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Tendencias sociales y educativas en México

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Primera parte

6 de cada 10 jóvenes de 15 años que asisten a la escuela en México, viven en hogares que tienen menos de 25 libros en su casa y de éstos, la mitad no tienen más de 10 libros; según datos incluidos en el Informe 2008 del Sistema de Información de Tendencias Educativas en América Latina (SITEAL), realizado por el Instituto Internacional de Planeamiento de la Educación de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI).

Aunque el estudio se ocupa únicamente en adolescentes escolarizados, lo que imprime a los datos un sesgo (por el origen social de los alumnos), lo que se revela es muy interesante. Por ejemplo, que un alto porcentaje de adolescentes disponen de un espacio para estudiar pero no cuentan con suficientes libros en sus casas.
La infraestructura cultural letrada del hogar se construyó a partir de tres factores vinculados al ambiente cultural de las familias: la posesión de libros en el hogar, disposición de un espacio para estudiar y la adquisición de textos para las tareas escolares.

En el primer aspecto, el entorno educativo de los adolescentes con la posibilidad de disponer en la casa de un espacio cómodo y tranquilo para estudiar, los datos –para los tres factores– se obtuvieron del Programa para la Evaluación para Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), aplicado a los alumnos de quince años de edad en seis países de la región.
Los datos revelan que este aspecto está prácticamente resuelto en los alumnos de los países participantes en el estudio. La mayoría de los adolescentes que contestaron el examen declaró contar con ese espacio en sus casas: el 77% del total de los adolescentes del estudio refiere disponer de esa comodidad.

Casi todos de los países Latinoamericanos participantes están muy cerca del promedio, mientras que México y Colombia se ubican en el lugar más bajo, con el 75,1%; y Uruguay, en el más alto, con el 87,7%.

Estos datos no permiten saber con exactitud si los espacios son objetivamente adecuados para el estudio, pero sugieren un clima favorable hacia la educación y la cultura.
El segundo aspecto, la posesión de libros en el hogar, a diferencia del anterior, no parece tener una presencia frecuente en la mayoría de los hogares de los adolescentes, en tanto el 66% de los hogares de adolescentes escolarizados poseen no más de 25 libros, sin duda un promedio bajo de acumulación para una familia.

Una posible interpretación de este dato es la desventaja heredada de los adolescentes de su familia de origen.

Lo anterior significa que dos tercios de los adolescentes provienen de familias con una escasa cantidad de libros, es decir de hogares en donde el capital cultural objetivado en libros no es apreciado.
Este dato no da cuenta de usos ni de disciplinas de estudio: tener libros no garantiza que se lean; tampoco se pueden tener una visión de los aspectos que la familia pueden resolver fuera del hogar recurriendo a las bibliotecas públicas y comunitarias, aunque sí evidencia un historial familiar y su relación con los libros, caracterizado por su debilidad y escaso interés, al menos en lo que se refiere a la apropiación de material para la lectura.

Esto no impide que una familia pueda acumular e incorporar capital cultural, sin acumular libros en el hogar. Tampoco se puede establecer una relación causal entre la posesión de grandes cantidades de libros y la predisposición a adquirir conocimientos e incorporar capital cognitivo. Sin embargo, el dato es relevante porque los libros construyen un ambiente y, dado sus costos, se puede inferir el valor que se les asigna (tienden a reemplazar a otros bienes).

En este sentido, dada la información, se concluye que la mayoría de las familias de los adolescentes escolarizados no reconocen un alto valor a los libros y es altamente probable que transmitan débilmente el valor de la cultura letrada y el amor por los libros.

Educación en México muy mal, según la OCDE

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La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), en los últimos años, se ha convertido en referencia internacional obligada para discutir los logros y los desaciertos de la educación, cuyos informes y recomendaciones son noticias ampliamente difundidas en México (quien se adhirió a este organismo en 1994).
En esta organización destacan los informes correspondientes al Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), trianuales y los Panoramas Educativos (Education at a Glance) anuales.
Este último caso, el Panorama Educativo 2008 fue dado a conocer 9 de septiembre del presente año, en el cual se anexa la “Nota para México”, la que a semejanza de los reportes de años pasados, reitera que nuestro país ocupa las últimas posiciones en los indicadores sobre el desempeño del sistema educativo:
Se señala que a pesar de que México tiene uno de los mayores promedios de gasto público destinado al sector educativo –de 1995 a 2005– en relación con el producto interno bruto (PIB), el gasto promedio por alumno (de primaria a bachillerato) apenas alcanza los 2 mil 405 dólares al año, mientras que el promedio de los miembros de la organización es de 7 mil 527, lo que coloca al país en la última posición (Estados Unidos destina 12 mil 788 dólares por alumno, que encabeza la lista). En primaria se destinan mil 964, mientras que el promedio de la OCDE es 6 mil 252 dólares. En secundaria, se destinan sólo mil 838 por estudiante, en contraste con los 7 mil 437 que en promedio invierte el resto de los estados miembros.

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Tabla B1.1. Gasto anual en las instituciones educativas por estudiante de educación primaria a educación terciaria (2005)
En equivalente a dólares americanos

Ocupa, también, el último sitio en cuanto a alumnos egresados de secundaria, ya que sólo 41 % de los inscritos en ese nivel educativo concluyen sus estudios, se ubica por debajo de Turquía, que tiene 51%. Se ubica en el segundo nivel más bajo en egresados de preparatoria al ser sólo el 39 %, de los mexicanos entre 25 y 34 años, quienes la han concluido. La educación de los jóvenes de 15 a 19 años, sigue siendo preocupante, menciona el informe, ya que tiene una de las tasas más bajas de cobertura educativa, pues 45.1 % no asisten a la escuela. De éstos, 62 % tiene empleo y el 38 % restante no estudia ni trabaja -¿Qué hacen con su tiempo libre tantos jóvenes? ¿Será por eso que los fenómenos de la migración y la delincuencia se están desarrollando tan rápidamente? Para tener una mayor agravante entre esta población, su tasa de inscripción sólo alcanza 48.8 %, mientras la media de los miembros del organismo es de 81.5%, lo que ubica al país en el penúltimo lugar de la lista de 30 países, sólo por arriba de Turquía (con 45.2 %).

En cuanto al nivel universitario, se señala que de 1995 a 2005 el gasto por alumno se incrementó 13 % en términos reales –uno de los más elevados de la OCDE–, una proporción importante de estudiantes de este nivel no concluye sus programas educativos satisfactoriamente, pues sólo 61 % de los que ingresan logra terminar sus estudios, cifra inferior al promedio del organismo, que alcanzan una media de 69%.

Ha aumentado en el país la participación de los particulares en la enseñanza superior, pero las colegiaturas son muy altas, en promedio 11 mil 359 dólares, cifras consideradas “muy altas”, comparadas con otros países de la OCDE. En bachillerato el gasto se incrementa a 2 mil 853 dólares, las naciones integrantes de la OCDE destinan 8 mil 366, y en el nivel universitario la erogación por estudiante en México es de 6 mil 402 dólares, cuando en el nivel promedio del organismo alcanza 11 mil 512 dólares.
México mantiene uno de los “más grandes déficit” entre el gasto por alumno de primaria y el nivel universitario, pues este último triplica la inversión destinada al gasto por estudiante de enseñanza básica. A pesar de que en la mayoría de las naciones de la OCDE se gasta más en el nivel universitario que en primaria, en el caso de México dicha relación está fuera de equilibrio.

Los resultados de PISA han revelado también que la relación en los países entre los recursos invertidos en educación y los resultados del aprendizaje, en el mejor de los casos, es moderada; eso indica que el dinero es un requisito previo necesario, pero que no basta para una buena calidad en los resultados del aprendizaje. Los países que están inmediatamente arriba de los resultados de México, tienen un nivel de bienestar económico, medido por el ingreso nacional bruto per cápita, inferior al de México. En algunos casos la diferencia es sustancial como en Indonesia que está muy cerca de México en los resultados de PISA (mil 226 de México contra mil 177 de Indonesia) pero muy lejos en ingreso (7 mil 890 de México contra mil 420 dólares de Indonesia, para el 2006).
En cuanto al salario docente, a pesar de que en el país las percepciones de los maestros son altas, si se comparan con el PIB nacional, se compensa con grupos más grandes y mayor carga de horas de instrucción.
Estos resultados no dicen algo nuevo, porque si se revisan estos reportes, desde hace varios años indican que en México la educación no anda nada bien. El año pasado dijeron lo mismo.
Hemos transitado de un extremo a otro: hace años la evaluación era desdeñada y ahora evaluamos todo –hasta parece una obsesión-; sin que los resultados sean valorados en su justa dimensión, no han ayudado a identificar tanto lo que se hace mal como lo que se hace bien, con el fin de encontrar medidas que permitan mejorar los resultados.
Es hora de que se haga algo con esos resultados, ¿de qué sirve saber que el sistema educativo en México está mal si no se cambia? Hacen falta propuestas razonables, estrategias y acciones concretas que permitan reducir las brechas que separan a México de otros países, cuya educación es buena.