Mitos y mitotes del 5 de Mayo

Sergio M. Andrade Covarrubias

 

Es frecuente que en los relatos históricos sobre un hecho importante existan sus  paralelos de ficción. Así sucede en muchas de las relatorías de acontecimientos trascendentes en el devenir de nuestro país. La batalla del cinco de mayo en Puebla no es la excepción, y alrededor de su historia se han desatado múltiples ficciones e inventos, varios de ellos verdaderamente de risa loca.

Por ejemplo, la versión de que el general Ignacio Zaragoza, general en jefe del Ejército de Oriente en lugar de estar en el epicentro de las decisiones se encontraba en una pulquería cercana al edificio del Colegio Carolino degustando un rico pulque con varios de sus camaradas. Derivada de esta versión se destaca otra según la cual sería el general Porfirio Díaz el verdadero héroe del triunfo nacional, cosa improbable puesto que don Porfirio se encontraba en el llano, lejos del centro de los ataque franceses y sólo hasta el final de la batalla fue puesto en acción reprimiendo la última embestida del ejército invasor.

Imagen tomada del libro: “Museo de Historia Guerrera. Fuerte de Loreto”

 

Otro más (quizás el invento más extendido en los relatos, pinturas y  películas oficiales sobre la batalla) es que los integrantes del Sexto Batallón de la Guardia Nacional proveniente del distrito de Zacapoaxtla  – confirmado con gente de Tetela, Xochiapulco y Zacapoaxtla – pobremente vestidos y armados, cuando eran hombres experimentados en la lucha armada, combatieron a machete limpio contra los invasores, cosa por demás exagerada y falsa porque los que conformaban dicho batallón fueron reclutados precisamente por su habilidad como tiradores de fusil, puesto que la mayor parte de su alimento se derivaba de la caza de animales (venado, conejo, etc.) que menudeaba en la sierra poblana y por lo mismo tenían una habilidad desarrollada para obtener un buen tino al disparar. Y a propósito del mismo batallón, existen versiones de que se encontraba en la ciudad de Puebla no para pelear contra los franceses, sino para derribar al gobernador en turno; nuevamente cosa improbable ya que la ciudad estaba sometida a estado de sitio.

Se ha exagerado también en cuanto a las bajas de los combatientes de ambos ejércitos, llegándose a afirmar que del lado francés perecieron más de mil elementos y del lado mexicano alrededor de cuatrocientos. Sin embargo, según el historiador militar General Agustín Garfias Magaña, el total de caídos por ambos bandos apenas sobrepasa el número de doscientos, 117 franceses y 83 mexicanos, con 232 y 305 heridos respectivamente, cifras que coinciden con lo asentado en el acta de inhumación en el panteón de Xanenetla levantada al otro día de la batalla.

Pero quizás el invento más burdo tiene que ver con la versión de ciertos “historiadores” según los cuales al ver perdida la batalla (jamás el ejército mexicano estuvo en ese trance) el general Zaragoza decidió mandar refuerzos por medio de los “túneles” existentes en el cerro de Loreto y Guadalupe. Como ya lo hemos mencionado anteriormente, los dichosos “túneles” son inexistentes y su ubicación (según sus inventores) estaría lejos de la zona medular de la batalla, esto es del lado de Xanenetla, cuando las acciones se desarrollaron exactamente del lado contrario. Darle veracidad a esta conseja sería acción propia de ignorantes redomados.

Como se ve, el triunfo de “las armas nacionales” dio pie a estas y otras más historias, pero también a diversas manifestaciones de regocijo popular, tales como el desfile conmemorativo en la ciudad de Puebla o su representación en el carnaval de Huejotzingo y en el Peñón de los Baños de Ciudad de México y el muy famoso Drinko de Mayo en muchas poblaciones de los Estado Unidos de Norteamérica. Pero no son las únicas celebraciones; también hay mitote en la población de Nexquipayac, Estado de México (que el ilustre historiador francés Francois Chevalier titula Mexquipayac, Puebla) y en San Miguel Tlaixpan del mismo estado, donde la “batalla” termina en apetitoso banquete y múltiples libaciones, tal como ocurría en nuestra ciudad en el barrio de Santiago, tradición hoy tristemente perdida.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *