La vida viene viene

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Las cosas pasan rápido con él, atento como está al movimiento de los automóviles, aun cuando todos los lugares están ocupados y todavía la sombra del templo y las casonas mantienen fría media avenida. Pero ya pasan de las once, y al sol ya te cueces.

Cuántos rostros guarda un hombre al que miras desde la ventanilla. Cuánta vida puede contarse. Escuchar a saltos, para después llevar de corrido una historia.

–Ayúdeme con esto –me dice y señala al mismo tiempo un cartón de jugo y su mano izquierda cubierta por una venda que guarda el polvo de varios días.

Es la primera vez que lo veo. Está ahí, a media calle, con el sol batido sobre su gorra, con el cuerpo esbelto, curtido, bien perfilado por la camiseta futbolera sin mangas y el pantalón estrecho. Cuida su plaza, como la llama. Es un viene viene atento que se acerca a la ventanilla y te mira fijamente a los ojos. Ni joven ni viejo, me digo, entretenido por un bigote largo y ralo, que lo vuelve viejo. Son sus ojos claros los que alumbran su piel oscura y convierten su mirada y todo su porte en el de un hombre joven que no ha cruzado la frontera de los treinta. Pero debe tener más de cuarenta para que quepan los seis que vivió en el ejército y los veiticinco que se aventó como chofer de pipas petroleras por las carreteras nacionales, hasta que en febrero pasado lo asaltó un comando zeta y terminó su carrera trailera arrojado en un descampado de la Sierra Madre Oriental. Un largo pleito laboral en los juzgados de Conciliación en el DF lo ha traído a sobrevivir en el centro de la ciudad de Puebla.

Es la primera vez que lo veo, pero como hoy, a saltos, narrará su vida recargado en la ventanilla.

La justicia en la trinchera

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De dónde eres, de dónde vienes, qué serás en el futuro. Todo visto así, en este paso de la muerte que se recorre a diario, de ida al penal desde la casa en renta, lejos de la familia, en esos territorios extremos llamados ceferesos,  y de vuelta  de un día de examinar expedientes, de responder exhortos, de cumplir autos, de revelar palabra tras palabra la violencia que se contiene en miles de procesos que acaban en ese cúmulo insondable de legajos, con sus configuraciones de delitos y proyectadas sentencias que encierran la vida de un juez. El paso de la muerte, quinientos, mil metros de pavimento controlado por ese rotundo concepto jurídico de crimen organizado materializado en vehículos atravesados y cuernos de chivo apuntando a tu olvido, paso de muerte entre cerros encubridores de brechas dominadas por sicarios montados en lobos, cheyenes, suburbans y que todo lo miden en calibres de balas y láminas y blindajes y traspasos del tiempo. Quinientos, mil metros de acelerón y silencio.
El paso de la muerte, refugio, limbo, olvido, la vida escapada del papel amontonado en las salas del juzgado.

Pertenencia de grupo. Por supuesto, somos  jueces federales, todos más o menos de la misma generación, hablamos de lo que está pasando en México. Ocurre en los congresos. Sí, la verdad es que hay algo así como cofradías, nos juntamos los que coincidimos en intereses, en modos de valorar el sistema judicial que nos tocó vivir. Todos somos penalistas, llevamos los procesos por delincuencia organizada. Nuestra chamba es la de juzgar igual a los capos que a los sicarios, todos los días tratamos a sus abogados, para unos, lo de alto vuelo, los despachos que cobran dinerales; para otros, casi siempre olvidados por sus cárteles, y si no ahorraron bien, el abogado de oficio.

Tal vez yo vengo de mi padre, que me enseñó a buscar la equidad entre las personas, con aquella frase de Juárez sobre el respeto al derecho ajeno. Así nos lo hacía ver mi papá, cuando nos disciplinaba: reconocer errores y decir la verdad. Ahora soy juez federal, y acabo de cumplir 40 años. Nunca pensé entonces que me tocaría encarar tanta violencia, ni se me ocurrió que mi vida pudiera llegar a estar en riesgo.


Rumbo al trabajo encontramos un retén. Cuatro, cinco, no sé cuántas camionetas, apenas si distingo pick ups, suburbans, doblecabina, y cuernos de chivo por todos lados. Gritos, amenazas y la seguridad de que no les hará frente nadie a esa hora, a la luz de la mañana en la carretera al penal federal en el que trabajo como juez desde hace unos años. Quién impide que levanten al conductor de una Lobo blanca del año. Por supuesto nadie. Tres autos adelante del nuestro. No atiendo a los ruidos, me gana la figura de un hombretón con un AK 47, gordo, enorme, rapado, simplemente feo, con sus ojos aturdidos –aún me pregunto qué se ha metido–, que se pasea, que se tambalea por la hilera de los carros detenidos. Quieres saber cómo es un sicario, ahí lo tienes, furia, sudor, vacío. Yo lo miro, soy nuevo en este territorio, pero no lo hace mi chofer, con la mirada atorada en los pedales y las manos que le tiemblan en el volante y sus palabras no la vamos a hacer, no la vamos a hacer. De qué sirve el blindaje de la camioneta, de qué sirve el chaleco antibalas, de qué sirve que le maneje a un juez federal. Y yo miro al gordo, como de cuento vaquero, ahora sus ojos están encendidos, que pasea el rifle de guerra, que rafaguearán a lo que se mueva, pero que para nuestra fortuna atienden a la voz de su jefe.

–Y me gusta la troca, también llévensela.

Y los vemos irse, con el levantado en una batea, cuatro, cinco, no sé cuántas camionetas disueltas entre las brechas.

Penalista, me gustó más que las otras áreas, quizá por la formación que me dio mi padre, desde chico, me preguntaba por qué esto, por qué las injusticias, por qué los asesinatos. Mi papá nos comentaba cosas de su medio, muy pesadas. Leía muchas cosas de historia de México, de Jesús Silva Hersog, me llamaba mucho la atención la cuestión social, por eso quise desde un inicio cooperar en remediar la situación social, haciendo algo que pudiera ayudar. Ahora  siento que hago mi parte arriesgando el pellejo, aunque da tristeza ver que en niveles altos eso no les interesa a los  políticos, o tampoco en el propio Consejo de la Judicatura: míralo en nuestra materia de trabajo, las consignaciones mal hechas por el MP, que suele hacerlo cuando quieren beneficiar a alguien, ve ahora lo de Hank Rohn, yo no puedo juzgar a la juez, si en autos aparece que se metieron sin orden de cateo, qué puede hacer, eso es lo que da coraje.
Algunos llegan más jóvenes, pero para mí no era una prioridad. Fui abogado por tradición familiar, estudié en la UNAM, pero vengo de un estado del sureste. Sales de la escuela por la rama común pero siempre me llamó la atención  lo penal. Por cuestiones de azar, no hay algo que me haya determinado, fue circunstancial. Mi primera chamba, de escribiente, arriba del intendente, el que barre el juzgado, en una jurisdicción federal. En Tabasco.  Empecé de meritorio en un juzgado, así se estila entre los abogados, es un mal necesario, se necesitan manos extras, yo ahora tengo cinco, aunque el Consejo de la judicatura diga que no es correcto, ocurre en todos los juzgados, y más ahora con los recortes presupuestales, la optimización de recursos, como les gusta decir, y la desaprobación de plazas extras. El escribiente escribe a máquina las declaraciones, los acuerdos, etc. El meritorio hace lo mismo, pero no gana. Yo empecé ganando 240 pesos al mes, y se me hacía mucha lana, a principios de los noventa, hoy un escribiente gana 14 mil pesos. Yo me tarde, gente de mi generación ya son hasta magistrados, pero me sirvió esperar pues tomé mucha experiencia en los puestos de abajo. Cumplí con todos los escalones: fui escribiente, oficial administrativo es el término legal; luego fui actuario judicial, el que lleva las notificaciones, realiza diligencias fuera de juzgado, va a los ceresos, se comunica con los procesados o realiza inspecciones oculares a partir de los autos, que si el muerto quedó a tantos metros de un árbol o quedó más allá; después subí a secretario proyectista de juzgado, el que hace el proyecto de auto de término o de orden de aprensión. Ahora llevo infinidad de  asuntos en mi juzgado y tengo  un montón de proyectistas, así que a veinte asuntos por secretario, ya te darás cuenta de cuánta chamba tenemos.  Hay juzgados de distrito y tribunales unitarios, por todos pasé, y estaba como secretario de tribunal colegiado, el que proyecta las sentencias a los magistrados, cuando me metí al concurso de oposición por la plaza de juez federal.  Más de 500 proyectistas participamos por quince plazas en el primer filtro de cincuenta preguntas, y quedamos setenta, y ahí ya vino el examen escrito y el oral, ocho meses después me nombraron juez.

Ocurre todos los días. Tienen tomada la carretera entre la capital y el penal. Tienen el mando en las brechas y claro que se tienen identificados sus campamentos. Han seguido con el GPS las camionetas robadas y ya han subido los federales a recuperarlas, pero de qué vale, ellos son los amos del territorio, paran y levantan a la hora que se les ocurre y al que quieran. Pero eso no lo ven allá en México, ellos allá no dejan de tener sus custodios y su seguridad. Pero nosotros aquí en la trinchera cómo nos protegemos. Tenemos prohibido portar armas, y qué haríamos si las tuviéramos. Ya has visto que estos cuates pueden agarrarse en una balacera con el ejército por más de una hora. Y aquí no hay ejército, el penal federal no lo resguarda nadie.


Conversación entre silencios, los recuerdos se desatan del celular que tiene en la mano. La vida de un juez es riesgo. Primer recuerdo: un juez en Toluca, novato, apegado a las reglas que, por ejemplo, imponen que si el hombre de la toga manda llamar al reo este tiene que presentarse esté haciendo lo que esté haciendo. Traigan a fulanito de tal, ahora mismo. Se refiere a un capo de capos en Almoloya, actualmente ya extraditado. Señor juez, está en visita conyugal. No me importa. Pasa el tiempo, por qué no lo traen. Señor, es fulanito de tal, está en visita conyugal. Que no entienden, yo soy el juez, no me importa que sea el capo mayor de tal cártel. Señor, no pasa nada, llámelo después, él mismo retrasa su juicio, qué más le da. No me importa, yo soy el juez. Y sí, le llevaron al capo, que tuvo que interrumpir las atenciones que recibía para estar presente en la diligencia.
Una semana después el juez fue ejecutado cuando circulaba en su automóvil por una calle de la ciudad.
Nuevo silencio. Quieres más casos, busquémoslos el día hoy. En la mesa la primera sección del Reforma del jueves 14 de julio. Revuelo por las palabras del presidente Calderón y sobre la corrupción de los jueces y la noticia de la decisión de la Suprema Corte que acota el fuero militar. Perdida en la página 5, una notita da cuenta del asesinato de un juez adscrito a una correccional en Chihuahua. Un crimen más en ese estado norteño. Pero hoy es viernes 15 de julio, veamos la información del día: en internet la noticia de la liberación de Greg Sánchez, ordenada por la justicia federal: “De la redacción de El Universal. El ex candidato a la gubernatura de Quintana Roo, Gregorio Sánchez, obtuvo el día de hoy una orden de libertad de parte del magistrado José Ávalos Cota. Greg fue detenido por presuntos vínculos con el narcotráfico e ingresado al CEFERESO en Nayarit. De acuerdo con fuentes del Gobierno federal, la PGR cuenta ya con una orden de arraigo por el delito de lavado de dinero”. Luego teclea en google greg cefereso Nayarit juez y encuentra en Nayarit en línea: “Un comando atentó contra Carlos Alberto Elorza Amores, juez federal en Nayarit, quien sobrevivió gracias al blindaje de su vehículo; sin embargo, uno de sus escoltas, el agente de José Carlos Montaño, falleció. Elorza Amores, juez segundo penal de Distrito de Procesos Penales Federales adscrito al CEFERESO de El Rincón, es quien lleva los procesos del ex candidato del PRD a la gubernatura de Quintana Roo, Greg Sánchez, así como contra los presidentes municipales y funcionarios de Michoacán, caso conocido como “michoacanazo”. Los agentes federales que lo custodiaban viajaban en una Suburban negra sin blindaje y el juez en otro vehículo similar que sí contaba con protección. Las camionetas arribaban al domicilio del funcionario cuando se dio el ataque.”

El juez recuerda un caso en Villa Aldama. En el estacionamiento del penal un juez va a subir a su camioneta blindada, cuando aparece un comando armado. Escucha entre los gritos el nombre del juez al que recién ha reemplazado. Están equivocados, yo no soy ese juez, alcanza a decir. Pues usté quién es. No, pues yo soy el nuevo juez. Ah, bueno, ni hablar, entonces él no es el juez al que un cártel ha dado veinticuatro horas para desaparecer de la plaza. Le cumplieron. Él es el nuevo juez. Bien, entonces nada más unas cachetadas, para que sepa con quién habla. Y de paso, le vuelan la camioneta.
Nuevo silencio, la vista atorada en la pantalla del celular.

La realidad del país es la realidad que enfrenta un juez. Míralo desde la perspectiva de los juicios orales, queremos aplicarlos como si fuera EU, cuando allá cuidado y que te prueben que estás mintiendo en un juicio. Aquí somos mentirosos, acá en México todo mundo dice mentiras, así que los propios MP  lo hacen, qué se puede esperar de los demás, ese es el principal reto, dejar de ser mentirosos. Yo como juez, lo que digo, todos mienten, por eso somos como un médium, un  pitoniso, un adivino, qué hacer si todos mienten. Por eso yo miro a la gente de frente, y si me hablan, doy la cara. No me queda más que enfrentar a los reos,  por eso yo sí encaro a los reos, tengo que ver sus rostros, no puedo evadirlos, hay reos que nunca ven a su juez, yo no, me presento, soy el titular de este órgano, y aquí estoy para lo que quieras decirme. Me han dicho no te involucres, que no te identifiquen, pero yo no soy así. Siempre lo hago en las preparatorias. Cuando consignan a alguien, en 48 horas, la preparatoria, y a las 72, la decisión, libertad o formal prisión, yo procuro conocer al reo, sea quien sea. Hay jueces muy valientes, enfrentan a gente como la Barbie, y otros que simplemente no los ven. Es el principio de inmediatez, tener contacto visual, pero de diez casos, siete se van a quejar de que no lo ven, que ni lo conocen.

El principal problema de México es la corrupción a todos los niveles. Quieres causas, eso es subjetivo, tal vez la voracidad de los políticos, no tienen llenadera, y dónde quedaron los valores que les dieron, lo que les enseñaron. A nivel de jueces se da, a veces queriendo a veces sin querer. Si a mí me dicen plata o plomo, digo, yo voy a hacer mi trabajo. Dijo un ministro a un litigante que en un congreso en Oaxaca despotricó contra los jueces vendidos: le invito a que me entregue nombres y pruebas, si sabe de un juez o de un magistrado o ministro, ponga su denuncia… Ahí está el caso del juez suspendido en el DF, al que le comprobaron que su secretario tenía una cuenta millonaria, en materia administrativa, ¡cuánto vale una suspensión!, ahora me digo equivoqué mi lugar… je, je. Una vez en Tabasco, empezaba yo, fui a entregar una notificación, y ahí me ofrecen un fajo de billetes, no quise ni ver, dije, no, ni me lo enseñe, tengo principios bien arraigados, yo  nomás vengo a notificar, no gracias, va contra mis principios.

No ser un juez así.
No los veas, no entables relación con ellos. Que no te reconozca esa señora que está ahí llorando. Que no diga tiene que escucharme señor juez, mi hijo no pudo haber hecho eso que dicen. Cómo puede usted creer que con un machete le iba a cortar la cabeza a alguien. No, no los veas, no formes parte de las diligencias. Tú quédate en los expedientes, extrae de ahí la personalidad del sicario, confirma que es una persona que va con todo, sabe que desde que le entra a eso, sus días están contados, o lo mata el ejército o lo matan ellos mismos, por una deuda, por una orden no cumplida, lo matan, son muy rígidos, muy disciplinados. Cuidado, tienes que decirte, son todos unos sicólogos, desde que llegan son víctimas, los golpearon los policías, los soldados, tiene que entender a esos muchachos van a decir sus abogados, van a ser tiernos con las muchachas de las diligencias, van a saber  envolverlas, no perderán oportunidad de hablarles, de sonreírles, y si ellas tantito los alientan, tratarán de intimar, y tendrás que llamarles la atención, tenga cuidado abogada, no les dé usted entrada, no les reciba los recados que mandan con sus abogados, ni muchos menos los dibujitos casi infantiles que quieren ser el retrato  de la licenciada, lo mandan con sus abogados, que dice yo ai se lo dejó, señorita, se lo manda mi defenso, recíbaselo por favor, yo no quiero tener problemas. No, mejor no los veas, recuerda a esta gente, no lo olvides,  son muy hábiles, son muy astutos, son muy violentos, no conocen el arrepentimiento.


El video no forma parte del expediente. Se lo muestra el proyectista, que lo ha bajado de youtube. Ha ido y venido por todos los puestos de fayuca en el país, de los más vendidos en San Cosme. Ahí está su imagen, es su rostro perfectamente reconocible. Y sin embargo ahí está, para atrás y para delante con el control que tiembla en la mano, machete en mano, con las voces de sus compañeros sicarios alentándolo, mira, agárralo de los pelos, levántalo y golpea aquí, justo en ese hueso abajo del cráneo, y sí, golpea, sin el mayor reparo, mientras el cuerpo de la víctima todavía convulsiona, y sí, ofrece sin pudor el trofeo al camarógrafo que lo inmortaliza.  Pero no es una prueba, no la ha aportado el MP, no forma parte del legajo que ahora revisa preguntándose si tiene sentido seguir leyendo. Lo vio en persona en la preparatoria, lo escuchó negar su responsabilidad, acongojado, no puede ser él.
Acuérdate, en México todos mienten.

A muchos los abandonan. La mayoría acaba en manos del defensor público. En el penal, no hay capos de alto nivel, las meras cabezas están en Almoloya, aquí casi todos son soldados, sicarios muy violentos, mochacabezas como les decimos, a los que sus cárteles les dicen si ahorraste, búscate tu abogado, si no, adiós.
El sicario común, por lo que resulta de los expedientes, es gente de prepa, si no es que profesionista. Hay de todo. Un caso, un testigo protegido de la SIEDO, un hombre muy pedante, muy orgulloso, casi quería presidir la diligencia, “quiero que certifique señor juez esto y esto y esto…”. Era testigo protegido, y ya quería mandar sobre el caso, el sicario era doctor en derecho, había salido mal con sus jefes, le mataron a toda su familia, que ya su vida no valía nada y por eso se quería llevar por delante a los capos. Debe haber unos 15 testigos protegidos en el juzgado. Ellos son interrogados, el juez tiene que valorar lo que dice. Yo veo que en su caso es un falsote, lo que quiere el MP es embarrar a todos los que puedan. Dicen los abogados defensores: qué honorabilidad puede tener este delincuente para señalar a mi defenso. Yo voy viendo el expediente, o las diligencia por la tele, los veo nerviosos, moviendo el pescuezo, y atrás los abogados de la DEA, y yo los veo y me digo están mintiendo, igual hay cosas ciertas, pero ¿es creíble de un malandro así?


Justicia, ¿la injusticia en México? Me gusta hablar con mi esposa, con los amigos, de la falta de valores en los políticos, sí, los políticos que se muerden en público pero que se juntan en una cantina para hacer sus acuerdos. Desde ahí vamos mal, cómo se construye la política. ¿Cómo vamos a cambiar si la gente ve cómo se comportan los políticos? A mí la situación del país me deja pensativo: la procuración está mal, la política está mal, cada vez más hay más pobres. Qué me queda a la hora de sentenciar: si falla todo el sistema, los delincuentes no dejan de ser víctimas, cómo debo juzgar a una sicario, seguro no quería para él eso, seguramente le cerraron las puertas y terminó cortando cabezas.
Se sentencian los más sencillitos, los de drogadictos de calle, los bachicheros, se quedan unos meses o salen libres a rehabilitación. También los delitos de portación de arma de fuego sin licencia, porque no es grave. Por delincuencia organizada, apenas algunos han salido sentenciados. Un promedio: más de dos años. Pero un campesino por talar el bosque, otro que agarraron con huevos de tortuga, esos salen rápido. Lo más común, condenar, son garbanzos de a libra las absoluciones.  Y entonces vienen las historias desgarradoras: la familia, sobre todo las mamás. Ellas van conmigo,  mi hijo no tenía nada que ver, fue circunstancial, me lloran. Y veo al secretario y me dice, no, él era el mero involucrado, está bien documentado que participó en la balacera. Y la mamá, llorando.
Es complejo todo este sistema de procesos en los penales federales, sobre todo por el temor del MP a que las bandas quieran liberar a los sicarios, como ha sucedido. Así que cuando detienen a varios en un operativo, los que quedan vivos, los separan y los mandan a distintos penales, unos a Villa Aldama, otros a Matamoros, unos más a Almoloya, para que no los pretendan liberar. Yo llevo casos de gente cuyos procesos están en otros distritos. Y a la inversa, yo hago diligencias de otros jueces, respondo a exhortos, realizo los careos que se requieran entre penal y penal por videoconferencia. Ahora mismo, en el penal cuando menos hay quince procesos con varios detenidos, diez, doce reos. Hay más de dos mil esperando sentencia. Tengo que ser frío, aplicar la ley como es, ser objetivo, no ponerme en ninguno de los dos partes, en medio, cuidadoso, debo analizar celosamente todo lo que está en el expediente, hasta donde me dé. Conmigo va la mamá del procesado o va el MP, eso les digo a todos, voy a resolver sobre el expediente, y si me crea convicción, condenaré, si me deja duda razonable, tendré que absolver.

Sí, estamos en la trinchera.