DON ANTONIO VANEGAS ARROYO REVISITADO

Sergio M. Andrade Covarrubias

 

En un artículo anterior (ver Murmullos de los Portales de fecha 30 de octubre de 2017) hablábamos de una agria disputa periodística entre el defensor del patrimonio poblano don Ramón Pablo Loreto y el profesor Enrique Cordero y Torres, a propósito de la pretensión de un grupo cultural capitalino por poner una placa en la casa donde habría nacido el editor del famoso grabador José Guadalupe Posada, don Antonio Vanegas Arroyo, sita en la antigua calle del Pitiminí (actual Avenida 5 sur, entre las calles 7 y 9 Poniente). Argumentábamos entonces que el final de esa disputa debería favorecer al señor Loreto, toda vez que recientes investigaciones ponderaban en buenos términos la labor del don Antonio. Quedaba, sin embargo, constatar la certeza de su origen poblano. Hoy se puede afirmar que el ilustre editor efectivamente nació en nuestra ciudad y que eso sucedió un 14 de junio de 1852 en la casa marcada con el número ocho y medio de la citada calle del Pitiminí. Estos datos y más sobre la labor editorial del señor Vanegas han sido logrados gracias a la paciente y esmerada investigación de uno de sus sucesores, el señor Ángel Cedeño Vanegas, apoyado por el joven doctor en historia de nacionalidad cubana Jaddiel Díaz Frene, cuyos resultados fueron publicados en el libro Antonio Vanegas Arroyo, andanzas de un editor popular (1880 – 1901), bajo el sello editorial del Colegio de México.

Don Luis Cardoza y Aragón afirmaba que la obra de Posada habría cumplido un servicio en su época al ser un “juglar maravillosamente legítimo”. Decía Cardoso: “Lo imagino como una especie de lo que en México se llama ‘evangelista’, esos secretarios públicos que en las plazas, en los mercados, con sus viejas y niqueladas máquinas de escribir, aún redactan para su cliente analfabeta, peticiones al juez o al alcalde, noticias para la familia, cartas de amor. Posada fue un ‘evangelista’ del grabado… Y llevó a publicaciones y hojas sueltas las noticias de ese pueblo, la protesta, la carta de amor, la ira y el sarcasmo, no sólo a la conciencia de sus contemporáneos, sino a la historia del arte mexicano, como uno de sus mayores exponentes, y sin que tuviera intención de ello”.

Sin embargo, es claro que la labor de Posada hubiera sido imposible sin el apoyo editorial y literario del señor Vanegas, quien, como afirma Díaz Frene, más que crear una simple empresa, creó una verdadera “industria de relatos e imágenes” que a lo largo de su vida “desempeñó un papel protagónico en la construcción y recreación de prácticas, narraciones e imaginarios que forman parte de una ‘historia profana de la nación’”.

Igualmente ha quedado claro que la práctica editorial de Vanegas fue la continuación de lo aprendido al lado de su padre, don José María Vanegas, impresor oficial del gobierno imperial de Maximiliano en la ciudad de Puebla, que por lo menos habría desarrollado su negocio desde la década de los años cincuenta del siglo XIX, en primera instancia como encuadernador y expendedor de publicaciones en su local ubicado en la calle de Frente a Catedral de la capital poblana. En su labor dentro de la imprenta imperial don José María tuvo como tarea principal la de publicar los decretos que normaban la vida cotidiana de los poblanos, así como hacer públicas las ordenanzas emanadas desde el gobierno central. Por las circunstancias políticas derivadas de la caída del Imperio, el señor Vanegas padre tuvo que emigrar junto con toda su familia hacia Ciudad de México, donde con ingentes esfuerzos volvió a instalar su negocio, el cual fue continuado y engrandecido por su hijo Antonio, hasta convertirse en la citada “industria de relatos e imágenes” que diera un giro a la difusión y comprensión de la cultura popular mexicana.

Sirvan estas líneas para solicitar se realice un justo homenaje a la memoria de los señores Vanegas como los ilustres poblanos que fueron y que dejaron honda huella en la historia mexicana.

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