“Mariano el Cenicero” Leyenda Poblana

 

Sergio M. Andrade Covarrubias

Dentro del mar lleno de historias que recala en la historia poblana, hemos entresacado un caso curioso y simpático acerca de un personaje que sin saber si su existencia fue real o ficticia nos permite asomarnos al otro lado del espejo poblano, donde la anécdota nos retrae a tiempos muy alejados del nuestro.

“Atención, atención, sale a la escena el profeta poblano, el iluminado que anuncia los sucesos futuros, el sonámbulo de los tiempos pasados, el que mira al través del pellejo, de los cabellos y del occipút que ocultan los sesos de los hombres, el venerable de la época, el temido del vulgo, y en fin, el cenicero Mariano, personaje que real y verdaderamente existió en esta ciudad, y que fue el denunciante de Calderón, según queda referido el párrafo anterior.

Se presenta sin zapatos y en paños menores, cubierta la cabeza con una corona de espinas, y trabado en las orejas, y colgando por delante un enorme rosario, con los brazos en cruz, los ojos cerrados, pronunciando palabras oscuras y misteriosas, y caminando a tientas y pausadamente, seguido de una numerosa comitiva de gente, que aguarda el momento en que el inspirado se detiene, se agita, y prorrumpe en oráculos, en anuncios, y en predicciones tremendas, que asombran a los oyentes, y los dejan petrificados y medio muertos; mas por fortuna su asunto, y la materia de sus sermones es siempre católica, moral y provechosa; razón sin duda, por la cual se le permitía la predicación pública, y no se le encerraba en los calabozos de la inquisición.

¡Mas cuán grande era la fama y el crédito que disfrutaba! Viéranse a personas ilustradas, lo mismo a ignorantes y del pueblo, respetarlo, oír sus dichos, y creer firmemente sus pronósticos y palabras. Esto era, que como lo observa un escritor, lo maravilloso, lo raro, y lo extraordinario que seduce la imaginación, cuyo poder se halla tras de sí la razón, la prudencia y la verdad, porque ¿Cómo explicar de otro modo el fanático aplauso de un hombre grosero, sin la más común instrucción, que lograba séquito y consideraciones de todo el mundo? La oculta virtud, la modesta práctica de la religión, que en su vida privada ejercen tantos buenos cristianos, es como la flor del desierto, ignorada y desconocida, pero la del cenicero Mariano, se pone en espectáculo ante una ciudad populosa, hace alarde de sí mismo, se complace en lanzar el dardo de Dios sobre todas las clases de la sociedad, con misión falaz y engañosa, es cierto, porque ni ejerce el sacerdocio, ni su propia conducta santifica la moral que propaga, pero lo hace estrepitosamente, con el mismo aplomo y confianza que un misionero autorizado y santo, y sus maneras singulares, la afectación de sus movimientos, y todo en fin lo que acompaña a Mariano, debía llamar la atención, y concitarle la curiosidad general, a favor de su odio al vicio, de sus exhortaciones por la virtud, y por el natural temor a los tremendos castigos con que amenaza confundir al obstinado pecador.

¿Y era en efecto santo e inspirado? Difícil averiguación es ésta, habiendo pasado tantos años de su muerte, que sólo dejan hoy memoria de sus hechos, y cuando por desgracia en Puebla han faltado historiadores exactos que consignaren a la posteridad los hombres célebres que en ella sobresalieron. Sin embargo nosotros con datos probables, y después de haberlos analizado equitativamente, como lo exige una materia tan grave y delicada, creemos que dejando a Dios la justa calificación de ese hombre original, en lo humano y conforme a la débil competencia que nos es dado ejercitar, era un iluso, además era… un borracho y esto es todo. Noticias quedan de que en la fonda de Josefina, antes de predicar solía endulzar las fauces, saboreando un vaso de chinguirito de Matamoros, entonces Izúcar, o con el pulque del acreditado figón de la Angelita, y he aquí, que temerarios acaso, y poco caritativos, con tal antecedente no aventuramos a atribuir al profeta poblano el citado vicio de la borrachera.

¡Pero cuántas sublimes concepciones se debieron en Méjico al uso del alcohol, con sus varias acepciones de Catalán, Cuernavaca, rebajado o de un cincuenta, y cuán probable es que el cenicero Mariano, sintiera en sus trabajos oratorios y pantomímicos, su omnipotente y productor influjo! El famoso hatquis oriental, que Dumas nuestro viejo corresponsal y amigo, describe en su Conde de Montecristo, que transporta al bebedor al goce material de las luchas y contentos celestes, es una sombra, es la nada comparado con el chiringuito, o con el pulque mejicano. No hay, en efecto, en las regiones de ésta América un borracho de medio punto, esto es que no haya llegado todavía al crítico estado que se conoce por paternalis, que deje de ser afluente, conceptuoso y orador consumado. Llegad, llegad por un instante, curiosos lectores, a cualquiera vinatería o pulquería, y convendréis con nosotros, en que si el abate Andrés en su historia de la literatura, dice que la sola naturaleza hace a los hombres elocuentes en los grandes intereses y en las grandes pasiones, hablando de Méjico debió decir, que el solo chinguirito, el catalán o el pulque hacen a los hombres famosos, grandes e inimitables en la oratoria, y en el difícil don de la palabra.

Murió nuestro héroe ¡oh fatalidad! Sin saber de sus hechos, de su origen, ni de su nombre otra cosa que lo expuesto y que por algún tiempo se ocupaba en recoger de las casas la ceniza sobrante, que le regalaban las cocineras para venderla en las tintorerías, de donde le vino el nombre de cenicero. Murió y se ignora donde fue enterrado, y si le faltó el resuello por efecto de algún trabajo extraordinario, en algún sermón, o en un desafío a muerte con su consentido el de Cuernavaca. Murió, y Puebla ha carecido de un hombre raro, que en los tiempos posteriores, acaso hubiera honrado la tribuna, con excelentes discursos políticos. Murió, y nosotros cometeríamos un pecado mortal, olvidándolo en estas Memorias, y exponiéndonos a que su sombra enojada, viniera a pedirnos cuenta de la falta de imparcialidad, que envolvería el nefando hecho de no dedicarle su párrafo completo, al lado de los demás personajes de esta dichosa ciudad”.

  • Transcripción literal

Tomado de: “Memorias de Puebla. Obra excelente para llamar al sueño”.

Puebla, 1857, Imprenta del Gobierno del Estado

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *