Don Artemio y los chiles en nogada

En recuerdo de mis tocayos, el R. P. Sergio Fuentes G. y el C. P. Sergio Martínez L.

La leyenda de la creación de uno de los platillo típicos poblanos, los famosos “chiles en nogada” ha tenido como base la intervención de las monjas recoletas del convento de santa Mónica en su elaboración, mandados a hacer para agasajar al astuto Agustín de Iturbide con motivo de la llegada a nuestra ciudad, justo cuando se celebraba su “día de días”, es decir, su onomástico o día de su santo. Sin embargo, investigadores serios tales como José Luis Juárez López, Jeffrey Pilcher han puesto en duda semejante pretensión, con base en el estudio de las influencias culinarias europeas, refrendado con la ausencia de alguna referencia documental que avale tal aserto. Es cierto, es una leyenda, pero éstas deben tener algún viso de veracidad o, por lo menos, un poco de certeza en cuanto a desarrollo de fechas y personajes.

Como se sabe, Iturbide entra en la ciudad de Puebla en los primeros días del mes de agosto de 1821, permaneciendo en ella el tiempo justo para proclamar el Plan de Iguala como el acta fundacional del México independiente y para algunas ceremonias más, tanto de tipo religioso como civil, para después partir a encontrarse con el nuevo virrey Juan de O’Donojú y sellar en la ciudad de Córdoba, Veracruz, el nuevo orden político mexicano, justo en los días en que estaría celebrando su santo.

De este modo, la tal leyenda se sostiene sólo con los clavos de la persistente repetición de su argumento ad nauseam relativo a las divinas manos monjiles.

En cambio, don Artemio de Valle Arizpe, eminente conocedor de las vidas virreinal y dieciochesca mexicanas, presenta en su libro Sala de Tapices una versión diferente, aunque también ligada a la leyenda, sobre la confección del mencionado platillo. Don Artemio nos presenta a tres “godibles y muy hermosas doncellas”, vecinas de la Angelópolis y novias de sendos mozos, poblanos también, adscritos a las tropas de Iturbide, de guarnición en la ciudad de México.

Quiso la dicha que los mancebos tornaran a la ciudad de Puebla para encontrarse con sus amadas, regalándoles con espléndidas joyas acompañadas de “mil cantares lícitos a su pasión y sólo a la beldad de ellas debido”. En respuesta a sus afanes las muchachas tornaron a agasajarlos con cosas que fueran de su agrado, discurriendo en ideas alternas hasta encontrar que a los tres se les podía deleitar con alguna buena comida. Una de ellas pensó así: “Miren, debemos mandarles un guisado estupendo que contenga, bien definidos y claros, los colores del distintitivo que traen, que son los tres bellos colores de su bandera trigarante: rojo, verde y blanco”. Otra dijo: Yo diría que con chiles rellenos los regaláramos, que son un gran manjar, pero el huevo con el que se rebozan… les tapa el color fundamental. ¿Qué hacer entonces?”. Pues nada, encomendarse a la virgen del Rosario y a san Pascual Bailón en busca de iluminar el entendimiento.

Y así, con esa ayuda y el ingenio de las poblanas damiselas se logró un “plato de artística presentación y seguro provecho” al que las mismas muchachas bautizaron como chiles en nogada, al cual a degustar fueron invitados los frailes agustinos a más de los galanes de las afortunadas cocineras.

Al final de su escrito don Artemio propone poner una placa en la casa donde, “con precisión” se sabe que se “inventó la eminente dignidad de los chiles en nogada, que fue gesta del mayor aprecio para Puebla: la que forma esquina con las calles de Micieses y Victoria… En esa placa debe decir con clara epigrafía que de tal casa salió la receta, luminaria de la cocina poblana, de los chiles en nogada, el 28 del mes de agosto y año de 1822, día en que la iglesia consagra al señor San Agustín, quien tuvo así muy adecuada celebración”.

Por demás está decir que esta también es una leyenda, pero sustentada con la sapiencia y erudición de un buen nacionalista mexicano, irrepetible en su estilo: don Artemio de Valle Arizpe.

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