La Casa de Alfeñique. Algunas precisiones sobre su historia

Sergio M. Andrade Covarrubias

El año de 1949 se publica el libro “La arquitectura colonial en Puebla”, de la autoría del Ingeniero Rafael Ibáñez Guadalajara. En él, su autor afirma que la llamada “Casa de Alfeñique”, ubicada en la esquina de Raboso y Chito Cohetero (hoy 4 Oriente y 6 Norte) de la ciudad de Puebla, “se tenía olvidada y pasaba inadvertida por los años de 1925” y que por indicaciones suyas “se comenzó a limpiar el patio y el vestíbulo de construcciones agregadas que formaban cuartos de portería y otras dependencias”. Asimismo, que por órdenes del gobernador Leónides Andrew Almazán se acondicionó el inmueble para convertirlo en el hoy Museo Regional del Estado; sin embargo, también afirma que “(…) En esta reforma algunas cosas se hicieron bien y otras no, mistificando el estilo y la construcción, como por ejemplo el remate de la esquina que varió la forma característica de la época en que fue construido este edificio (…)”. Estas palabras dan crédito de lo afirmado por el también ingeniero Enrique A, Cervantes en su obra “Puebla de los Ángeles en el año de 1933”, en el sentido de que la casa aludida había sido reconstruida.

La mayoría de las referencias sobre esta famosa casa han aprovechado la información vertida por el Doctor Hugo Leicht en su obra “Las Calles de Puebla”, aunque de forma tergiversada, como el decir que el costo de construcción de la dicha casa fue de 14,900 pesos, cuando más bien se trata del valor asignado en la repartición de la herencia de Don Juan Ignacio Morales entre sus hijos y yerno o que aquel la había construido como un regalo de bodas para su prometida, entre otras inexactitudes más. Basados en documentos notariales, podemos intentar reconstruir un poco su historia.

El valor de los bienes que en vida acumuló Don Juan Ignacio alcanzó la cifra de 78,794 pesos, 6 reales y 3 gramos, de los que al hacer testamento se rebajaron 8,910 pesos del importe de las deudas pasivas, quedando líquido un total de 70,064 pesos 6 reales y 3 granos. Los herederos fueron sus hijos, los Bachilleres Don José Antonio y Miguel, el primero Presbítero y el segundo Subdiácono del obispado de Puebla, Doña Juana Rosa y Don Manuel, así como Don José Pérez de Larracilla, esposo de Doña María Josefa Morales, y Don José Tello de Meneses curador de los menores Doña María Ignacia y Don Antonio Morales. La adjudicación de los bienes se dio de la siguiente manera:

El Presbítero Don José Antonio se hizo de la hacienda de Nuestra Señora de la Concepción Capulaque y el rancho anexo a ella, sitos en la jurisdicción de Tochimilco (aunque el documento dice Amozoc)

Al Bachiller Miguel le tocaron dos casas, una en la calle de Andrade y otra en la esquina del Mesón de Sosa;

A Don Manuel la casa de la calle de Nuestra Señora de Guadalupe, conocida por “de la Reyna” y otra en el barrio de Analco enfrente del Mesón de Priego;

A Doña Juana Rosa la dicha Casa de Alfeñique o de “Alfañequi” según la grafía de la época;

Al señor Pérez de Larracilla, dos casa contiguas situadas en la calle de la Sacristía de santa Mónica y otra más en la calle que salía de la Plazuela de Analco hacia el Mirador o casa que nombraban del “Pósito de Juan Díaz”;

A Don José Antonio, uno de los menores, la casa nombrada de “Pizarro”, del trato de tenería, en la Rinconada del Coliseo y otra casa conocida por “la Blanca”, en la citada calle que iba de la Plazuela de Analco al Mirador;

Y, por último, a la menor Doña María Ignacia, la casa de trato de herrería que fue la de habitación de su padre Don Juan Ignacio, en la Plazuela de Analco, además de un solar nombrado “de la Moya” en la referida calle del Mesón de Priego.

 

Si bien se afirma en el documento de adjudicación de los bienes del señor Morales que la casa ubicada en la esquina de la calle de Raboso con la de Chito Cohetero era “una casa nueva de tres órdenes (es decir, de tres niveles)… conocida por la del Alfeñique…”, su historia se remonta a casi un par de siglos atrás. De acuerdo con diversos documentos que amparan sendos censos o hipotecas, la casa en cuestión tuvo varios propietarios. De este modo, el 14 de abril de 1610 aparece un testimonio de censo que habla de “Unas casas de dos viviendas con su tienda en esquina que son en esta ciudad y cogen dos calles, la una que va del Convento de Santo Domingo al arroyo de San Francisco y la otra del hospital de San Roque a la Puente del dicho arroyo, linde con casas de Rodrigo del Castillo y por otra parte con casas que fueron de Rodrigo Alonso Barrera y esquina con esquina de casas de Alonso del Moral y de Esteban Zambrano, las dichas calles en medio”. Unos días después, el propietario Alonso Rodríguez Cano la arrienda a Diego Ruiz, curtidor.

 

Posteriormente, el 3 de marzo de 1614, el Capitán Alonso Hidalgo Dávalos registra una escritura de censo contra Pedro de Villareal, mercader, quien “en nombre y con poder” de Alonso Rodríguez Cano acepta deber 579 pesos de oro común, impuestos “sobre las casas principales de  la morada del dicho Alonso Rodríguez Cano, con dos viviendas y su tienda en esquina en la calle que va del Hospital de San Roque al Puente de San Francisco de esta ciudad, linde con casas de Rodrigo del Castillo y con casas que fueron de Rodrigo Alonso Barrera…”.

Más adelante, el 18 de abril de 1617, el mismo Rodríguez Cano acepta otro censo, ahora a favor de los menores hijos del Capitán Juan de Olivares Villaroel por la cantidad de 1,400 pesos de oro común sobre la misma casa, sólo que ahora identificadas como “tres pares de casas… con una tienda en esquina que hacen dos calles, la una que va del Convento de Santo Domingo al río de San Francisco y la otra que va del Hospital de San Roque a la huerta y molino que llaman de Formicedo, linde con casas de Don Juan de Gamiz y con casas de Rodrigo del Castillo…”. Subrayamos el dato antecedente por lo que comentaremos más adelante.

Otra hipoteca más aparece el 30 de julio de 1708 por mil pesos, impuesta por José de Cardona a favor del Bachiller Mateo Cabezas; una más de cuatro mil a favor del Colegio de Jesús María del 18 de agosto de 1710 y dos más, una de tres mil y otra de dos mil, de fechas 14 de agosto de 1723 y 15 de abril de 1738.

Con el transcurrir del tiempo la casa llegó a ser propiedad de la señora María Guadalupe Díaz, quien tuvo que rematarla para pago de sus acreedores, recayendo la propiedad en Don Juan Ignacio Morales, según la escritura de fecha 9 de marzo de 1779. A partir de aquí quedó la finca en poder de la familia Morales hasta 1874, esto es, por noventa y cinco años. En el ínterin, el 26 de agosto de 1791 Don Juan Ignacio se ve impelido a hipotecarla debido al pago de la dote de ingreso al convento de san Jerónimo de su hija Josefa de los Dolores. El documento que avala esta hipoteca por 3,000 pesos, aunada a otra de 2,150, deja en claro que la multicitada casa colindaba con las propiedades de Don José Nava (conocido grabador) y del Regidor Don Esteban Munuera y que constaba “de edificio alto y bajo”.  Este último dato es también muy importante puesto que demuestra que de origen la casa constaba de sólo dos niveles, siendo distinta a la que conocemos y por la que es tan famosa.

Todavía en el año de 1802, siendo ya dueña de la casa la señora Juana Rosa, su hermano Manuel le solicita sea su fiadora junto con su otra hermana María Ignacia y los señores José Pérez Larracilla, su cuñado, José Morales y José Secundino Sánchez, para cubrir el pago de 12,000 pesos de réditos que reportaba dicha hacienda. Al respecto las hermanas Morales hipotecan sus propiedades, mientras que los señores Pérez, Morales y Sánchez lo hacen pagando sus respectivas fianzas.

Como decimos arriba, dos datos sobresalen en nuestro recuento. El primero, que la propiedad llegó a cubrir una extensión mayor a la actualmente conocida. Esto se pudo corroborar con ocasión del sismo de septiembre de 2017, cuando quedó al descubierto el muro de colindancias que era uno solo, con un vano que daba acceso a la casa contigua. El segundo, que al ser una casa de dos niveles, su propietario, el señor Morales, o una de dos, o derribó la casa existente y la volvió a construir según sus deseos o simplemente adhirió el último piso con la ornamentación tan apreciada actualmente, lo que daría mayor certeza a lo expresado por Don Manuel Toussaint al referirse al ornato de la casa que, siendo nulo en la parte inferior, “va ascendiendo lentamente, va aligerando cada piso, hasta llegar a la voluptuosidad de la cornisa, esa línea ondulada que parece mecerse en las nubes”.

Queda como tarea indispensable conocer más certeramente la historia de la Casa de Alfeñique para dejar de creer en fantasiosas leyendas y seguir repitiendo equivocadamente los datos aportados por quien, más allá de su titánica y loable tarea de investigación histórica, no tuvo acceso a toda la documentación necesaria.

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