Crónica de una ceremonia solemne en la Puebla de los Ángeles del siglo XVIII

Sergio M. Andrade Covarrubias

 

Estamos en el Oratorio Público del Palacio Episcopal de la ciudad de Puebla el día domingo 29 de abril de 1792. Los circunspectos asistentes a la ceremonia de investidura como Caballero de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos Tercero del Oficial Real, Comisario de Guerra Honorario y Administrador de las Reales Alcabalas poblanas Don Rafael Mangino, esperan ansiosos su comienzo. Preside tal acontecimiento el Ilustrísimo Obispo Salvador Biempica y Sotomayor, Caballero de la Orden de Calatrava, como Gran Maestre ante la falta de otro caballero que pertenezca a la orden carolina.

Acompañan al señor Biempica el licenciado Francisco Irigoyen de Irigoyen, Deán de la Catedral de Puebla, así como Don Pedro Garibay, Brigadier de los Reales Ejércitos y Coronel del Regimiento Fijo de Nueva España, Don José Mariano González Maldonado, Coronel de las Milicias Urbanas del Comercio de la ciudad de Puebla, Don Cayetano Dufresne Tomás, Alcalde Ordinario de Primera Elección y Presidente de la Junta Municipal poblana y otros muchos sujetos nobles y distinguidos, todos ellos sentados en el centro del Oratorio, tal y como se acostumbra en semejantes actos.

A las nueve horas con treinta minutos da comienzo el ritual. Primero, don Rafael hace una reverencia al obispo, presentándole el Real Título que el rey de España tuvo a bien conferirle, así como el Despacho del Gran Canciller, Cardenal de Sentmanat, Patriarca de las Indias, por el cual comisiona a cualquier caballero de las cuatro órdenes militares para llevar al cabo la investidura, recayendo ese honor – como habíamos dicho – en el obispo Biempica. A continuación, con voz alta e inteligible, el obispo lee el decreto real que acredita a Mangino como Caballero. Dentro del cuerpo del texto se dice: “Por cuanto atendiendo al mérito y circunstancias que concurren en vos Don Rafael Mangino tuve a bien nombraros Caballero de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos Tercero por decreto de dos de diciembre de este año, y habéis cumplido con lo que prescriben los Estatutos y Reales Decretos y Disposiciones que se requiera para que tenga efecto esta Merced; por tanto declaro concederos y os concedo las gracias, franquicias, honores y distinciones y el uso de las insignias que os corresponden a tenor de las constituciones; confiando por las calidades que os hicieron digno de este elevado honor, y por el celo hacia nuestra persona que tenéis acreditado os esmeraréis en la puntual observancia de las mismas constituciones, y en cuanto contribuyese al mayor lustre de la orden y a conservaros en nuestra Gracia… Dado en Madrid a treinta de diciembre de mil setecientos noventa y un años. Yo el Rey…”.

Y habiéndolo leído el obispo puesto de pie y sin toca, besó y puso sobre su cabeza el Real título, volviéndose a sentar procedió a la bendición de la espada que en una fuente de plata le presentó el Coronel José Mariano González Maldonado como acompañante o padrino del pretendiente, el que estando de rodillas frente al obispo recibió de él la siguiente pregunta: “¿Deseáis ser caballero de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos Tercero?”, respondiendo “Sí deseo”. Volvió el obispo a externar la misma pregunta y el pretendiente respondió “Sí quiero”. Por tercera ocasión el obispo preguntó: “¿Estaréis enterado de sus estatutos y de las obligaciones que os imponen y en cumplirlos?”, a lo que respondió “Así lo estoy”. Entonces el señor Biempica tomó la espada bendita y haciendo con ella una cruz sobre la cabeza y hombros del pretendiente le dio a besar el puño y se la ciñó diciéndole “Dios os haga buen caballero y la Inmaculada Virgen María Patrona de la Orden”.

A continuación Mangino se paró delante de un altar para hacer su juramento, el cual fue del tenor siguiente: “Yo, don Rafael Mangino, juro y prometo a Dios sobre mi fe y honor de vivir y morir en nuestra sagrada religión católica apostólica romana, de no emplearme jamás directa ni indirectamente contra la persona de su majestad ni contra su real familia y estados; de servirle bien y fielmente en cuanto sea su voluntad destinarme, de reconocerle como único jefe y soberano de esta orden y de cumplir exactamente todos sus estatutos y ordenanzas, en que se comprende la defensa del misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María su patrona”. Inmediatamente, el Deán de la catedral bendijo la cruz de la orden y se la puso al pecho, quedando así armado caballero, recibiendo abrazos del obispo y el deán, pasando con su padrino a sus lugares, donde de pie al igual que los demás presentes escucharon del obispo hacerle prevención de sus estatutos y observancia. Habiendo ofrecido cumplir todo lo prevenido, de rodillas junto con su padrino recibió la bendición, dando por finalizado el solemne acto en medio del júbilo y parabienes de los concurrentes.

Tal es la crónica de la solemne ceremonia en la cual se impuso la prestigiosa Orden de Carlos III al peninsular Rafael Mangino Fernández de Lima, padre que fue de su homónimo Rafael Mangino y Mendivil, presidente del Congreso cuando se coronó Agustín de Iturbide emperador de México y que aquel con ese carácter le ciñó la corona respectiva. A la par del prestigio político y social que confiere el portar la insignia de la Orden, va el de ser un consecuente defensor del orden establecido y de la religión oficial, amén de cómo afirma Javier Sanchiz Ruiz en su tesis doctoral (UNAM, 1996) se “revitaliza la idea de nobleza de virtud, al considerar que aquellos que contribuyen al desarrollo económico del país eran nobles por naturaleza”.

Muchos personajes a lo largo de la existencia de la Orden han sido condecorados con ella;  entre ellos aparecen en nuestro país 152, según muestra el mismo Sanchiz basado en los apuntes de José Ignacio Conde y Díaz Rubín. En tal lista sobresalen notables personalidades que tuvieron que ver con la historia de nuestra ciudad y nuestro estado, ya como oriundos o como residentes. Destaquemos a los siguientes: el ilustre bibliógrafo José Mariano Beristaín y Souza, los obispos ilustrados Francisco Fabián y Fuero y Manuel Ignacio González del Campillo y el terrateniente y diplomático Sebastián Bernardo de Mier y Almendaro. Dentro del ámbito nacional enumeremos al último virrey de la Nueva España Don Juan de O’Donojú,  los generales Antonio López de Santa Anna y Porfirio Díaz (dos de los villanos favoritos de nuestra historia oficial), el diplomático y escritor Federico Gamboa y el educador y ministro Justo Sierra, entre otros más, como por ejemplo el propio hermano de Rafael Mangino padre, Fernando José, intendente de México de mayo a octubre de 1787.

Rafael Mangino padre, luciendo la Cruz de la Orden de Carlos III

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