El Teatro Guerrero a 110 años de su conflagración

Sergio M. Andrade Covarrubias

El 31 de Enero de 1909 se incendia el Teatro de Guerrero; no obstante las llamadas a tomar medidas preventivas para evitar catástrofes que se antojaban inevitables, el gobierno municipal hizo poco al respecto. Es ilustrativa la contestación que a través del órgano oficial municipal hace el Secretario del Ayuntamiento, el licenciado Enrique Gómez Haro, al semanario capitalino El Entreacto (dirigido por Manuel Caballero) a críticas vertidas por éste con respecto a las condiciones de seguridad del Teatro mencionado. Se cita textualmente: “Sin desconocer las malas condiciones del Teatro de Guerrero, al que se le han dado ya nuevas salidas para mejor seguridad del público, podemos asegurar al “El Entreacto” que el mejor coliseo de los que existen en la Capital de la República no supera al nuestro, en eso de condiciones de seguridad y disposición”. Al final la realidad contradijo las palabras del secretario municipal, teniendo que reconocer, ya tarde, que no se había actuado con presteza. La acción heroica de ese mismo funcionario, que a la vez era el redactor del boletín municipal, al salvar de las llamas el rico archivo municipal, lo exime un poco de la responsabilidad.

 

A efecto de prevenir nuevas desgracias, el Ayuntamiento crea una comisión técnica encargada para estudiar y proponer, dado el caso, nuevas medidas de seguridad en los salones de espectáculos de la ciudad. Según reza el informe se consideraron todos los aspectos concernientes a la seguridad del público, es decir, además de aquellas contra incendio, se tomaron en cuenta las condiciones de solidez y resistencia. Conviene recalcar el dato que muestra que, en general, los salones no habían sido construidos ad hoc, por lo que según el informe “no ha sido posible encontrar reunidas todas las condiciones apetecibles, y por lo tanto, atendiendo a éstas circunstancias, en la indicación de reformas que deban hacerse no será practicable la adopción más que de aquellas providencias compatibles con las condiciones especiales actuales”. De este reporte se desprende que en Puebla, a esa fecha (febrero de 1909), existían seis salones para cinematógrafo, que serían: Salón High Life (frente a Catedral), Salón Pathé, Salón Hidalgo (en San Pedro), Salón Blanco, Edén y Edén Parisiense. Repasemos brevemente las condiciones de construcción y seguridad, en cada uno de ellos, según la redacción textual, pero resumida, del informe.

 

Salón High Life: Construcción de madera. El aparato del cinematógrafo está en un cuarto del mismo material forrado de lámina de hierro y asbesto. Una salida al frente (entrada principal) y tres al lado norte. Hay una galería alta que tiene entrada especial. En caso de incendio los concurrentes a esta galería serían los más expuestos, tanto por la dificultad de una salida pronta como por la proximidad del aparato.

Salón Pathé: Cinematógrafo colocado al frente, en cuarto de madera. Entradas especiales para primera y segunda clase. Tres salidas laterales, en comunicación con los salones de espera. Actualmente se están arreglando las puertas de madera para que se abran hacia fuera…se procederá a construir un cuarto para el aparato de mampostería de ladrillo o cemento armado.

Salón Hidalgo: Entradas especiales para primera y segunda clase, aparato cinematógrafo colocado al frente, en cuarto de madera contiguo a las entradas… Instalación eléctrica defectuosa.

Salón Blanco: El aparato del cinematógrafo está al fondo. Entrada a primera clase contigua a la pantalla; la de segunda por el patio, con el cual comunica también el cuarto del aparato, hay un palco a la izquierda de la primera clase sobre vigas. Las salidas son insuficientes… Instalación eléctrica defectuosa.

Edén: El aparato está situado al frente, contiguo a la entrada, en cuarto de madera. Hay dos únicas entradas para el público. Pueden aumentarse estas convirtiendo en puertas dos ventanas que dan al patio.

Edén parisiense: Hay dos salones independientes para primera y segunda clase. En el de segunda, entrada al frente y dos salidas al patio. Cinematógrafo en cuarto de ladrillo, con lámina de fierro y asbesto. En el salón de primera, entrada después de dos salas de  espera que comunican con el patio y dos salidas laterales para el mismo patio. El cuarto del cinematógrafo es de madera con láminas de hierro y asbesto. En ambos aparatos hay una caja de seguridad.

Se finaliza el reporte proponiendo las reformas siguientes: “Como precauciones indispensables para la seguridad del público, creo necesario la construcción de cuartos de ladrillo para los cinematógrafos, la apertura de salidas bastantes en el orden que llevo indicado, la colocación de depósitos de agua o aparatos extinguidores e instalaciones eléctricas con conductores protegidos en tubos de plomo. Firma el titular de la Sección Técnica de la Dirección de Obras Públicas, Carlos Revilla”.

 

Aparte de los enumerados, el informe habla también del Teatro Renacimiento y del Teatro de Variedades. Este último había sido inaugurado recién medio año antes, el 31 de octubre de 1908, resultando un fastuoso acontecimiento en el que se dio cita lo más selecto de la aristocrática sociedad poblana, encabezada por el Gral. Mucio Martínez, gobernador entonces y conspicuo representante del estilo de gobernar implantado por Porfirio Díaz, y por el Cónsul de España en Puebla, Don Manuel Rivero Collada.

 

Estos no eran los únicos teatros establecidos; además de aquellos estaban el Juárez, en la calle Horno de Vidrio, el Ruiz, en la calle de Calceta y el Vélez, en la Primera de la Luz (donde se dieron los primeros mítines antirreleccionistas). Pero ya sea porque se dedicaban al “género chico” o por la “calidad” de gente que acudía no fueron dignos de atención y no aparecen en los informes, ni en la poca información periodística existente.

 

El Teatro de Guerrero se reinaugura hasta el 30 de enero de 1930, es decir exactamente veintiún años después de haberse incendiado. A través de esos años hubo quien se interesó por reconstruirlo; hacia 1913, por ejemplo, el Sr. Mariano Alcérreca hizo conocer su intención de levantar sobre las ruinas del antiguo foro un nuevo teatro. Pocos meses después, el Inspector de Diversiones, Sr. Traslosheros Soto, presenta también una propuesta para el mismo fin. Al final de una serie de discusiones, de nuevas propuestas y contrapropuestas, se decide, a mediados de 1914, hacer válida la que presenta el Sr. Traslosheros, el cual se dispone a invertir una fuerte suma para lograr su propósito, bajo la condición de que el empresario disfrutara de una concesión por treinta años sin pago de impuestos, al término de los cuales el teatro pasaría a ser propiedad del gobierno municipal. Por razones desconocidas esta negociación es rechazada por el gobierno estatal. En los años siguientes varios interesados buscaron rescatar el vetusto teatro de las cenizas sin lograrlo, hasta que a finales de los años veinte del siglo pasado aparece el empresario español Francisco Cienfuegos, quien concreta por fin la encomienda de darle vida nuevamente al viejo coliseo poblano. Y es, como decíamos, el 30 de enero de 1930 que otra vez abre sus puertas al público, estando presentes en dicha ceremonia el Gobernador Leónides Andrew Almazán, el Presidente Municipal Antonio Arellano Muñoz, y un personaje que posteriormente dará mucho que hablar en el mundo del cine (y en otros más): el cónsul norteamericano William O. Jenkins. A partir de ahí comienza una nueva historia del venerable coso, que tendrá como corolario su transformación en el actual Teatro de la Ciudad.

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