Los hermanos Rousset Montoya en el imaginario

Sergio M. Andrade Covarrubias

En la navidad del año de 1953, don Benito Rousset Montoya, uno de los primeros adherentes a la lucha contra el gobierno de Porfirio Díaz en Puebla, dejó de existir. Pocos días antes, señaló en una entrevista al diario El Sol de Puebla su desazón ante los resultados del movimiento revolucionario encabezado por Francisco I. Madero. Para entonces, él y sus hermanos prácticamente habían pasado al olvido; quizás en alguna ceremonia conmemorativa de los hechos de la casa de la calle de santa Clara se les tomara en cuenta y nada más, como cuando portaban la bandera símbolo del Club Antirreleccionista “Luz y Progreso” en los desfiles conmemorativos del inicio de la revolución. Sin embargo, o por eso quizás, en la memoria popular seguían presentes.

De este modo, según al referirnos a un pequeño libro de Arturo Valle Gagern titulado Puebla y sus gentes terminábamos con el resumen de un poemilla dedicado a nuestro Portal de Hidalgo, donde se recuerdan sucesos y personajes del ayer poblano, más propiamente de la primera mitad del siglo XX. En ese poemilla aparecen también los famosos hermanos Rousset Montoya, posiblemente los principales colaboradores de los hermanos Serdán en sus afanes revolucionarios, al ser de los financiadores para la compra de armamento y la impresión de propaganda, además de audaces agitadores.

La estrofa en cuestión reza así:

Los Russet (sic) forman el CORRO

por razones convincentes,

se paran todas las gentes,

cual si miraran a un ZORRO.

Los hermanos Rousset no pasaban desapercibidos; eran reconocidos por la gente común y corriente y con respeto; tal parece que se les compara con el legendario “Zorro”, aquel bandido rebelde que robaba a los ricos para favorecer a los pobres en la California novohispana.

También para esos fines, vale la pena recordar que el profesor Salvador Cruz contaba en alguna ocasión que él llegó a verlos varias veces cuando salían de su casa, sita en la 9 Poniente 106, para dirigirse a algunas de sus ocupaciones. Los retrataba como dos hombres – los que aún vivían en la ciudad – altos, de rostro ceñudo y de vestir impecable aunque modesto, siempre de negro. Decía el profesor que nunca se atrevió a abordarlos por sentir cierto temor ante su presencia. Al comparar esta descripción con las fotografías que se conservan de ellos, no cabe duda de que, en efecto, debieron imponer con su porte y distinción innatos.

En tanto Enrique Gómez Haro en “Hablan las calles” relata que pocos días antes del asalto a casa de los Serdán, la policía cateó la casa de los Rousset, destruyendo todo a su paso, hasta llegar a la bodega donde se acababan de almacenar los artículos del negocio que su amigo Benjamín Lara acaba de cerrar en el portal Hidalgo. “A la entrada de la bodega colocaron las cajas de las armas adosándolas a los cajones de la mercancía del negocio de Lara quedando como escalones para subir a ellos. Los cateadores apoyando los pies en las cajas de las carabinas estuvieron revolviendo toda la mercancía de Lara, durante horas y sin encontrar las armas. Pasado el peligro discurrieron llevar las armas a casa de los Serdán… y ahí comenzó la historia. ¿Cómo las llevaron? En las faldas de las señoritas Rousset, Fernández de Lara y San Martín, así como de la señora Rivero viuda de Tamariz. Todo esto suena más a la leyenda que a historia veraz, pero tratándose de forjar una epopeya qué más da, así se construyen las sagas heroicas.

Y esta saga aún tiene qué dar gracias a los esfuerzos de sus descendientes que se han preocupado por rescatar los orígenes de esta familia y sus afanes por lograr un mejor país, aunque en el camino se hayan frustrado sus anhelos.

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