La Puebla subterranea, en busca de una leyenda

SERGIO M. ANDRADE COVARRUBIAS

La ciudad de los Ángeles, hoy Puebla de Zaragoza, ha estado inmersa en la leyenda a lo largo de su historia, de hecho desde su fundación misma, tal como se nota en el relato del sueño del obispo Garcés sobre su origen, rasgo que continúa hasta hoy y se prosigue con el invento de nuevas tradiciones, tales como la invención de platillos como el mole poblano y el chile en nogada o la vestimenta de la llamada “china poblana” (convertida a su vez, junto conel charro y ambos bailando el “jarabe tapatío” en la síntesis del nacionalismo mexicano). Tales narraciones han configurado un entramado de falsas interpretaciones de la historia poblana que es preciso subsanar, con el objetivo no de negar la importancia de la tradición, si no de resaltar el desarrollo fluctuante de la historia poblana.

Por eso, escribir sobre la génesis de una historia transmitida como leyenda urbana resulta algo sumamente complicado, ya que al no haber mayores datos en los archivos que nos confirmen la supuesta veracidad del hecho, nos tenemos que atener a lo que la conseja popular refiere, cayendo en los riesgos que la historia oral conlleva. Tal es el caso de los famosos “túneles” que, se dice, cruzan a lo largo y ancho de la traza urbana de la ciudad de Puebla y de los cuales abundan las más variadas conjeturas e incluso “certificados” de su existencia, aunque sea de manera aislada, aunque no tanto como una “red” o “sistema” tal como lo afirmara en su momento el profesor Enrique Cordero y Torres.

A propósito, este cronista se ha convertido en la fuente única de ciertas “historias” que sobre los túneles se han escrito, historias de nula calidad historiográfica que ni siquiera vale la pena mencionar, ya que repiten lo que el profesor pergeñó en un par de páginas dentro de una obra que constaba de más de mil, distribuidas en tres volúmenes, titulada Historia Compendiada del Estado de Puebla, del año 1965.Quien por lo menos trató de dar una interpretación diferente sobre el tema fue el escritor Paco Ignacio Taibo I en un apartado de su novela publicada en 1979, titulada Fuga, Hierro y Fuego, donde afirma que sobre nuestro tema, así como sobre otros, “la típica cautela poblana perdura”. Y más: “Una taimada censura, un bien establecido sistema de ocultamiento, protege a los ojos de los forasteros todos los hechos de alguna significación”, desplazando la crítica hacia la forma de ser de los poblanos, pero manteniendo la idea de que se esconden varios hechos, por así convenir a interese poderosos.

Nuestra investigación ha tenido como objetivo tratar de conocer el posible origen de las historias sobre la famosa “Puebla enterrada”. Al respecto, debemos aclarar que en su momento tuvimos el privilegio de platicar sobre el tema con dos de los más eminentes historiadores que ha dado Puebla, los maestros Ernesto de la Torre Villar y Salvador Cruz Montalvo, quienes argumentaron que sobre este tema no había información pertinente en los archivos y que más bien las referencias a dichos túneles pudieran remitirse a la construcción de las trincheras utilizadas por los defensores de la plaza durante el Sitio francés de 1863. En el mismo sentido, especialistas como Arturo Córdova Durana, conocedor a fondo de los archivos poblanos y de la historia de la ciudad, también es del parecer que los subterráneos pudieran existir pero cumpliendo diversos fines, como pueden ser alcantarillas, sótanos, pozos, etc., y no necesariamente como pasadizos secretos. Otro especialista más, el doctor Carlos Montero Pantoja, afirma que es muy probable que el canal subterráneo de lo que fue el acueducto  que los jesuitas construyeron desde el cerro de Amalucan hasta el colegio del Espíritu Santo “…sea el testimonio que dio origen al mito de la existencia de los túneles de comunicación entre los edificios religiosos” (La arquitectura del saber. Los colegios de Puebla 1531 – 1917, pp. 271- 272).

Los pocos frutos que en un corto espacio de tiempo hemos podido encontrar se destacan por contener características similares. Así, después de revisar algunas revistas de la época y varios números del periódico “La Opinión” nos encontramos con diferentes noticias relativas a los subterráneos. Así, en el número del 5 de octubre de 1927, bajo el título de “El túnel de los fuertes”, se hace alusión a un hecho de sangre ocurrido en el barrio de Xanenetla en estos términos: “Sabemos que los rateros y asesinos han hecho del antiguo túnel un magnífico escondrijo que desde la iglesia de la Compañía conduce a los fuertes de Loreto y Guadalupe y que se creía derrumbado y es lo que más utilizan los rateros del barrio de Xanenetla para escapar de la persecución de la policía… Sabemos también que el túnel está utilizable desde la falda de los cerros hasta una vecindad de céntrica calle, donde los rateros tienen arrendada una pieza, que es por donde también pueden entrar y salir para desaparecer misteriosamente…”

En tanto, en el de fecha 5 de enero de 1935 se afirma lo siguiente: “Hay fantasmas en lo que antes fuera el templo de la Piadosas en Puebla. Los seres de ultratumba se aparecen en la noche”, refiriéndose a la noticia sobre un tesoro enterrado. Días después, el 17 del mismo mes, las ocho columnas del periódico titulan: “Búscase cuantioso tesoro en una antigua casona de la calle 2 sur”, y más abajo: “También se sabe que ha sido encontrada la entrada al subterráneo que conduce a los Fuertes”; ya en el cuerpo de la noticia se puede leer que “…parece que hasta la fecha sólo han logrado descubrir la entrada del famoso subterráneo construido en la época colonial y que se sabe comunicaba a la ciudad con los templos de la Compañía y el Sagrario, llegando hasta los fuertes de Loreto y Guadalupe…”. Luego, el día 23, se lee lo siguiente: “…La suposición de que por un camino subterráneo traten de llegar los esgrimidores de barretas al lugar preciso donde está el tesoro no es vaga, porque Puebla es un remedo de Roma, pues tiene una verdadera red de caminos subterráneos y entre las entradas de tales caminos subterráneos está en primer lugar la casa del señor Sotero Ahuactzin en la avenida 3 oriente 205 que conduce nada menos que al Molino del Carmen” (subrayado nuestro). También se informa que por el peligro que entraña, esta última entrada ha sido cerrada con rejas de hierro.

 

Meses después, hasta el día 17 de julio, volvemos a tener alguna noticia sobre los “caminos subterráneos”. Ese día la portada de “La Opinión” anuncia: “Se abrirán los subterráneos que conducen a los Fuertes para solaz del turista”. Este subterráneo según el cuerpo de la noticia iría del Cuartel de san Francisco a los Fuertes, de ahí a Santo Domingo, el Colegio del Estado, san Agustín y la Catedral. Se vuelve a hacer referencia a la casa del señor Ahuactzin, pero ahora en otra dirección, siendo ésta ahora la 5 oriente 205. De ahí saltamos al 25 de noviembre, donde el encabezado del diario reza así: “Tenían razón las locas de san Roque, había un tesoro”, haciendo mención de una oquedad en el patio del ex convento y hospital  En la descripción del asunto sobresale que “…El patio donde mírase la entrada al túnel, es un patio pobre y con aspecto ruinoso, pertenece a la casa número 108 de la calle 6 sur; esta casa la habita la familia Lozano, familia que hasta ahora nada ha dicho…”. Posteriormente, el día 26 del mismo mes, aparece que “Antier se hizo un cateo en la casa de la familia Lozano por la justicia federal buscando un tesoro de la nación”; y luego: “El pozo no es más que un medio disimulado de ir al subsuelo, puesto que a determinada altura del pozo parte el túnel que se conecta con un caño y con un camino subterráneo que va al Colegio del Estado, al Molino del Carmen y a la hacienda de Amalucan. Sólo que los aventureros cuidaron muy bien los detalles y es por eso que se puede bajar al pozo y no encontrar la entrada al túnel, pues sólo los que conocen la combinación saben dónde está la entrada” (subrayado nuestro).

 

Aún más, el 11 de marzo de 1936 el periódico de marras anuncia en primera plana que: “Hay un tesoro en el Colegio del Estado. Trece bustos de oro puro y pedrerías lo constituyen”. Según esto el tal tesoro estaba constituido por ese número de estatuillas que medían 75 centímetros de altura, además de otro de san Ignacio de Loyola con una cruz incrustada de brillantes, junto con varias monedas de oro y “otros valores de la Compañía de Jesús”. Abunda el reportero con una historia acerca del último ser humano que tuvo acceso a la oquedad: “Fray Toribio… se metió en el subterráneo y cerró la entrada yendo a salir al Colegio de Infantes que actualmente es casa de la sucesión del señor Ahuactzin y de la extinta señora Irene Ahuactzin de Rosales, esposa del licenciado Luis G. Rosales y tienen el número 205 de la avenida 5 oriente (sic), junto al hotel Italia… El subterráneo tiene comunicación con el cerro de Amalucan y con varias casas de esta ciudad donde funcionaban a la sazón varios colegios católicos o comunidades religiosas…”. En los días sucedáneos no vuelve a aparecer noticia alguna relativa a este “descubrimiento”.

 

De todo lo anterior podemos constatar algunos rasgos sobresalientes. En primer lugar, que las noticias sobre los túneles van acompañadas del descubrimiento de un supuesto tesoro y casi siempre en inmuebles donde se asentaban antiguamente conventos o iglesias. En segundo, que la nota periodística en un primer momento es sensacionalista para pasar luego al olvido, y en ningún caso – hasta donde hemos llegado – hay seguimiento de los pormenores del descubrimiento de los subterráneos. En tercero, que en casi todos los casos se hace alusión a la secrecía, al ocultamiento, donde sólo unos cuantos conocen las claves de entrada y salida de la “red subterránea”. En cuarto, discrepan en cuanto a los recorridos, cada quien da su versión de las supuestas conexiones entre edificios, confundiendo inclusive los domicilios. Por último, son dan puras referencias vagas tales como “se sabe”, “se abrirán”, etc.

 

Como corolario podemos destacar que el contexto histórico – social en que se presentan las noticias corresponde al periodo de la exclaustración de los conjuntos monjiles poblanos. No hay que olvidar que en el año de 1935 el convento de santa Mónica fue “descubierto” junto con sus “enormes tesoros”, así como también su “red” de pasadizos secretos, al tiempo que cuando se dan las noticias de referencia son denunciados la Casa Santa de Loreto (en el barrio de santa Anita) y el convento de la Concepción, donde también se hallaron muchísimas obras de arte, aunque desaparecieron otras riquezas más (“La Opinión”, 15 y 21 de diciembre de 1935). Estos detalles nos hablan de una supuesta reintegración de la historia nacional, es decir, que el periodo conocido como “la Colonia” era adecuado para los más oscuros relatos o asuntos, los cuales deben salir a la luz, en aras de iluminar un pasado muy diferente a las nuevas condiciones políticas impuestas gracias a la historia creada por el régimen emanado de la revolución. En este sentido, lo oculto, lo secreto, es definitorio de lo conservador, lo reaccionario, mientras que lo público, lo límpido, es correspondiente a lo liberal, lo revolucionario.

 

Y así se crea la leyenda urbana que ha llegado hasta nuestros días, sostenida ahora con la apertura del supuesto túnel que sube para el cerro de Loreto y Guadalupe. Sin embargo, basta con ver las imágenes que acompañan este texto para corrobar la verdadera función de las famosas conexiones subterráneas de la ciudad de Puebla.

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