Bachepolis…

Alejandro Bonilla G.

Y en Crónicas del Tercer Piso les voy a relatar una historia que aconteció en una lejana provincia donde gobernaba un Rey, impecablemente bien vestido y con copete base limón que realzaba su magnificencia.

Aquella pequeña comarca estaba situada en un bellísimo valle rodeado de volcanes y arboles hermosos y de casas, construcciones a medio terminar y un hermoso cinturón de pobreza que servía, a veces, como ejemplo para discursos pesimistas y en otras ocasiones, como símbolo del trabajo arduo diario hecho por el Rey de la patria chiquita, chiquitita.

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Nuestro Rey ordenó, súbitamente, se cancelara toda inversión para el año venidero en materia de bacheo, o lo que él llamaba bacheo, porque recordemos que nuestra pequeña comarca no adolece de problemas de éste tipo, esos los dejamos para comarcas vecinas, lejanas de nuestros ojos y en donde el sol, sí se pone de vez en vez.

A pesar de los clamores de los pobladores porque fueran cubiertos dichos baches, manque sea con paja, nuestro Rey se enfocaba en crear la mejor arena deportiva de nuestro plano planeta, una coliseo donde se enfrentaran los mejores atletas del orbe

  • ¿Y los baches, su Alteza!
  • No ha sucedido algo suficientemente grave ¡A callar, lacayos!

Y las carretas perdían sus enormes ruedas.

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Y los lacayos perdían la paciencia.

– ¡Manden pintar la ciudad! ¡Carril para ciclistas! –ordenaba el Rey.

– ¡Por donde él vive, claro!- gritaban los pobladores de nuestra comarca.

  • Alteza, tampoco los semáforos funcionan bien.
  • Dadles música en vivo traída de la Madre Patria, no importa lo que cueste.

Las carretas continúan perdiendo sus grandes ruedas.

Y al Rey Tony I se le desdibuja la sonrisa.

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Y en la Gran Bacheopolis la gente continua sufriendo por la falta de transporte colectivo digno (grandes carretas comunitarias), por escasas oportunidades para mejorar, pero contentos porque cada vez tienen más puentes elevados, pasos a desnivel, ruedas de la fortuna, conciertos magnánimos gratuitos y un Rey que trabaja para ser, no el pequeño Rey de un año ochos meses, sino el de seis.

Y las carretas continúan perdiendo sus ruedas.

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Si la Independencia fuera hoy…

Alejandro Bonilla G.

Sí la Independencia de México se iniciara hoy, valiente cosa sería…

Si la conspiración de Querétaro fuera en nuestros días, el cura Hidalgo habría sido prevenido vía WhatsApp, sin embargo, el mensaje habría sido detectado por el CISEN, ya saben, nuevas Leyes aprobadas.

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Allende, a pesar de sus intentos de llegar rápidamente con el cura Hidalgo para avisarle que sus planes habían sido descubiertos, se habría topado con la Policía Federal de Caminos que, apagando la cámara de video de la patrulla, lo habría exhortado a ponerse la del Puebla para dejarlo ir: no traía licencia de conducir caballos –plop-, no tiene engomado oficial, supero el límite de velocidad y para terminar de fregarla, el negro de su corcel no circula ese día.

El Grito de Dolores habría sido transmitido en vivo durante el noticiero de Carlos Loret de Mola.

La “señorita Laura” invitaría a su programa al Corregidor y la Corregidora, Josefa Ortiz de Domínguez, para tratar de solucionar su adicción al juego, la tertulia independentista y los alipuses que se echaban.

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El Pípila habría recibido una serie de balazos en la espalda porque no era piedra, sino fibra de vidrio. En la licitación de la obra decía que era concreto ¡Que raro que hayan mentido!

Carlos Alazraki se hubiera acercado al padre Morelos para hacerle una campaña publicitaria exitosa.

Diversos patrocinadores hubieran buscado un espacio en el paliacate de José María Morelos y Pavón para aparecer constantemente.

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Los hermanos Bravo habrían tenido que vender tamarindos en Caleta y Caletilla para pagar los gastos de su estadía en Acapulco.

Hubieran querido vender bañador de bolitas, pero es una mafia al interior de la Asociación de Vendedores del Puerto ¿Existirá tal cosa? ¡Seguramente sí!

Francisco Xavier Mina, peninsular, habría llegado varios meses después porque estaba iniciando la Liga en España y era Clásico Real Madrid vs Barcelona ¿Cómo perderse el duelo Messi vs Cristiano? ¡Y el chicharito! Faltaba más. 

Agustín de Iturbide no pudo llegar al Abrazo de Acatempan, tuvo llamado para la nueva telenovela de Juan Osorio, ya saben, es el galán de moda. La antagónica es la distinguida “Güera Rodríguez” que, dijeron en Ventaneando, anda con un político.

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El Ejército Trigarante no pudo entrar al zócalo de la Ciudad de México, entre las obras, las manifestaciones, las miles de carreras que se organizan cada semana y la policía de tránsito, fue imposible.

Agradecieron por Twitter.

Y así las cosas. Después de muchas opciones y algunas Constituciones, el nombre oficial podría ser: Estados Unidos de Televisa, República Slimniana, entre otros.

Y como decía Octavio Paz: “Mi abuelo al tomar el café, me hablaba de Juárez y de Porfirio, los suavos y los plateados, y el mantel olía al pólvora (…) Mi padre al tomar la copa, me hablaba de Zapata y de Villa, Soto y Gama y los Flores Magón y el mantel olía a pólvora (…). Yo me quedo callado, ¿De quién podría hablar?”.

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La danza de las cifras

Alejandro Bonilla G.

El día martes dos de septiembre, Enrique Peña Nieto, enfundado con la banda presidencial y cobijado por cientos de invitados -y guaruras, teleprompter y un nutrido grupo de aplaudidores “contratados” para la ocasión- emitió el tradicional mensaje del estado que guarda la nación. Atrás quedaron los años que se celebraba la suspensión de clases a nivel nacional.

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Perdón, quise decir que se suspendían clases con motivo del Informe Presidencial y que era motivo de tarea por parte de nuestra maestra de civismo.

 

La plancha del zócalo se convirtió en un estacionamiento VIP. Como las señoras de la alta sociedad poblana que aprovechan un descuido para estacionarse en los cajones reservados para alguna persona que SI lo necesita en Angelopolis: “No me tardo nada, joven” –pensarán-.

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Pero las cifras, hermosas por cierto, distan mucho de la realidad que viven millones de mexicanos.

 

¿Nuestras autoridades piensan que de verdad creemos en sus cifras?

 

¿Los millones de mexicanos que les alcanza para sobrevivir con lo mínimo –a veces ni eso- les consta que se observa en el horizonte un rayo de progreso y mejoría?

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Sería interesante que cualquiera de los políticos que hablan de un clima de crecimiento económico en el país se echaran un clavado en el monedero de la señora que va al mercado, en la bolsa de comida del albañil, en el mandil de un mesero, en la mochila de los estudiantes e incluso, en las manos de los pequeños empresarios ¡ahí está el crecimiento económico verdadero!

 

¿Nuestros políticos se sentirían tranquilos de caminar por alguna ciudad del norte del país, en sus barrios más pobres y en la noche? Claro, hablo de caminar sin escolta, Estado Mayor Presidencial, camionetas blindadas, etc.

 

¿Nuestro Presidente podría vivir con la angustia de ganar un salario mínimo al día? No, no se trata de demagogia, se trata de justicia ¿Para qué alcanza un salario mínimo? Nos sirve para engañar a la tripa y sobrevivir, apenas sobrevivir.

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Interesantes son las cifras, pero impactante es la realidad.

 

¿Cuántos millones y millones de pesos en salarios habían reunidos ayer en Palacio Nacional? Y ahí estaban las mismas caras de siempre. Más que tipos de cambio, queremos cambios de tipos.

 

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¡Cholula no se vende!

Alejandro Bonilla G.

Dos manos trabajando valen más que mil rezando, dice el viejo adagio ruso y eso mismo sucedió en Cholula el fin de semana.

No es que la gente se oponga al “desarrollo y la modernidad”, no; la gente se opone a las arbitrariedades, a las expropiaciones disfrazadas de progreso y de utilidad pública, se opone a que se le pague a los dueños de los predios $104.00 el metro cuadrado por sus tierras ancestrales. La gente se tomó de la mano apelando al buen criterio de los gobernantes que, como empleados nuestros –porque lo son- deberían escuchar los miles de gritos en contra de un proyecto (¿existe?) que a todas luces amenaza a la vieja y lastimada Cholula.

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La gente se abrazó y encendió la vela, la de la solidaridad. 

No hace falta en Cholula otro Centro Comercial o espacio para conciertos, no. En Cholula hacen falta proyectos sociales en donde la gente sea sin dejar de ser; en donde el progreso sea basado en la asimilación, no en la integración por parte de aquellas personas que se piensan poseedores de la verdad absoluta, por tener un puesto.

Cholula es caminar por las calles y escuchar el sonido taladrante de sus cientos de campanas y es comer un molote y una nieve y tomar un café.

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No sé ustedes, pero me encanta ver la gran pirámide, la iglesia y el hospital psiquiátrico rodeados de campos de cultivo y me fascina pensar que, en pleno 2014 y con las amenazas latentes, esos hombres y mujeres campesinas cholultecas, siguen haciendo lo que les enseñaron sus mayores y si de algo sirve el esfuerzo de miles que se oponen al proyecto, que así siga, por siempre jamás.

¡Cholula no se vende! Y no se vende no porque no tenga precio –ese ya se lo pusieron algunos-, no se vende porque la dignidad y la historia no pueden ser cuantificables en dinero.

Ya tenemos Centros Comerciales en Puebla ¿200 o más? No necesitamos otro y menos ahí. No queremos comer comida rápida sobre una estructura metálica que sepultó los sueños de más de 3000 años de historia.

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Y como dice una muy vieja canción del Uruguay: no venga a comprarme el campo, porque no es lo que aparenta, sino como yo lo siento;  su cinto no tiene plata ni pa´ pagar mis recuerdos.

¡No queremos un Disney! ¡Yo tampoco!

¡Cholula, tómate de las manos!

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La política en un aula

Alejandro Bonilla G.

Con el regreso de millones de estudiantes a las aulas, también se viene el tráfico por las calles, padres de familia corriendo a la papelería los domingos a las 10:00 pm, las tareas difíciles de entender hasta para los papás y otras lindezas, sin embargo, ya no se tienen que inventar actividades para entretenerlos en casa por las mañanas.

Si la vida política de nuestro país fuera un salón de clases, probablemente estos serían sus alumnos:

Todo salón de clases tiene a un “fresa”, aquél que se dedica a presumir que él lleva baguette de carnes frías para el recreo en lugar de la típica torta de huevo con ejote, sin duda Javier Lozano sería aquel.

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#NoSeanOrdinarios.

El “fresa” del grupo necesita su comparsa femenina, así que aparece Doña Ana Teresa Aranda que, Suburban a la puerta del colegio, espera poder recorrer el trayecto a su casa.

A todos nos dijeron alguna vez: “cría fama y échate a dormir” y por eso al pequeño Fernández Noroña ya nadie le cree su inocencia cuando algo malo sucede en el colegio México DF o Puebla o donde sea. También tiene su grupo de fans.

*Para que te hagan el “paro”, dicen. 

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Hay algunos que siempre quieren hacerle “la barba” al profesor para poder alcanzar, con su anuencia, el tan codiciado hueso llamado: jefe de grupo; y aquí tenemos varios suspirantes para el Salón de Sexto P (¿de Puebla?): la niña Blanca Alcalá, el chamaco Enrique Doger, su amiguito Juan Carlos Lastiri o el ya famoso Miguelito “me peina mi mamá con limón” Barbosa.

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¿Qué sería de nuestro salón sin los que se la pasan tirando rostro y siendo el azote de las féminas y la ilusión de los imberbes pubertos con bigote cantinflesco? ¡No os preocupéis! Aquí aparece Tony “El Chulo” Gali, Nancita de la Sierra y en el kínder, por supuesto, Antoñito Gali López.

¡Qué guapote mi chamaco! debe decirse Doña Dinorah.

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Los mal llamados “Nerds” no pueden faltar, claro. Aunque generalmente son los consentidos de la maestra, estos pequeñines no cuentan con la aprobación del resto del salón por ser los más aplicados y estudiosos, tal es el caso de Rafita Moreno Valle que, ni llevando su pistolita de balas de goma logra levantar simpatías o aquel otro que también es peinado con limón por su mami y que, se dice que por ser el jefe de grupo actual, no es muy querido, Enriquito Peña dejará de ser el consentido en un tiempo.

También tenemos al gandallita, ser despreciable que se la pasa robando tortas, chaparritas de naranja y miguelitos que fueron mandados como lunch: todos le tienen miedo y esperan que, por fin, los maestros se den cuenta y los expulsen definitivamente del colegio y aquí tenemos varios casos, en diferentes grupos: Mario “Precioso” Marín, Arturito Montiel, Fidel “tío” Herrera, Romerito Deschamps.

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Debemos reconocer que en todo salón de clases existen aquellos que, por más intentos que hagan, incluso la maestra, después de un año completo, nunca se aprendió sus nombres y ahí aparecen “el güero” Velasco, Cabalan “este hombre es mio” Macari o Javiercito “el jarocho” Duarte.

Y así, caminito de la escuela van tomados del brazo, bien juntitos, sabiendo que si obtienen el diez final, serán los consentidos del auditorio a la hora de recibir su diploma y el orgullo de sus mamas al hacerles el mejor servilletero de palitos de madera, que jamás nadie ha recibido en un Festival del Día de la Madre

La maestra exclamó algo: Niños ¿Quién se robó el borrador?

La política en un salón de clases.

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No politizar, por favor.

Alejandro Bonilla G.

 

Todas las crisis pueden ser traducidas en oportunidades. 

Los lamentables hechos ocurridos en semanas anteriores con el menor de Chalchihuapan y que han solidarizado a diversos sectores de la sociedad poblana, deben ser un catalizador de esperanza y progreso. Una lucha social, por más legitima que ésta sea, que no tenga bases sólidas no prosperará y así lo vimos con el Gober Precioso hace algunos años.

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Ahora vendrán los reacomodos gubernamentales, las justificaciones basadas en nada y los oportunistas políticos que verán, en una tragedia familiar, la oportunidad para poder levantar la mano y aspirar a penetrar en la preferencia del ciudadano en miras de la próxima elección.

No, la muerte de un niño es un hecho grave, pero la politización de la muerte del mismo es aún peor.

Ruines.

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No permitamos que un hecho tan triste sea usado por macarras que aspiran a un puesto de elección popular. Salgamos a la calle a gritar por el respeto a nuestros derechos pero también evitemos consignas partidistas de doblemoralistas que no les interesa la muerte de un menor, sino el posicionamiento y las primeras planas de los medios.

Sigamos vibrando y gritando a rabiar.

No perdamos la esperanza de que, cómo en el Mayo Francés, pidamos lo imposible y trabajemos para conseguir una mejor ciudad y país. Nadie en este país se merece el gobierno que tenemos, somos mejores personas, que trabajan y se esfuerzan por dar de comer a los suyos.

Esa es la gente que me gusta.

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No politizar, por favor. Si quieren entrar en el gusto de los ciudadanos, visítenlos. Defiendan verdaderamente los intereses de todos en el Congreso y no sólo de sus amigos; bájense el sueldo y desquítenlo. Conviértanse en burócratas que trabajan y no entes que deambulan y cobran millones de pesos.

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El Jefe Vecinal

Alejandro Bonilla G.

Desde el Tercer Piso se puede ver con otros ojos lo que sucede en nuestra vecindad. Una vecindad que ha sido, desde hace algunos años, bellamente decorada por fuera: paredes pintadas, flores, cambio de puerta y cerrojos de oro, bellas bancas para tomar el sol y los retratos de nuestro nuevo representante vecinal.

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Pero nuestro jefe no se percató que no basta con resanar las fisuras y estas se están convirtiendo en grietas que amenazan la estructura de todo el edificio. Si, construyó estructuras modernas al interior, como un bello cuartito donde se concentran todas las peticiones, que no soluciones, de los vecinos; colocó también, para toda la chamacada, juegos infantiles que compró, pareciera, a partes y de desecho.

Los vecinos piensan que ahora consumen agua de manantial de Fiji o al menos eso parece por los precios que pagan. Se cuidan de no correr por los pasillos porque se ha impuesto multa a quien lo haga y te sancionan con multas fotográficas o balazos de goma si abres la boca.

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No si eres amigo del jefe vecinal.

Nada de esto pasa si eres su amigo o su socio. Nada de esto pasa si te alineas, no importa que seas primo o hermano del que antes mandaba en la vecindad. Nada importa en nuestra hermosa por fuera, pero apócrifa vecindad.

Todos tienen un precio, o casi todos.

Las ratas se pueden ver bajo cualquier pedazo de cartón arrumbado.

Nuestro jefe vecinal tiene apalabrado al dueño del perifoneo local, excepto a algunos cuantos. También tiene sus jefes de propaganda: señoras que cacaraquean las mentiras para convertirlas en verdades, señores que durante las tardes de dominó en el patio de atrás, juran que, ahora sí, estamos a todo dar.

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Todo es verdad y todo es mentira. Ante los hechos irrefutables se guarda un silencio casi sepulcral y pareciera que, como Romeo y Julieta, el romance e idilio duró poco, mucho menos que un sexenio.

Imposible defender lo indefendible, aunque se criminalice por la línea más delgada.

 

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Las estatuas se funden

Alejandro Bonilla G.

 

Del crepúsculo al amanecer sólo basta un instante. 

Al menos eso era lo que pensaba nuestro ufano Rey que, impávido ante los hechos y rodeado de su corte, cuasi celestial, no sabía que armoniosa orden dictar.

Pero las estatuas del más duro material también se caen y se funden al calor del fuego y con ellas se pueden erigir monumentos a la ignominia, al dolor, para que nos recuerden que somos nosotros los que mandamos y que ellos, deben mandar obedeciendo.

Obedeciéndonos.

Los pobladores del reino, cada vez en mayor medida, salían a las plazuelas, a los caminos reales que conducían al reino mayor, a las lecturas comunitarias y exigían sus derechos. El derecho a ser escuchados y tomados en cuenta no fue decretado por el Rey en cuestión, no; fue ordenado por alguien que se encuentra un poco más arriba, en el pedestal del que verdaderamente manda: el mismo pueblo.

Pero el Rey no toma acciones. No revira el rumbo. No concilia. Se asusta e inicia su carrera para limpiar su castillo y el imperio que levantó a base de puentes atirantados, de ruedas de la fortuna y que como ella, se hunde.

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El fallecimiento del niño de la comarca solo destapó la cloaca. Los pobladores están despertando de cachetada y sopetón a un 60% de aprobación real, están despertando del sueño, como el mismo sismo que se registró en aquella madrugada, de un paraíso adornado con oropeles, con fanfarrias y con una neblina, densa, de miedos.

Los pregoneros oficiales continúan su cantata y como el flautista de Hamelín, arrastran a algunos, los menos, a creer algo increíble, a rezar por las tabernas y las tertulias algo que es imposible de ocultar: la verdad.

El Rey, nuestro amoroso Rey, debe ser piadoso por vez primera en su vida. Debe reconsiderar su camino y debe entender que con el apoyo del pueblo se puede todo, sin él, nada.

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Algunos dicen que la orden vendrá del Rey Supremo, otros opinan que la corte sacramental apuesta al olvido, ese que siempre aparece en el pueblo; otros piensan que los sueños, guajiros, de nuestro Rey han terminado y yo, espero, que su cuento se haya terminado, espero que, como parece, el pueblo de la comarca despierte.

Esto sucedió en un reino, en uno cualquiera.

 

Y colorín colorado…

Alejandro Bonilla G.

En el mundo de los absurdos mediáticos y los bufones vestidos de honorables caballeros, el omnipresente y poderoso Rey observaba desde su retorcido trono, cómo las voces críticas se veían avasalladas por las huestes de sus tropas verdes y; veía como los pocos lacayos que decidían “suplicar” por pan y pasteles caían derribados por sus lanzas de goma.

De goma, como el reino que levantó a base de aparecer en los pregoneros de los reinos vecinos. 

Y es que a nuestro Rey lo motivaba algo superior al mero cortejo de su pueblo, él quería ser adorado por los pueblerinos de otro reino y para ello había que hacerse presente en todos los sitios imaginables: bailes, cortes reales donde discutían y aprobaban normas y para ello tenía que entregar títulos nobiliarios a esos individuos que, ataviados con pelucas azules, amarillas y tricolores, pregonaban el nombre del Rey por donde fuera.

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También se hacía presente entregando monedas a sus fieles compinches.

No existía Robin Hood y si lo hubiese, corría el riesgo de ser aplastado por el gran amor y compasión de nuestro amado y venerado Rey.

 ¡Viva el Rey! –Exclamaron algunos.

Pero el Rey de este cuento también es de chocolate y como se levantó, se está cayendo. Nuestro Rey, vapuleado por una serie de “mugrosos, andrajosos y cochinos” campesinos de su reino, ve como su castillo se desmorona lentamente.

Las solteronas del reino dicen que un niño murió y otras dicen que su muerte será vengada cuando el Rey decida abrir las puertas del castillo y se enfrente a la población. Dicen que no se puede tapar el sol con un dedo, dicen también que su reino no terminaba hasta donde su mirada se lo permitía y también dicen que colorín colorado, SU cuento se ha acabado.

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Se trata de cuento de niños, niños de goma.

 

Lo que no quiero de mi Puebla

Alejandro Bonilla G.

Lo que no quiero de mi Puebla…

A pesar de no haber nacido en esta ciudad, mis piernas están enraizadas con la angelopolis desde hace más de 20 años y como tal, me siento con el derecho de expresar lo que no quiero en mi ciudad. “Hoy mi México es bello, como nunca lo fue, pero cuando era niño, tenía mi México un no sé qué” –exclamaba Chava Flores en una de sus celebérrimas canciones.

No quiero una Puebla llena de construcciones y puentes si son sólo levantados para enaltecer el nombre de un Ayuntamiento o de un Gobierno Estatal que busca ser Federal. Quiero una ciudad donde los que tienen automóvil circulen sin el miedo a que sus llantas se truenen por un bache y que los que no tienen la “fortuna” de contar con un vehículo, puedan tener transporte público de altura, con choferes capacitados y no exigiéndoles que se “vayan recorriendo porque atrás hay lugares”, cuando atrás está la podredumbre, incluso la de las cloacas de la corrupción en el transporte concesionado.

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No quiero una Puebla que sea vista como botín político con miras en el 2015 o el 2016 o el 2018 o el 2045, quiero una ciudad que sea respetada por su pasado y por su futuro. Quiero una Puebla en la que los poblanos se sientan orgullosos de presumir, una en la que “Pipope” sea un orgullo y no una ofensa.

No quiero una Puebla en donde los servicios públicos sean conscecionados a una empresa particular y nos quiera cobrar con precios de primer mundo, un servicio de cuarto o quinto, en un país con ingresos ídem.

No quiero una Puebla donde los pre-candidatos en épocas no electorales vayan a las juntas auxiliares, unidades habitacionales y barriadas a darse “baños de pueblo”, cuando se suben a sus camionetas y se van a comer a los mejores restaurantes de la ciudad con cuentas facturadas y pagadas, por supuesto, por el erario, con nuestro dinero pues.

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No quiero una Puebla donde los ciudadanos le “mienten la madre” al gobierno por las inundaciones cuando nosotros tiramos la basura.

No quiero una Puebla en donde se continúe la expropiación de predios para construir bellos fraccionamiento en plena “loma (s)” y donde el precio del terreno valga lo mismo que la amenaza de desalojo por la fuerza.

No, esa Puebla no la quiero. La que si quiero es aquella donde nos podíamos comer un molote en la 5 oriente a media noche sin miedo a un asalto; aquella en la que una natilla de contra esquina del Congreso era un deleite; aquella donde, en ese mismo recinto legislativo, hubo alguna vez gente decente (¿la ha habido? ¡chin!).

La Puebla que si me gusta es la del Paseo Bravo, en donde imagino a mis papás patinando alrededor del kiosko o en donde ir al Estadio del Mirador era, seguramente, una excursión. Una Puebla en la que el Circuito Interior o Juan Pablo II era el límite y la colonia San Manuel una región semi-agrícola.

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Me gustaba más la Puebla de mi niñez. En donde podía jugar en la Colonia el Carmen a las escondidillas o al bote pateado sin el miedo de mis padres.

Esa es la Puebla que me gusta y que quiero.

Por cierto #NoFuePenal

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