Tres amigos en la encrucijada nacional

Sergio M. Andrade Covarrubias

Uno logró alcanzar la gloria aunque ésta le abandonó prontamente; otro luchó denodadamente por alcanzarla y no pudo asirla; ambos quedaron relegados en la historia de nuestro país y tachados inclusive como traidores a la nación. El último ha pasado en la misma como uno de los artífices de la república, aunque no reconocido al grado de otros, quizás menos comprometidos en la reconstrucción nacional que él.

Los tres, nacidos en suelo poblano comenzando la segunda década del siglo XIX, asistieron como colegiales a las mismas enseñanzas, llegando a ser francos amigos. Sin embargo, cada uno tuvo un sino diferente al no contar con las mismas posibilidades económicas que les hicieran tener carreras profesionales de idéntico corte. Uno inclusive siguió cursos en Europa, otro logró licenciarse en la carrera de derecho (en realidad fue el primer abogado titulado del Colegio del Estado), mientras que el restante tuvo que abandonar los estudios. Al correr de los tiempos se volvieron a encontrar, ya como camaradas en la lucha contra el dictador Santa Anna y contra la intervención norteamericana, ya como contrarios en la pugna de liberales versus conservadores.

Estamos hablando de José María Lafragua, Ignacio Comonfort y Antonio de Haro y Tamariz, cada uno protagonista, ya juntos o en solitario, de la historia decimonónica de México. Sus disímbolos orígenes sociales no hicieron mella para poder establecer una amistad firme, aunque no duradera, que con el paso del tiempo se convirtió en antagonismo político. Lafragua, nacido en 1813, hijo de un militar fallecido ese mismo año, descolló como abogado, literato, político, catedrático, diplomático y, finalmente, como magistrado de la Suprema Corte de Justicia y ministro de Gobernación y Relaciones, amén de consecuente liberal. Aun así, por ser considerado un miembro del ala moderada, la historia oficial lo ha relegado a un segundo plano, detrás de otros personajes más cercanos a la postura juarista.

Por su parte, Comonfort (1812), nieto de un emigrado irlandés e hijo también de padre militar, seguramente heredó de éste las capacidades tácticas que lo hicieron desarrollar una larga carrera en las armas, llegando a ser nombrado con el grado de General, destacándose sobre todo en la lucha contra la invasión del ejército estadunidense. Adherido al Plan de Ayutla contra la última presidencia de Santa Anna, su triunfó culminó con el máximo logro, esto es, la presidencia de la república, desde donde combatió la reacción conservadora encabezada por su antiguo amigo Haro y Tamariz. Circunstancias que sería prolijo relatar hicieron que abandonara la presidencia quedando ésta en manos del partido conservador y se exiliara en los Estados Unidos, desde donde volvió para ponerse al servicio de la república contra la injerencia militar francesa. Derrotada la defensa republicana en el sitio de Puebla, siguiéndole el consecuente retiro hacia el norte del gobierno juarista, Comonfort tratando de alcanzarlo fue sorprendido por una gavilla contraria y asesinado. Tenía 51 años.

Finalmente Antonio Haro y Tamariz (1811), hijo de un prominente comerciante español, miembro además del cabildo municipal, tuvo todas las oportunidades que le permitía su estatus social y económico, llegando a estudiar en el Colegio de Nobles de Roma. A su regreso al país se enroló políticamente al lado de Antonio López de Santa Anna, del cual fue su ministro de hacienda en un par de ocasiones. Desencantado de su héroe, luchó contra él hasta alcanzar su renuncia definitiva. Separado de sus amigos, encabezó una rebelión contra los triunfadores liberales, dándose la circunstancia de enfrentarse directamente contra Comonfort en el célebre sitio de Puebla de enero a marzo de 1856. Derrotado, tuvo que huir hacia Europa donde su fortuna menguó a tal grado que prácticamente llegó a la indigencia, hasta que los astros nuevamente se alinearon a su favor con la intervención francesa y la instalación del efímero imperio de Maximiliano. Recuperando parte de su haber pecuniario pudo resarcir un poco su anterior nivel de vida, pero enfermo y olvidado de quienes fueron sus apoyos (entre otros, su compadre Mariano Riva Palacio), decidió disolver su matrimonio y solicitar su ingreso como novicio en la Compañía de Jesús en Roma. Menos de un año después de ingresar en la orden falleció; contaba con 57 años de edad.

Dentro de los avatares de la historia es común encontrar historias parecidas de amigos que luchan juntos y luego se desencuentran. Ejemplos en México pueden ser Hidalgo y Riaño u Obregón y Serrano, pero hablando propiamente de Puebla quizás no encontremos algo igual. Son las circunstancias las que pueden hacer de los hombres hoy amigos y mañana enemigos, por lo que siempre es deseable hacer recuento de su actuación y conocer cuáles fueron los motivos de su postrer enfrentamiento, como en el caso reseñado que tuvo consecuencias importantes en la historia nacional.

Ignacio Comonfort.

 

José María Lafragua.

 

Antonio Haro y Tamariz.

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