Cines y estrellas (2ª. Parte)

Sergio M. Andrade Covarrubias

Al decir de Aurelio de los Reyes, hablando de la fugacidad “de la vida cinematográfica”,  la demanda de novedades por el consumo masivo desarrollará la industria cinematográfica, detonando una mayor incidencia de la sociedad en el mundo del espectáculo, entendido éste como el entramado de actores, productores, exhibidores, etc., que lo conforman. Sin embargo, hay un aspecto esencial derivado de los avances de la ciencia y la tecnología que supone rápidos cambios en el mismo consumo, dejando rápidamente atrás prácticas y gustos. En la época de que hablamos el cine sonoro impuso estos súbitos cambios en la percepción del cine, dejando estancados a esos factores de la producción cinematográfica que no se adaptaron a los nuevos tiempos, dejando en el olvido films que, aunque de reciente factura, ya no cumplían con su principal función, que era la de sorprender a un público cada vez más ávido de experiencias nuevas. En ese sentido, es incalculable el número de cintas producidas en la época del cine mudo que desaparecieron; Paul Auster nos dice en El libro de las ilusiones: “Una vez que el sonido irrumpió en la industria cinematográfica, se consintió que las películas mudas se pudriesen en ciertos sótanos, se arrojasen al fuego o se tirasen a la basura, con lo que centenares de films habían desaparecido para siempre”, lo cual para este autor la pérdida de un lenguaje visual y de una forma de contar historia mucho más pura que la del cine hablado y en color, ya que la incorporación de esos dos elementos “habían debilitado el lenguaje que deberían haber realzado”, que quizás al espectador de hoy pueda llegarles “más profundamente que a los espectadores de su época”.

Con base en esto y con la lista de las siguientes películas, sería interesante hacer un ejercicio de viaje en el tiempo y sentarnos en alguna de las salas cinematográficas de la Puebla de hace un siglo e imaginar cómo sería disfrutar la presencia de las divas y divos que hicieron las delicias de nuestros cinéfilos abuelos.

Al azar hemos escogido los meses de junio a agosto de 1921, con películas que se presentaron en el cine – teatro “Variedades”: “Macho y hembra”, “Cocinero a fuerza” (vista cómica en dos partes); la película de arte en ocho partes “El columpio de la muerte”. En tanto, en los cines “Parisiense”, “Olimpia” y “Constantino” se proyectaba la cinta mexicana “El crimen del otro”, mientras que en el mismo “Variedades”, amén del “Lux” y el “Palacio”, hacía las delicias del público “El avión de la muerte”.

Más cintas: en el “Constantino”, la película en ocho partes “La historia de los trece” con la diva italiana Lidia Boreli, al mismo tiempo que el galán español Antonio Moreno se presentaba en la “estupenda serie” “Los crímenes misteriosos”, compuesta de quince episodios divididos en treinta partes, cada uno de los cuales se presentaba en días subsecuentes. Esta cinta se dividía en los episodios 1. La amenaza; 2. El lago de lodo, 3. El tigre marino; 4. Por los aires; 5. El pozo de la desesperación; 6. La hoguera; 7. Blancos humanos; 8. El arco de la muerte; 9. De abismo a abismo; 10. Un recuerdo satánico; 11. El humo fatal; 12. La crisis del odio; 13. El golpe sin rastro; 14. El secreto del velo y 15. Ajuste de cuentas.

Acompañando a Moreno, Fabien Fabregues y Mr. Deville se presentaban en la “monumental creación” llamada “El espectro del pasado” (“seis partes de grandioso argumento” rezaba la propaganda), al igual que Susana Grandais “la malograda estrella francesa en su gran creación ¡Cupido bandolero!” compuesta de ocho partes. Más adelante, la publicidad entona: “Gran función monstruo. ¡Extraordinario estreno! De la película que ha causado una verdadera revolución en la Cinematografía Moderna”, para anunciar el estreno de “Fanatismo”, cinta en doce partes protagonizada por Amado Guizar Gezner.

En la comedia, Max Linder hacía de las suyas en “Siete años de mala suerte por haber roto un espejo”, compuesta de seis partes, a la par que Charles Chaplin aparecía “Se acabaron las copas”, en tanto que para la inauguración del cine “Lux” se escogió “viaje redondo” con Leopoldo Beristaín calificada como un “éxito de risa”. En más cintas divertidas, la misma empresa proyectaba “Fue y no fue” estelarizada por el “Gordito” (Roscoe “Fatty” Arbuckle). Este actor parecía ser muy socorrido, ya que más adelante lo vemos en “matinés especiales para los niños”, junto con Chaplin, así como en “Gordito y las estrellas”, y “Gordito bolsheviki” (sic).

En cintas de aventuras no podían faltar Pearl White en “El ladrón” o “La ratera relámpago”, Irene Castle en “La misteriosa cliente”, Anna Luther y George Larking en “¡El peligro oculto!” (15 episodios en 30 partes), Francis Ford en “¡La gran recompensa!” o las muy famosas Theda Bara y Pola Negri en “La mujer tigre” y “El carrusel de la vida”, respectivamente. Todo esto sin olvidar las series francesas protagonizadas por “Judex” (René Creste) como “El castillo del silencio” en ocho actos (sic) y “La clave del enigma”, o a Tom Mix con “El terco”.

Y en el drama sobresalían los italianos Gustavo Serena, Vera Vergani y Guido Trento en “Miedo de amar”; asimismo “¡Cantocelle!” con el mismo Trento acompañado por Elena Makowska o “El veneno del placer” de Diomira Jacobini y Andrés Habay, finalizando nuestra caprichosa lista con “Sacrificio supremo”, interpretada por Florence Vidor (esposa del afamado director King Vidor).

Todas estas cintas las pudieron disfrutar nuestros ancestros en salas exclusivamente dispuestas para la proyección cinematográfica, excepción hecha de los teatros “Variedades” y “Constantino” que combinaban filmes con dramas teatrales y comedias musicales. Aunque de vida efímera, estas salas fueron factores importantes en la vida poblana al ser centros de diversión y de escape de las penurias diarias. De algún modo tratemos de resguardar su memoria, que ya poco queda.

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