iturbide para lograr la capitulación de la ciudad.

Esta se negocia y firma (no sin que antes sucediera una escaramuza entre las fuerzas beligerantes) el día 28 de julio en la hacienda de san Martín entre aquellos comisionados, don Juan de Horbegoso y don Saturnino Samaniego, con los del coronel Iturbide, don Luis de Cortázar y el Conde de San Pedro del Álamo. Lo que siguió ya es historia conocida: Iturbide al frente de sus tropas entra en la ciudad el día 2 de agosto y el siguiente día 5 se jura el Plan de Iguala en las Casas Consistoriales (hoy Palacio Municipal), entre grandes fiestas populares, rematando con el tradicional Tedeum en la catedral, donde el principal protagonista es el obispo Pérez Martínez, quien pronunció un sermón titulado “Quebrantóse el lazo y quedamos en libertad”.

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