La herbolaria mexicana. Un caso de ataque y defensa en la sociedad novohispana / I

Sergio M. Andrade Covarrubias

El uso y cuidado de las plantas y animales del que hacían gala nuestros antepasados indígenas quedó plasmado en diversos documentos de la época posterior a la conquista tales como el llamado Códice de la Cruz Badiano o las obras de Fray Bernardino de Sahagún y del médico real Francisco Hernández. No obstante esos importantes testimonios, las autoridades novohispanas soterrada o abiertamente pugnaban por restarles importancia y aún combatir su lectura y puesta en práctica. Poco o ningún resultado lograban puesto que en todas las castas que conformaban la sociedad de ese entonces era perceptible el constante ejercicio de la medicina basada en las plantas originarias del suelo americano, así como la persistencia en la memoria de los individuos dedicados a la aplicación de remedios basados en ellas, enraizada en la transmisión oral de los saberes de padres a hijos, lo que contravenía, como veremos, los dichos de los especialistas en medicina y farmacéutica.

Un ejemplo de ese combate oficial contra la venta y uso de las plantas medicinales mexicanas lo encontramos en un documento de principios del siglo XVIII hallado en el Archivo de Notarías de Puebla, cuya cabeza indica a las claras su contenido: “Autos hechos de oficio de la Real Justicia en razón del reconocimiento de hierbas y medicamentos simples que venden las indias que llaman herbolarias, en la plaza pública de esta ciudad”. El expediente comienza en los autos del día 4 de noviembre de 1705 con la constancia del Capitán Pedro Dávila Galindo, Alcalde Ordinario, y los Capitanes y Regidores José de Urosa y Bárcena y Bentura (sic) de Santelices Justicia Diputados Fieles Ejecutores de la Ciudad sobre ciertas noticias (en realidad acusaciones) acerca “de que pocos días a esta parte han perdido algunas ocho o diez personas el juicio, y de acuerdo a que es lo que lo había ocasionado el haber vevido (sic) una raíz muy perniciosa y bulgarmiente (sic) llamada el peyote y que estas entre otras las venden unas indias que tienen puesto de diferentes hierbas en la plaza pública a quienes llaman herbolarias o patleras y que además de ella venden otra quien llaman pipilchichintle y que se ha experimentado que el enemigo común obra con ellas distintos efectos contra la cristiandad, modestia y buenas costumbres…”. A partir de este testimonio y “develar semejante abuso” se ordena que el Bachiller Cristóbal de Moncada, médico, y el Maestro Joaquín de Campos, visitadores de las boticas en ese bienio, reciban la declaración de las indias vendedoras, y que el Ministro del Juzgado de la Diputación, Juan de Useda, cumpla con sus obligaciones, “denunciando a todas las personas que sin título del Real Protomedicato de esta Nueva España están ejerciendo los oficios de médicos, cirujanos, boticarios, barberos, ernistas (técnico que preparaba aparatos para la cura de hernia) y algebristas (practicante de alguna técnica quirúrgica o traumatólogo) para que en todo se ponga el remedio conveniente”.

Las herbolarias o curanderas eran Sebastiana María, casada con Bernabé Antonio, María Gertrudis, casada con Juan de Dios, Antonia María, soltera, y Rosa María, mujer de Sebastián de la Cruz, todas vecinas del barrio de Analco. Los argumentos en sus declaraciones coinciden en que nunca han utilizado, ni saben que sus compañeras utilicen yerbas malas para que las personas pierdan el juicio o mueran y que mujeres encintas mal paran, así como que saben que el uso del peyote lleva el castigo de la excomunión por lo que evitan su venta. Igualmente que tales hierbas, palos y semillas siempre se han vendido por sus padres, abuelos y antepasados de quienes las heredaron y lo que hacen es venderlas a las parteras y otras muchas personas, afirmando que “por ser buenas todas se las compran los españoles”. En igual sentido los maridos afirman desconocer si alguna de las inculpadas vende el tipo de hierbas malas por las cuales se les acusa, además de sostener que sus conocimientos les han sido enseñados por sus padres y otros los han adquirido por herencia.

Totalmente contrario a esas declaraciones será el punto de vista del Bachiller Moncada y del Maestro Campos, solicitando de la justicia la prohibición de la venta y uso de algunas de esas hierbas por ser perniciosas y de otras que siendo útiles abusan de ellas en maleficios y otros daños, añadiendo el segundo que “aún a los maestros boticarios les mandan y amonestan todos los autores farmacéuticos que no puedan usar de medicamentos simples sin que primero prefieran los auxilios de su preparación y corrección lo cual les asigna en los cuatro modos del arte, de donde se infiere el que dichas indias no sabiendo lo que venden ni teniendo conocimiento de sus cualidades se les debe prohibir el uso y venta de ellos por los yerros tan grandes que de ello se sigue…”. Al reconocimiento de las hierbas aprehendidas a las indias herbolarias se unirán los Bachilleres Juan de Mendoza, Diego de Campos, Gaspar de Villanueva e Ignacio de Luque, maestros boticarios, para que, según su arte, dijeran si era “útil o no a esta república que se vendan dichas hierbas y palos y hechos los presenten en estos autos para con su vista determinar lo que convenga conforme a derecho…”

(Continuará)

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