La Calle de la Calavera

(Leyenda poblana reproducida por don Eduardo Gómez Haro)

Sergio M. Andrade Covarrubias

 

La suntuosa catedral de Puebla fue bendecida y consagrada el día 18 de abril de 1649 por el obispo Juan de Palafox y Mendoza. Ese día, cientos de habitantes de todas las clases que conformaban a la ciudad angélica se congregaron para asistir a tan fastuoso evento, encabezado por las más latas autoridades civiles y eclesiásticas. Se cuenta que la ceremonia duró cerca de ocho horas (de las seis de la mañana a las dos de la tarde, aproximadamente), sin que ningún feligrés osara ausentarse. Entre los asistentes se encontraban el marqués de Alba – Flor, don Juan de Ibarra, su esposa doña Inés Torroella y su hija de nombre Estrella. Asimismo, un joven galán con apelativo de Alberto Rubín, asistente más por curiosidad que por devoción.

 

Quiso la suerte que los dos jóvenes quedaran prendados uno del otro y que en subsecuentes encuentros Alberto insistiera y demandara en amores a la encantadora Estrella. Mas esta, por temor a su octogenario padre rechazaba sin mayor éxito los afanes de su enamorado, hasta que su progenitor enterado por su fiel criado Rodrigo reclamó de su hija el que fuera a abandonarlo por su amante, rogándole, suplicándole y, por fin, amenazándole, sin que las razones de la joven pudieran convencerlo de aceptar la realidad.

A pesar de los esfuerzos de doña Inés por apaciguar la perenne lucha entre sus dos amores, las cosas siguieron de mal en peor, “los jóvenes con su amor, con su cólera el marqués”, hasta que al fin Estrella, harta de la oposición de su padre, abandonó su hogar para refugiarse en los brazos de su amado, quien cumpliendo con las reglas del honor la mandó guardar en una casa de gente honorable en espera de hacerla su esposa como lo mandaban los preceptos de la santa iglesia. Mientras, con grande afán preparaba la mansión donde vivirían juntos, ubicada no lejos del centro de la ciudad, pero ya casi en despoblado.  Pasó el tiempo y por fin llegó el día en que en el oratorio privado de Alberto la pareja recibiera la bendición nupcial de manos de Fray Benito del Carmelo.

 

En tanto, el señor de Ibarra perdía razón y salud por la pena de ver el abandono de su hija. Cuidado constantemente por varios guardianes, recelosa doña Inés de algún  desaguisado que pudiera llevar a la tumba a su esposo, pasaba los días en franca desventura “y a la virgen sin cesar rogaba con voz doliente”. Un día, sin embargo, el marqués de Alba – Flor pudo escapar de sus guardianes con el único fin de encontrar a Alberto y su esposa, llegando a la morada donde plácidamente vivía la pareja. “Llamó. Le abrieron. ¡Con cuánta satisfacción miró abierta por su hija misma la puerta! Por su hija, a quien su figura dejó helada de pavura, lívida como una muerta”. Al ver a Alberto, lo imprecó soezmente, maldiciéndole, para al final descargar sobre su faz fuerte golpe. Aunque indignado, comprendiendo la anormal conducta del marqués, Rubín prefirió huir antes que enfrentar a su suegro, llegando a un subterráneo que en la casa había. Hasta ahí su perseguidor llegó, trabándose dura lucha, sacando el marqués la mejor parte, hundiendo en el cráneo de su contrincante filoso puñal que al cinto cargaba. Ahí quedó el desdichado Alberto, mientras don Juan salía del subterráneo y después de prorrumpir estentórea carcajada cayó muerto sobre la loza del patio.

 

En tanto, al descubrir su ausencia, doña Inés corrió presurosa en busca de su marido, llegando a la mansión de  la pareja donde un espectáculo horrendo se abría ante sus ojos. Su hija, de hinojos junto al cadáver de su padre, blanca su tez, llena de espanto, mirando horrorizada hacia el subterráneo sin atreverse a dar un paso por temor a encontrar algo más horrendo, quedando de pronto muda y desvariada. “Ya no más el dulce acento de su boca angelical cual caricia musical daría oído el viento. Ya no más el pensamiento su mirada animaría; desde aquel infausto día iba a ser la hermosa Estrella un ser inútil, sin huella de luz en su mente fría”. Pasaron los años y una tarde Estrella recuperó memoria y movimiento; trasladose a su antiguo hogar con afán puesto en rememorar aquellos dolorosos acontecimientos. Llegó y una vieja servidora le abrió quedando sorprendida de ver a su antigua ama. Esta, sin vacilar, bajó al subterráneo donde halló el cuerpo descarnado de su amado y el puñal clavado en el cráneo descubierto. Demente, corrió cargando el cráneo buscando un refugio, cayendo muerta en el umbral “y unidos cráneo y puñal rebotaron en el suelo”.  Se cuenta que a la infeliz Estrella gran número de personas la acompañaron a su última morada, fijando sobre la puerta en cuyo umbral cayó muerta “la insignia del Redentor”.

“Como popular conseja,

la gente desde aquel día

horrorizada decía

que en esa triste calleja

de noche una larga queja

rasgaba el dormido ambiente

y que, inmóvil e imponente,

la calavera de Alberto

lanzaba al espacio abierto

su fulgor fosforescente”.

Así termina la leyenda de la Calle de la Calavera de la ciudad de Puebla, hoy Avenida 7 Sur, entre las Calles 7 y 9 Poniente, libre versión basada en la publicada por don Eduardo Gómez Haro en su libro Tradiciones y leyendas de Puebla y otros poemas, del año 1944.

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