Las masacres del Paseo Nuevo y la Covadonga (II)

PUEBLA, JULIO DE 1911. LAS MASACRES DE PASEO NUEVO Y LA COVADONGA (II)

Ante la superioridad de las fuerzas del gobierno, varias partidas de rebeldes buscaron la salvación saliendo al descampado. Una de ellas, mandada por el coronel Zenteno llegaron hasta la estribaciones del estado de Tlaxcala, donde al pasar por la fábrica de la Covadonga fue atacada por empleados de confianza de la misma ante el temor de de ser asaltados. Como resultado, la reacción de los atacantes junto con pobladores que vivían cerca de la factoría suscitó una tragedia, cuando un empleado español y cuatro técnicos de nacionalidad alemana, que se declararon neutrales, fueron asesinados a mansalva y se dice que la esposa de uno de ellos incluso fue mancillada arteramente, quedando además destrozada la casa en donde habitaban. En tanto, la fábrica sufrió daños en su estructura y su maquinaria y se desató la rapiña. Todo esto sucedía en los albores del día 13 de julio. A las diez de ese mismo día el señor Madero hacía su entrada en la ciudad de Puebla.

Todo este desorden provocó manifestaciones de descontento a diestra y siniestra. Por un lado, los comerciantes e industriales exigían seguridad para sus negocios; por otro, los revolucionarios pedían que fueran castigados los culpables de la matanza de la noche del 12 y el asalto de la Covadonga. Por su parte, los embajadores español y alemán alegaban satisfacción monetaria y judicial por sus compatriotas caídos. De su lado, tanto el gobierno estatal como el federal se mostraban incapacitados para satisfacer tantas demandas, aunque en la realidad poco les importaba, ya que en sí no contaban con una base social firme que los soportara, además de su calidad como gobiernos provisionales.

Madero sí contaba con una base social fuerte y sí importaba lo que hiciera y su actitud ante los hechos. Al llegar a Puebla condena la matazón del 12 atribuyéndola a los elementos revolucionarios, felicitando a las tropas federales por su lealtad y disciplina, incluso abrazando al coronel Aurelio Blanquet, jefe del 29 batallón y al general Luis Valle del batallón Zaragoza y llamando a la concordia entre las facciones, argumentando que la revolución ya había terminado y que lo que procedía era el licenciamiento de las tropas revolucionarias. En el transcurso de ese día y los siguientes Madero se da a la fiesta y a realizar diversos actos protocolarios como la puesta de la primera piedra de lo que posteriormente sería el Puente de la Democracia y de un monumento a los hermanos Serdán. Recibe los agasajos de la gente pudiente de la capital poblana y hace caso omiso de las peticiones de los familiares de los combatientes insepultos que se pudrían amontonados en el Panteón Municipal. Dedica sus afanes a lograr la cordialidad organizando un desfile de las tropas contrarias y busca convencer al general Emiliano Zapata de no atacar la capital poblana en represalia por la muerte de sus correligionarios. Al final, los buenos oficios de personajes cercanos al caudillo del sur y la serenidad ante la adversidad logran deponer la actitud justiciera de éste.

El lado revolucionario, más preocupados sus integrantes que el propio Madero, no estaban nada contentos con la actuación de las autoridades, por lo que siguieron presionando en búsqueda de una solución justa sobre los violentos acontecimientos. Ante eso, a comienzos del mes de agosto siguiente, se comisionó desde la ciudad de México al licenciado Mariano Xicoy para hacerse cargo de las investigaciones y desahogar los conflictos. En pocos días Xicoy dio resultados mandando aprehender al ex gobernador Mucio Martínez y a sus hijos para que fueran juzgados como partícipes en los sucesos recientes. Aunque se cumplieron las órdenes del abogado, los subterfugios legales utilizados por los acusados y las presiones conservadoras dieron al traste con la aplicación del castigo debido. Hacia noviembre de ese mismo año, los Martínez quedaban exonerados de toda culpa.

En cuanto a los sucesos de Covadonga, a pesar de las presiones de toda laya utilizadas por el embajador alemán Paul von Hintze para que se apresara y ejecutara a los participantes del asalto a la factoría, fueran o no los verdaderos culpables, algo pudo lograr, aunque su objetivo principal lo alcanzaría hasta después de la caída de Madero. Con éste todavía en la presidencia, hacia mediados del año 1912 logró que se le pagaran como indemnización por las víctimas alemanas la cantidad de cuatrocientos mil marcos. El gusto por la ejecución de los “chivos expiatorios” se lo dio Victoriano Huerta, aunque para esto el principal sospechoso, Benigno Zenteno, hubiera escapado por un túnel de su prisión en la penitenciaría, por lo que la prensa siempre puntual lo calificó como “el segundo conde Montecristo”.

Resulta paradójico que en este maremágnum en que se convirtieron esos dos días de julio de 1911 y sus secuelas, jugaran papeles importantes y de primera mano personajes que al cabo del tiempo se volverían a encontrar en diferentes circunstancias. Los resultados de la lucha dejaron resultados contradictorios. Los que ganaron al final perdieron y viceversa. El que premió y felicitó (Madero) fue traicionado y apresado por el felicitado y premiado (Blanquet). El que investigó y actuó en consecuencia (Abraham Martínez) quedó preso más de medio año en la penitenciaría poblana y al cabo de otro año más fue asesinado por los esbirros de Huerta. El embajador alemán, von Hintze, primero tan cerca de Madero, luego presionando para lograr sus fines, terminó por ser parte de la conjura encabezada por el embajador norteamericano Henry Lane Wilson para darle golpe de estado a Madero. Pero lo más cierto es que éste debe ser acusado de cometer  el pecado de actos de “lesa inteligencia” como atinadamente lo planteó el académico norteamericano David G. La France.

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